Más apuntes sobre La España Boba y sus caudillos
(La verdad histórica no tiene fecha: Rectificar es de sabios)
Autor: Francisco Berroa Ubiera
Dedicatoria: Al maestro, Doctor Ricardo E. Alegría, arqueólogo, etnógrafo, humanista y polígrafo puertorriqueño, en quien el nacionalismo asume la forma de universalismo.
"A los tradicionalistas convendría recordarles lo que tantas veces se ha dicho contra ellos :
Primero: que la historia es como el tiempo, irreversible, no hay manera de restaurar lo pasado.
Segundo: Que si hay algo en la historia fuera de tiempo, valores eternos, es eso que no ha pasado.
Tercero: Que si aquellos polvos trajeron estos lodos, no se puede condenar el presente y absolver el pasado.
Cuarto: Que si tornásemos a aquellos polvos, volveríamos a estos lodos.
Quinto: Que todo reaccionarismo consecuente termina en la caverna o en una edad de oro, en la cual sólo, y a medias, creía Juan Jacobo Rosseau".
Antonio Machado, en "Prosas".
I. La verdad histórica no tiene fecha: Rectificar es propio de sabios.
A) Una aclaración necesaria. Con la decisión de publicar el artículo: "Apuntes en torno a Ciriaco Ramírez", en la Revista Ecos, Año VI, 1999, No. 7, confieso que no primó en nuestro animo provocar una polémica en torno su contenido, sino el de ampliar los horizontes cognitivos sobre este personaje histórico, dilucidando sus aportes y enfocando la distorsión que se reproduce y fomenta desde hace muchos años con relación a éste famoso actor histórico al vincularlo a la llamada "Revolución de los Italianos".
Es oportuno aclarar que este artículo se escribió en 1999, sin embargo no pudo ser publicado por los antiguos miembros del selecto “Consejo editorial” de la revista Ecos, posiblemente porque su texto hacía alusión al académico Emilio Cordero Michel, doctor en derecho y profesor de historia dominicana que formaba parte del mencionado “Consejo” hasta su reciente renuncia debido a sus múltiples ocupaciones en la Academia de la Historia.
En su significación griega original el término historia es sinónimo de indagación, y es a partir de este concepto que nos adherimos a creer en la fecundidad del trabajo y en la investigación. Es a partir de esa consideración que intentamos abordar la historia, con expectativas centrales más en la indagación que en la discusión y la polémica. Estas últimas casi siempre son estériles, infecundas, pues distraen al polemista de sus labores habituales. Así lo expresa Pablo Lafargue al considerar que: "Sólo la acción es fecunda en el mundo material e intelectual. En el principio fue la acción".[1]
También está claro que preferimos investigar en fuentes primarias, antes que repetir lo que alguien alguna vez, usando fuentes de segunda o tercera mano dijo sobre un tercero, o sobre algo.
Estoy convencido que en nuestro medio existe una tendencia marcada a sacralizar cierta historiografía y a beatificar ciertos historiadores, que son convertidos en "vacas sagradas", y sus opiniones tienen que ser aceptadas como verdaderos actos de fe, tal y como Stalin enseñaba el materialismo histórico en las academias de la ex-U.R.S.S., desconociendo quizá que en nuestra época: "La crítica ha dejado de ser fútil para convertirse en fecunda, sólo cuando viene después de la experiencia, la que mejor que los más sutiles razonamientos, hace sentir las imperfecciones y enseña a corregirlos".[2]
Uno de nuestros historiadores, don Juan Isidro Jiménez Grullón, escribió hace mucho tiempo que: "La nueva corriente [historiográfica] busca la verdad y niega que la ciencia de la historia pueda circunscribirse a simple "reconstrucción" de los hechos pretéritos en base a documentos, y a los aportes de la arqueología y de otras ciencias".[3] Su opinión era en gran medida parcialmente errónea, e influenciada por la ideología de las autoridades del marxismo, porque si bien es cierto que la historia no la hace el documento ni la evidencia arqueológica, tampoco en historia se puede recurrir a la ficción o a la falsificación, y corriendo el riesgo de ser catalogado de positivista y de documentalista -calificativos que no incomodan-, recurriendo a lo obvio se debe reconocer que nuestra historia colonial del siglo pasado se nutre de unas fuentes esencialmente documentales, y por tal razón, coincidimos en línea de máxima con la opinión de Frank Moya Pons sobre los historiadores calificados por él de "Marxistas postrujillistas", de quienes afirma que se caracterizan por el: "Descuido de las fuentes frente al profundo respeto por las autoridades, singularmente por las autoridades del marxismo".[4]
No obstante la evidencia de un criterio muy general en el conspicuo historiador, vale considerar que entre esos "marxistas postrujillistas" se encuentran verdaderos maestros de la erudición historiográfica dominicana, verbigracia: Roberto Cassá, pero positivamente, en algunos casos el descuido de las fuentes es un mal general entre muchos de los exponentes de la corriente de la "negritud" y del "haitianismo", como los aprecia Moya Pons.
Por lo tanto, el pensamiento es convergente con Marx en función del siguiente principio: "En las ciencias no hay calzadas reales, y quien aspira a elevar sus luminosas cumbres debe hacerlo por senderos escabrosos y difíciles". Lamentablemente sus supuestos "seguidores y partidarios" son los que menos entienden el significado de esas palabras, porque muchos de ellos se encuentran aún mortalmente afectados por el "brain wash" de los manuales divulgados por Stalin en la antigua U.R.S.S.
Lamentablemente todavía algunos de nuestros historiadores están aferrados a la noción de las "leyes históricas", y se fundamentan en Marx y en las autoridades del marxismo. Sobre el uso de leyes en las ciencias sociales, sabemos que desde el siglo XVIII se ha tratado de vincular tres conceptos: ley, ciencia e historia.
Más aún: en los siglos XVIII y XIX se creyó que "la tarea del científico consiste en descubrir y establecer más leyes de esta clase mediante un proceso inductivo, a partir de los datos observados".[5] Fue para esta época que en economía política se formuló la denominada Ley de Gresham, también aparecieron las Leyes del Mercado de Adam Smith, las Leyes de Comercio de Burke, la Ley de población de Malthus, la Ley Férrea de los salarios de Lasalle, y las Leyes económicas de la sociedad de Carlos Marx, entre otras, llegándose a creer que las supuestas Leyes del materialismo histórico y dialéctico eran las rectoras de toda la vida social y económica. Nada más burdo porque:
"Al encadenar todos los acontecimientos humanos a una ley fija o proceso mecánico terrestre, el objetivo primordial de la búsqueda, es decir, el dominio que la humanidad pueda ejercer sobre los sucesos y acciones humanas, pierde su completo sentido. Si la humanidad descubriese alguna ley gobernadora de todo su devenir histórico, quedaría presa en la red de su propio destino y sería impotente para modificarlo. Lo pasado, lo presente y lo futuro se revelarían como algo rígido y fuera del alcance de la elección y voluntad humanas. Hombres y mujeres quedarían sujetos a sus destinos como las estrellas a sus órbitas y los mares a sus flujos y reflujos".[6]
Creo, como Carr, que:
"Aprender de la historia no es nunca un proceso en una sola dirección. Aprender acerca del presente a la luz del pasado quiere también decir aprender del pasado a la luz del presente. La función de la historia es la de estimular una más profunda comprensión tanto del pasado como del presente, por su comparación recíproca".[7]
Y por lo tanto, la verdadera labor de la historia radica en: "Hacer que el hombre pueda comprender la sociedad del pasado, e incrementar su dominio de la sociedad del presente, tal es la doble función de la historia".[8]
B) Cómo escribo historia. Ahora bien, para escribir historia no hay ritual cabalístico ni formulas sacrosantas o escatológicas, sino técnicas y ciertos requisitos especiales de tipo cultural -aunque no son imprescindibles-. Propugnamos que tan sólo hace falta cierto dominio del lenguaje que permita escribir diciendo mucho con pocas palabras de forma clara y precisa, aunque el historiador debe estar iluminado por la honradez y la sindéresis. En este tenor es indispensable tener cierta preparación intelectual, fruto de la capacidad para leer e investigar en las fuentes de esta ciencia social.
La honradez no admite regateos, es una condición “sine qua nom”, sin la cual es imposible la genuina investigación histórica, porque el historiador no es el novelista, ni se dedica a la ficción: los hechos históricos no se inventan. Aún así, la imaginación es vital; decía Machado que se miente por falta de fantasía y que la verdad también se inventa.
Quien carezca de imaginación podrá ser compilador de hechos, buen analítico, guía seguro para recorrer los rincones del pasado desde la cómoda posición de una cátedra, pero nunca, jamás, podrá recrear el pasado, ni hacer que el pasado dialogue con el presente, ni hacer que los temas por él abordados penetren en la mente del lector enriqueciéndola.
Retomando la sindéresis o sentido común, como capacidad que nos permite evaluar y juzgar con rectitud, y hacer galas de moderación, equilibrio en el análisis; buen juicio, inteligencia crítica, amplitud de criterio, tolerancia, sentido de la proporción, que es el elemento nodal en el análisis histórico.
Sobre la elección de un tema, éste no debe ser ni muy ampuloso ni pobre; tampoco muy trillado, pero tampoco sutil. Ni muy sobado ni exótico, ni extravagante, que tan sólo satisfaga al autor.
Las fuentes del tema deben ser abundantes, y preferiblemente de primera o segunda mano. En ese tenor, los temas cuyas fuentes sean escasas se deben rechazar por su inasequibilidad. Está claro que la materia prima del historiador son los testimonios orales o escritos de los observadores directos, los documentos y las fuentes bibliográficas, entre otras. Las fuentes testimoniales se expresan en una amplia gama, que inician con las cartas, relatos de viajes, diarios, autobiografías, el diskette e incluyen los microfilmes, fotografías, filmes, la literatura, la poesía popular, la multimedia, y las líneas electrónicas en sentido amplio.
La sindéresis debe guiar toda decisión del neófito en la selección del tema que constituirá su objeto de estudio. Es preciso además que sea agradable, para que el sentido común invada el sentido de elección, como si fuera de un amigo o una novia, pues con el tema escogido compartiremos por un periodo indefinido nuestro tiempo y nuestro espacio. Por ejemplo, Cuando se trabaja una biografía, el sujeto objeto de investigación debe ser alguien que nos resulte simpático, de interés permanente, y debemos profesarle hasta cierto cariño personal.
Ahora bien, siempre debemos decir algo novedoso de nuestro tema o personaje.
Una máxima permanente cuando se organiza todo el entramado de la investigación consiste en no perder el tiempo: se debe en una secuencia permanente, leer, escribir, rescribir después de leer más y así tomar el toro por los cuernos o lidiar el problema de inmediato, y, mientras más profundicemos en la investigación mayor será nuestra comprensión del tema, y cada detalle será colocado en su lugar. Poco a poco el rompecabezas quedará armado.
Se debe recopilar el material necesario para la tarea de investigación, organizarlo y elaborar el plan de trabajo continuo. Sólo escribiendo es posible rellenar las lagunas y solucionar los conflictos cognitivos que el quehacer histórico conlleva. Leer, tomar notas y escribir es la clave del éxito. No basta considerarse una "fotocopiadora humana", o un alquilado amanuense, se debe ser crítico, analizar el material, resumirlo hasta obtener el esqueleto conceptual, y escribir. Para ello no hay patrón fijo ni modelo que imitar, cada sujeto edita su estilo, sino se convierte en un plagiador vulgar, pues el arte de escribir nace de la práctica.
Partiendo del aforismo: "Yo soy único y mi estilo lo será también", obtendrá seguridad, pero antes debe tener ideas coherentes para escribir con facilidad y con fluidez, y podrá perfeccionar la forma de su expresión sintáctica. El estilo podrá, en principio, variar según el tema abordado, podrá no ser uniforme pues la forma del estilo depende de los sentimientos del autor. Nada en la vida es eterno ni inmutable, y así es el estilo. Ciertamente, si persiste devendrá un profesional de la historia, y confirmará a través de la praxis que el estilo es al tema como la moda a la época.
En resumen, la historia no es literatura y se escribe siguiendo un procedimiento específico: 1) el historiador procede a verificar la exactitud de los hechos estudiados; 2) buscará todos los datos relevantes, y entre estos no podrán faltar en el cuadro los datos conocidos o relevantes a la interpretación; 3) además, debe leer todas las fuentes y hacer notas, fichas de contenido y fichas bibliográficas, esquemas lógicos, y en fin, debe organizar la información disponible; 4) por último: escribe y rescribe.
En otro orden de ideas, dada la tendencia de ciertos historiadores de enjuiciar a los personajes históricos considerándolos reos de la justicia que se imparte su antojo y sin reglas, debe quedar claro que para la refutación del llamado "juicio histórico", o las opiniones de los demás historiadores se debe tener en cuenta:
1) que el pasado no se puede defender en el presente, sino poner lo mejor del pasado al servicio del presente. Los que admiran a Marx deben conocer conocer esta frase: "La labor de la historia consiste, en que una vez que se ha descubierto la verdad del más allá se debe descubrir la verdad del más acá";
2) que en historia no se hace un juicio al estilo penal judicial, y que por lo tanto, el juicio que no condena no tiene validez: es el juicio profesional del académico;
3) que no hay escalas de valor universales y el juicio moral reviste de una problemática laberíntica;
4) que el historiador, no es un dios ni un ser inefable, ni es fiscal ni abogado defensor, ni un ser intachable y puro. Su veredicto se puede ver como un juicio seudo moral que se disfraza de moralidad y se cubre de una falsa ética. No existe un código moral universal;
5) que el juicio moral en historia es irreal y fútil;
6) que el lector tiene su formación académica, cultural e ideológica, y su propia moral;
7) que no se deben confundir los juicios morales con los juicios profesionales.[9]
II. Más apuntes sobre la España Boba y sus caudillos.
A) La guerra contra Francia en Santo Domingo. El ejército imperial francés fue vencido por sus antiguos esclavos en Haití, en la parte occidental de la isla de Santo Domingo, entre 1802-1803, lo cual posibilitó la conformación del Estado Haitiano en 1º. de enero de 1804, previa proclamación de la independencia en 30 de noviembre de 1803. Sin embargo, la parte Este de la Isla quedó bajo el dominio de los generales franceses Kerverseau y Ferrand, logrando éste último, al destituir al primero del gobierno, mantener el control sobre sus habitantes de aquella época, hasta el año de 1808. Esta dominación francesa en el otrora Santo Domingo Español concluyó a consecuencia de una guerra separatista, auspiciada y financiada por España desde Puerto Rico, estando gobernada aquella Isla por don Toribio Montes.
Afirmo categóricamente que el financiamiento -aunque fuese parcial- procedía de Puerto Rico, porque en una hoja suelta hallada en el Archivo Histórico de Puerto Rico, el gobernador de aquella Isla, don Toribio Montes, hace saber al brigadier y oficial de inteligencia español don Manuel Caballero, y al capitán general don Juan Sánchez Ramírez que el comerciante y prestamista de aquella plaza (San Juan), don Reus Cassals, reclamaba en 1809 los siguientes gastos que fueron destinados para la conquista de Santo Domingo.[10]
Total 92,599-s-33
Producido cahobas [sic.] y negros 14,000-2-23
78,599-3-10
La primera cifra fue el monto de los gastos en que se incurrió para financiar las tropas españolas y los pertrechos militares que se emplearon en la campaña de Santo Domingo, que fueron: 2 lanchas cañoneras, 400 fusiles, 200 sables, municiones, otros pertrechos y algunos hombres[11]; la segunda cifra fue el monto que se obtuvo por la exportación y venta de la caoba y de los esclavos negros que don Juan Sánchez Ramírez envió a don Reus Cassals a Puerto Rico como pago en naturaleza hecho desde Santo Domingo, considerado un abono a la deuda total; y la tercera cifra, es el monto de la deuda pendiente de pago que se reclamaba a don Juan Sánchez Ramírez, y al oficial de inteligencia español brigadier Manuel Caballero. Lamentablemente este documento, una hoja suelta y sin fecha, no contiene información adicional.
En cuanto a Juan Sánchez Ramírez, de él sabemos que nació en la villa de Cotuí a mediados del siglo XVIII, y que falleció el 12 de febrero de 1811 en la ciudad de Santo Domingo; que tras los acontecimientos de Basilea (1795), y de la ocupación de Toussaint a la parte este de la isla de Santo Domingo (1801-1802), emigró a Puerto Rico en 1803, radicando su residencia en la ciudad de Mayagüez hasta marzo de 1808 cuando retornó a Santo Domingo para atender personalmente su negocio de corte de maderas de El Macao y su extenso hato de Cotuí.
Como se sabe, en 1808 se produjo la invasión francesa sobre España y la posterior detención de la familia real española en Bayona, nombrando el Emperador Napoleón a su hermano José Bonaparte (Pepe Botella) como nuevo monarca de España: Jose I, quién se instala en Madrid desde el 2 de mayo de 1808.
Ese mismo año de 1808 fue declarada en la Península la Guerra a Francia, razón por la cual, en Puerto Rico, el gobernador Toribio Montes decidió declarar la guerra al gobernador francés de la parte Este de Santo Domingo, general Luis Ferrand, llegando a enviar varios emisarios para insurreccionar a los dominicanos en contra de los franceses. Uno de estos emisarios, don Cristóbal Hubert y Matos logró su cometido, quién tras desembarcar discretamente por el puerto sureño de Barahona, logró trasladarse hasta Neiba, en donde conjuntamente al valiente azuano don Ciriaco Ramírez, y a los señores Manuel Jiménez, Salvador Félix, y otros levantiscos, dieron inicio a la guerra antifrancesa.
Por lo visto don Juan Sánchez Ramírez fue convencido por las autoridades españolas de Puerto Rico para que se convirtiera en un agente de la Suprema Junta Central de España e Indias, y a tales fines visitó el sitio de El Tabero para entrevistarse con don Manuel Carbajal, partiendo luego con destino hacia Higüey, El Seibo y Santo Domingo en donde asomó en 8 de agosto de 1808. Estando en la ciudad de Santo Domingo, fue acogido de buen animo por el general Ferrand, Gobernador francés de la Isla, quién le llegó a ofrecer la comandancia de su ciudad natal: Cotuí, rechazándole la oferta, y partiendo hacía allí, en donde llegó en 13 de agosto; saliendo el día 15 del mismo mes y año hacía La Vega, en donde se entrevista con don Agustín Franco, Jefe de ese Departamento, a quien invitó a participar en un movimiento para restablecer el poderío español en la parte este de la Isla.
Don Juan Sánchez Ramírez siguió luego hasta Santiago en donde recabó la ayuda del cura don Vicente Luna y del militar don Marcos Torres, Comandante del cuerpo de caballería de “Los Dragones” de aquella plaza cibaeña, para luego enfilar de inmediato hacía Puerto Plata en donde aprovecha la presencia del barco del capitán Miguel Pérez para solicitar el socorro de las autoridades de Puerto Rico, intentando enviar a dos emisarios, los señores: don Antonio López de Villanueva, Comandante de Artillería, y don José Pacheco, para que estos trataran de convencer a don Toribio Montes sobre la conveniencia de ayudar con armas y dinero a la separación de Francia de la parte Este de Santo Domingo.
Sin embargo, las autoridades francesas prohibieron la salida de dichos señores. Después de ello, don Juan Sánchez Ramírez regresó a La Vega, y luego fue a Cotuí en donde permaneció desde el 24 al 30 de agosto de 1808, partiendo luego hacia Bayaguana a donde llegó en primero de septiembre de 1808, y aseguró con su visita el apoyo del Prebistero don José Moreno, pasando luego a la ciudad de El Seibo en 4 de septiembre de 1808 para culminar con sus preparativos militares a fin de enfrentar a los ocupantes franceses, disponiendo finalmente de la ayuda española.[12]
Como había ocurrido con Leclerc y sus tropas en la parte Occidental, el general Louis Ferrand y sus contingentes militares fueron igualmente rechazados y derrotados militarmente en el este de Santo Domingo por fuerzas pro-españolas integradas por negros libertos y esclavos, mulatos, españoles criollos y peninsulares quienes lucharon por el restablecimiento del dominio español, de tal suerte que en 1809 se reorganizó en el este de “La Española” un estado colonial dependiente y obediente a los intereses peninsulares y reales de Fernando VII. Fue el periodo denominado por la historiografía dominicana “La España Boba” (1809-1821).
Desde la segunda mitad del siglo XVII, pero sobre todo durante estos años se produce la cristalización embrionaria del sentimiento nacional dominicano a resultas de la conformación de un conglomerado social cuyos miembros se hallaban vinculados entre sí por fuertes lazos de cultura, lengua, sicología, y territorio, enmarcados en un contexto económico de capitalismo embrionario, es decir, de economía mercantil simple, articulada a formas de producción precapitalistas y esclavistas.
Cuando quedó iniciada la guerra contra Francia en la parte Oriental de la isla de Santo Domingo, hasta su derrota definitiva, en ese proceso bélico se destacaron dos lideres político-militares: don Ciriaco Ramírez y don Juan Sánchez Ramírez. Sobre el papel desempeñado por estos dos criollos, y sobre las contradicciones que los distanciaron, y los enfrentaron recomendamos leer el artículo titulado: "Apuntes en torno a Ciriaco Ramírez", publicado en la Revista Ecos, Año VI, 1999, No. 7, PP. 149-158, aunque sabemos que nadie pone en duda que el primero en destacarse como el líder militar de vanguardia en esta lucha fue el valiente criollo azuano don Ciriaco Ramírez, aunque finalmente, nuestro primer caudillo, don Juan Sánchez Ramírez, logró imponerse al líder azuano.
Algo más sobre la Junta de Bondillo. En Haití se creyó que en esta Junta se enfrentaron tres corrientes políticas distintas. Ardoin sostiene que en Bondillo: "Unos querían la alianza con el estado del Norte [de Cristhope], otros con la República de Haití [de Pethión en el Sur], y otros restaurar la dominación de España".[13] Sobre los partidarios de los caudillos haitianos no tengo información, aunque está claro que tanto Ciriaco Ramírez como Juan Sánchez Ramírez actuaron motivados por sus compromisos con los hispanos. También en nuestro artículo anterior hemos demostrado que don Juan Sánchez Ramírez, para distraer a Ciriaco Ramírez de los asuntos de la Junta de Bondillo, lo hizo ausentarse de la reunión a fin de tomar las decisiones más convenientes para sí mismo, haciendo "una verdadera junta política que la formaron los adeptos incondicionales del brigadier D. Juan Sánchez Ramírez, que tuvo por principales miras obtener la unidad de mando en favor del caudillo, y sus resoluciones fueron dadas en defecto, es decir, de espaldas del otro jefe del movimiento de la reconquista D. Ciriaco Ramírez y de sus partidarios".[14] Por lo tanto, resulta evidente que nuestro primer caudillo político militar fue don Juan Sánchez Ramírez, el verdadero Alter Ego de los Santana, padre e hijo, con quienes mantuvo un vinculo directo, ya que el padre de Pedro Santana fue uno de sus ayudantes de campo, y el hijo nunca quiso que nadie lo cubriera con su sombra. Todo esto confirma esta apreciación de Engels sobre el papel del gran hombre en la historia:
"Los hombres hacen ellos mismos su historia, pero hasta ahora no con una voluntad colectiva y con arreglo a un plan colectivo, ni siquiera dentro de una sociedad dada y circunscrita. Sus aspiraciones se entrecruzan; por eso en todas esas sociedades impera la necesidad, cuyo complemento y forma de manifestarse en la casualidad. La necesidad que aquí se impone a través de la casualidad es también, en última instancia, la económica. Y aquí es donde debemos hablar de los llamados grandes hombres. El hecho de que surja uno de éstos, precisamente éste y en un momento y en un país determinado, es, naturalmente, una pura casualidad. Pero si lo suprimimos, se planteará la necesidad de reemplazarlo, y aparecerá un sustituto, más o menos bueno, pero a la larga aparecerá. Que fuese Napoleón, precisamente este corso, el dictador militar que exigía la República Francesa, agotada por su propia guerra, fue una casualidad; pero que si no hubiese habido un Napoleón habría venido otro a ocupar su puesto, lo demuestra el hecho de que siempre que ha sido necesario un hombre: César, Augusto, Cromwell, etc..., este hombre ha surgido".[15]
El gobierno de Sánchez Ramírez y las conspiraciones. Don Juan Sánchez Ramírez asumió el control de la Isla desde 1809 hasta que se produjo su muerte en 12 de febrero de 1812. Durante su gestión gubernativa al frente de la Isla, sostiene don José Gabriel García, se produjo la conspiración de don Manuel Del Monte, desterrado a España y posteriormente absuelto por el Consejo de Regencia gracias a los auxilios que le prestó su pariente y amigo Francisco Javier Caro; otra conspiración fue la del habanero don Fermín, condenado a la pena de reclusión por siete años en la cárcel de la Torre del Homenaje de “La Fuerza” (hoy fortaleza Ozama).
También, durante el gobierno de Sánchez Ramírez se verificó la denominada conspiración o revolución de los Italianos (1810), con la participación de los señores: Santiago Faló o Faleau -sastre mulato natural de Cabo Francés que se desempeñaba como oficial de Compañía del Regimiento 31 a cargo del coronel Pablo Alí-; el zapatero venezolano -caraqueño- José Ricardo Castaños; el puertorriqueño Juan José Ramírez; y, los oficiales del Batallón Fijo Ugarte y Joaquín Mojica, estos últimos infiltrados como espías en la conspiración, hallándose todos vinculados al capitán italiano Emilio Pezzi (conocido también como Manuel o Edmundo o Edmigio Persi), quienes posiblemente llegaron a tener ciertos nexos con la República de Pethión,[16] y cuyos pormenores hemos analizado en nuestra anterior entrega.
Pero, para que no queden dudas en torno a la cuestión de la ausencia de don Ciriaco Ramírez en la Isla a raíz de la "Revolución de los Italianos", debo decir que en el Auto para la sustanciación judicial del proceso de dicha conspiración, de fecha 8 de septiembre de 1810[17] los únicos sometidos a la justicia por el gobierno fueron el mulato Juan José Ramírez, el caraqueño José Ricardo Castaños -quienes supuestamente contaban con el apoyo de 600 hombres-, el oficial mulato de la Compañía de Alí Santiago Foló, y el capitán de la Compañía de los Italianos don Emilio Pezzi, quienes se estimó tenían posibles nexos con Pethión y con los independentistas venezolanos.
Y por si los argumentos antes esgrimidos fueran cuestionados, o si alguien quisiera rebatirlos sin evidencias documentales, debo agregar que en el proceso seguido a los conspiradores de la llamada "Revolución de los Italianos" se produjo una sentencia[18] de fecha 25 de septiembre de 1810, que condenó a Emilio Pezzi a ser pasado por las armas (fusilado), y a los señores Santiago Faló, Juan José Ramírez, José Ricardo Castaños -posiblemente agente de la Gran Colombia-, a ser ahorcados, dejándolos colgar por seis horas en el patíbulo, ordenando la sentencia separar luego sus cabezas de sus cuerpos, y, que se colocara en el pecho de los cadáveres una inscripción en letras grandes: "Así castiga la justicia a quien es traidor a la patria"[19], y ciertamente, a Cristóbal Úber o Hubert, y a Ciriaco Ramírez trataron de implicarlos en la conspiración posiblemente con el único propósito de confiscar sus bienes, odiosa práctica del colonialismo español de aquel entonces en toda Hispanoamérica. A Hubert se le condenó a 10 años de prisión con trabajos públicos sin sueldo en San Juan de Úlua -una cárcel de Veracruz, México-, a la confiscación de sus bienes, y al destierro perpetuo, aunque en lo que concierne a don Ciriaco Ramírez, que se hallaba preso en Puerto Rico, cuando fue requerido por el tribunal presidido por Juan Sánchez Ramírez, éste no fue enviado por la Capitanía General de aquella Isla, entendiendo posiblemente las autoridades de la colonia de Puerto Rico que don Juan Sánchez Ramírez sólo buscaba una suerte de vendetta personal.
Unas líneas finales sobre don José Núñez de Cáceres. Algunos de nuestros historiadores han implicado a don José Núñez de Cáceres en los asuntos relativos al juicio seguido a los conspiradores de la "Revolución de los Italianos", sin embargo, la sentencia condenatoria solamente se halla firmada por los señores: Domingo Díaz Páez, y Martín de Mueses, Escribano Público. Además, se debe saber que don Juan Sánchez Ramírez, Leonardo del Monte, José Joaquín del Monte, Doctor José Núñez de Cáceres llegó a Santo Domingo procedente de Cuba en enero de 1811, como el mismo lo establece en una carta reproducida parcialmente más adelante.
A Sánchez Ramírez, una vez se produjo su muerte, le sucedió en el gobierno don José Núñez de Cáceres, procedente de Cuba, y, en donde se desempeñaba como Relator de la Real Audiencia en aquella hermana Antilla. Aunque don José Gabriel García sostiene que la muerte de Juan Sánchez Ramírez se produjo el 7 de enero de 1811,[20] en una carta un tanto mutilada de don José Núñez de Cáceres al entonces gobernador de Puerto Rico de fecha 21 de febrero de 1811, éste le hace saber que falleció en 12 de febrero de 1811. He aquí el texto legible de la misiva indicada:
“Habiendo llegado a esta plaza el diez y ocho de enero último [de 1811] a servir los empleos de Ten.te de Gob.n [Teniente de Gobernación], Asesor General y Auditor de Guerra, a que he sido nombrado en nombre de S.M [Su Majestad]. Dios le guíe y prospere, aprovecho la primera ocasión directa que se presenta p.a [para] ese puerto, después de estar en exercicio (sic.) que comenzó el día veinte y ocho del mismo enero, p.a ofrecer á V.S. [Vuestro Señor] la buena disposición en que me hallo á cultivar y mantener en buen pie las relaciones amistosas, y sincera armonía que encargan las leyes, y debe haber entre los gobiernos vecinos pa. el mejor servicio del Rey, y reciproco auxilio que en todos los tiempos son obligados a prestarse en qualquiera (Sic,) caso de necesidad, y con especialidad en el día, por las críticas circunstancias de la guerra, en que gloriosamente se halla empeñada la nación con un enemigo tan pérfido y astuto.
A mi llegada a este destino tuve la desgracia de encontrar á nuestro Gral. D.n Juan Sánchez Ramírez, tan agoviado (sic.) de sus males q.e nada pudo comunicarme ni conferenciar conmigo de asuntos relativos al Gob.o. [gobierno] ni del estado en que dexaba (Sic.) sus relaciones amistosas con los demás vecinos y aliados. Por su muerte acaecida el día dose (Sic.) de los corrientes estoy encargado del mando político y de la Yntendencia y V.S. puede disponer con entera confianza de las facultades anexas a uno y otro ramo.” [21]
Por lo tanto, fue tras la muerte de Sánchez Ramírez que se produjeron las rebeliones de esclavos en las haciendas de Mendoza y Mojarra, ubicadas en el oriente de Santo Domingo, participando en la primera los Seda, los Betances, los Meas y Fragoso, y en la segunda Pedro Figueroa. Durante el desempeño del gobierno don José Núñez de Cáceres ordenó la detención de José Leocadio, cabeza de los rebeldes esclavos, mulatos y libres, vía el Escribano Dionisio de la Rocha por medio de un Auto Judicial enviado a las autoridades de Bayaguana, El Seibo, Cotuí, Azua, y a los jueces pedáneos y ordinarios del Norte, Este y Sur, y el señor de La Rocha hizo gestiones personalmente en tal sentido en la región Oriental.
También, destaca Beabrum Ardoin[22] -historiador haitiano que fue funcionario de Boyer- que en el gobierno de Sebastián Kindelán se produjo la conspiración del Capitán Manuel Martínez detectada en 19 de marzo de 1821; posteriormente fue implicado en otra conspiración independentista don Antonio Martínez Valdez, delegado a las Cortes de diputación provincial, es decir, de la asamblea colonial, siendo apresado y sometido a la justicia, pero éste se salvó de la cárcel por la oportuna intervención del Auditor de Guerra don José Núñez de Cáceres, quien también se mantuvo vigilado por las autoridades, y de hecho era el cabecilla de la conspiración independentista. En ese momento, en la parte del Este, todos los grupos representativos de la sociedad: Militares, profesionales, comerciantes, artesanos, etc.., eran partidarios de la separación de España. Poco tiempo después de ser detectados estos focos rebeldes en 1821, se formaron dos partidos (más bien tendencias):
"El primero, compuesto por una débil minoría, pedía aliarse a la república de Colombia, sin considerar que esa República, no teniendo marina y separada de Haití por vastos mares, no podía darle ninguna clase de protección".
"El segundo quería la independencia pura y simple, sin preguntarse si una población de no más de 130,000 almas podía aspirar al papel de Estado independiente".
"Así, los dos partidos se encontraban frente a frente, su sangre iba a correr y nuestra tranquilidad se encontraba afectada."[23]
Tomás Modiou[24] -historiador haitiano que fue durante mucho tiempo secretario del general Joseph Balthazar Inginac, a su vez Secretario personal de Boyer y hombre importante de la inteligencia haitiana de la época- identifica cuatro tendencias en torno al destino del Este en 1821: 1) los partidarios de la independencia, quienes eran mayoría; 2) los prohaitianos; 3) los procolombinos; y, 4) los partidarios de España.
Se sabe, contrario a lo que afirma cierta historiografía, que las actividades populares e independentistas de Beller, Dajabón, y Monte Cristi, dirigidas por los comandantes Andrés Amarante y Francisco Estévez, y que se manifiestan a partir del 8 de noviembre de 1821 eran movimientos que perseguían declarar la independencia amparados en los corsarios de Buenos Aires del crucero de La Orange que ocasionalmente se refugiaban en la bahía de Manzanillo, infiltrados por agentes secretos haitianos -por ejemplo: el comerciante Carlos Arrieu o Harrieux- interesados en lograr una manifestación favorable a la unificación insular.[25] El General de División y ex-secretario de Boyer (1797-1843), Joseph Balthazar Inginac en sus Memorias[26] reconoce que Amarante y Estévez se acercaron a Arrieu sólo para solicitar por su vía ayuda en armas y municiones al gobierno haitiano, o para que él las procurara en el Oeste.
Referencias y bibliografía mínima consultada:
Aimé Césaire: Toussaint L'Ouverture, la revolución francesa y el problema colonial. Edición del Instituto del Libro, La Habana, 1967.
Archivo General de Puerto Rico (AGPR): RG. 186: Records of the Spanisch Governors of Puerto Rico. Political and Civil affairs. Cónsules: Santo Domingo, 1796-1858.
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[1] Pablo Lafargue: El método histórico, en: Varios autores: El materialismo histórico según los grandes marxistas, ediciones Roca, México, 1973, P. 51.
[2] Opus cit., PP. 49-50.
[3] Juan I. Jimenes Grullón: “Historia de nuestra historiografía”, Listín Diario, 4 de nov. De 1975, P. 7.
[4] Frank Moya Pons, Historia dominicana, historisadores, y percepción de la dominicanidad, discurso reproducido por el Listín Diario, lunes 5 de oct. De 1975, P. 7.
[5] E. H. Carr, ¿ Qué es la historia?, Seix Barral, 1978, P. 77.
[6] Steele, 1967: P. 85, cita la obra: The open door at home, The MacMillan, P. 14.
[7] E. H. Carr, Opus Citatus, P. 91.
[8] Ibídem, P. 73.
[9] Ver: Steele, La historia, su naturaleza, UTEHA, México, 1967.
[10] AGPR: R.G. 186: Records of the Spanisch Governors of Puerto Rico. Political and Civil affairs. Cónsules: Santo Domingo, 1796-1858. Entry 16, Box 34. Las cantidades corresponden a pesos españoles de plata (Nota de Francisco Berroa).
[11] Ver: Salvador Brau: Historia de Puerto Rico, ediciones Edil, Río Piedras, 1974, P. 199.
[12] Ver: Juan Sánchez Ramírez, Diario de la reconquista, en: Mejía Ricart, Gustavo Adolfo, Historia de Santo Domingo, Vol. VII, Pol Hermanos, Santo Domingo, 1954, P.192 y siguientes.
[13] Beabrum Ardoin, Etudes Sur L’Histoire d’Haití, 1958, Tomo VII, P. 58, Edición facsímil de la de 1856.
[14] Resolución o acuerdo tercero del Instituto de Investigaciones Históricas en el periodo de reincorporación a España redactado por Gustavo Adolfo Mejía Ricart, en: Boletín del Archivo General de la Nación, Año 3, Vol. 3, No. 9, ciudad Trujillo, 29 de febrero de 1940, P. 8.
[15] Carta de Federico Engels a Konrad Schmidt, en: Varios autores, El materialismo histórico según los grandes marxistas, Ediciones Roca, México, 1973, P. 43.
[16] Cassá, Roberto, Historia social y económica de la República Dominicana, Tomo I, P. 167.
[17] Auto del proceso de la Revolución de los Italianos, 8 de septiembre de 1810, en: Boletín del Archivo General de la Nación, 1948, Núm. 58, PP. 218-220.
[18] Sentencia emitida en el proceso seguido contra los patriotas de la llamada Revolución de los Italianos (sic.), 25 de septiembre de 1810, Boletín del Archivo General de la Nación, 1948, Núm. 59, PP. 425-427.
[19] La patria invocada era la española (Nota de Francisco Berroa).
[20] José Gabriel García, Rasgos biográficos de dominicanos célebres (Compilación y notas de Vetilio Alfau Durán, Academia Dominicana de la Historia, Vol. XXIX, Editorial El Caribe, Santo Domingo, 1971.
El resto de la carta es ilegible por hallarse parcialmente mutilada y consumida por la polilla, se halla firmada por don José Núñez de Cáceres y es de fecha 21 de febrero de 1811. Las palabras entre corchetes me corresponden, y los subrayados son míos (Nota de Francisco Berroa). AGPR: RG. 186: Records of the Spanisch Governors of Puerto Rico, Political and Civil affairs, Cónsules, Santo Domingo, 1796-1858. Entry 16, Box 34.
[21] El resto de la carta es ilegible por hallarse parcialmente mutilada y consumida por la polilla, se halla firmada por don José Núñez de Cáceres y es de fecha 21 de febrero de 1811. Las palabras entre corchetes me corresponden, y los subrayados son míos (Nota de Francisco Berroa). AGPR: RG. 186: Records of the Spanisch Governors of Puerto Rico, Political and Civil affairs, Cónsules, Santo Domingo, 1796-1858. Entry 16, Box 34.
[22] Ardoin, Opus Cit., P. 25.
[23] De la reunión de la ci-devant partie Espagnole á la Republique d’Haití. Periódico Le Propagateur Haitien, Puerto Príncipe, 1º. De junio de 1821.
[24] Modiou, Histoire d’Haití, Tome Troisieme, Port-au-Prince, 1922, P. 386.
[25] Beabrum Ardoin: Opus Cit., Tome neuviéme, P. 13.
[26] Kingston, Jamaica, 1843.
Es un blog especializado en publicaciones sobre historia dominicana, y de otros países, su autor es Francisco Modesto Berroa Ubiera, Profesor Títular de la Escuela de Historia, y ex-director del Instituto de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).
Thursday, February 22, 2007
Tuesday, January 30, 2007
HISTORIA DE LA FACULTAD DE HUMANIDADES DE LA UASD
Historia de la Facultad de Humanidades de la UASD
Francisco Berroa Ubiera
El autor ha publicado libros, y artículos sobre temas históricos en revistas nacionales y extranjeras; actualmente es Director del Instituto de Historia, profesor Adjunto de la Cátedra de Historia Dominicana, y profesor de Historia de América en la Escuela de Historia y Antropología de la Facultad de Humanidades de la UASD; es Licenciado en Educación mención Ciencias Sociales (1980), con Postgrado de especialización en Ciencias Sociales, Mención Estudios Sociales Dominicanos (1981), en la UASD; Licenciado en Derecho (Universidad Católica Nordestana –UCNE-, 1986), y estudios de Maestría Internacional en Estudios de las Antillas Mayores (UASD-Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe -C.E.A.-, 1996). E-mail: francisco.berroa@gmail.com.
Partiendo de la génesis de las universidades y del inicio de los estudios humanísticos en Europa, el Autor explica cómo nace la universidad en la colonia de La Española en el siglo XVI, destacando sus funciones y su estructuración en facultades y cátedras, y explicando cómo se produce el desarrollo y evolución de la Facultad de Humanidades hasta el pasado reciente.
Introducción
La sociedad castellana del siglo XVI exportó a las Indias occidentales el proceso violento de la conquista y la colonización, acompañado naturalmente de una transformación sistemática de los valores del espíritu vía la aculturación, cuyo legado forma parte integrante del mundo novo-hispano.
La religión católica, el idioma castellano, las costumbres, las tradiciones y leyendas, ciertos hábitos alimenticios, las prácticas culturales, los elementos del folclor insular y continental, etc., son algunos de los elementos heredados de la tradición cultural hispánica, pero ninguno de ellos tan significativo como las universidades que aún sirven de sostén cultural y científico de nuestras accidentadas sociedades y culturas.
Las academias han sido verdaderas matrices para articular coherentemente la enseñanza de las ciencias y de las tecnologías, del arte y de la cultura.
Las humanidades, despreciadas por unos, o consideradas ciencias del espíritu o simples conocimientos literarios por otros, históricamente han desempeñado un importante papel en todas las sociedades en transito hacia el pleno desarrollo económico y social.
Una sociedad de hombres iletrados, insensibles a la magia del arte, ignorantes de la cultura, pero sobre todo, de sus bienes materiales y espirituales, está claro que no se puede conectar con la ciencia y con las tecnologías, porque sin la capacidad para descodificar los secretos de los signos no se puede lograr ni la inteligencia ni el progreso.
Por todas estas razones hemos historiado la evolución de la Facultad de Humanidades, piedra angular del sistema educativo nacional y promotora cultural de primer orden, en tanto es la principal forjadora de pedagogos, filósofos, comunicadores sociales, traductores y poliglotas, historiadores, psicólogos, y letrados.
Las universidades en la vieja Europa
Durante la Alta Edad Media, específicamente a fines del siglo XII, con el fortalecimiento de las economías urbanas cifradas por el fomento de la economía mercantil y el auge comercial, fue posible que se operaran importantes cambios en la supraestructura de varios países europeos.
Nuevas instituciones se organizaron al margen de los estrechos marcos del feudo, y con la revolución comercial las fronteras se fueron estirando, y surgieron nuevas necesidades de aprendizaje en todo el Viejo Mundo que no eran satisfechas por las escuelas monásticas, ni por los centros de estudios adscritos a las catedrales, y a las organizaciones municipales, debido a que los estudios carecían de continuidad y de liberalidad curricular en tanto eran impartidos por un solo profesor.
Estas fueron las razones objetivas y subjetivas que dieron lugar a la formación de las universidades, siendo las primeras las de Bolonia y la de París, organizadas hacia el 1200.
La palabra Universidad viene del latín “universitas” que significa gremio, y originalmente se le consideró como una comunidad de profesores y estudiantes comprometidos con un esfuerzo colectivo por expandir, organizar y transmitir conocimiento y destrezas intelectuales. Se sabe que “las primeras universidades fueron comunidades de gente, no tanto entidades físicas. La mayoría de las clases se dictaban en edificios alquilados.”[1]
El inicio de los estudios humanísticos
Los estudios humanísticos comenzaron cuando los profesores de artes episcopales decidieron romper con el obispado de París, dando nacimiento a la Facultad de Artes, la cual operó con el reconocimiento legal del Rey de Francia o del Consejo Municipal.
Los estudios universitarios se iniciaban con los estudios de Artes con una duración de cuatro años, y al ser concluidos el estudiante se graduaba de “Bachiller en Artes”; un año o dos adicionales le permitían obtener el grado de “Maestría en Artes”, y el Doctorado se podía extender entre los 10 a los 13 años de estudios especiales. El método de enseñanza estaba basado en el estudio de textos autoritarios.
La Sorbona de París, por ejemplo, fue uno de los primeros colegios universitarios (College) fundado en la capital de Francia, y su nombre proviene del filántropo francés Robert de Sorbon, quien sostenía los gastos de algunos de los estudiantes alojados en su recinto.
Antecedentes de los estudios universitarios en Santo Domingo
La Isla que parcialmente ocupamos fue explorada por Cristóbal Colón a partir del 5 de diciembre de 1492, y luego conquistada y colonizada por Castilla a partir del Segundo Viaje del Almirante genovés a fines de 1493, y a principios de 1494.
Durante el proceso de colonización, los hispanos lograron imponernos sus formas culturales, su lengua, su religión, sus costumbres y hasta sus hábitos alimenticios.
En el proceso de aculturación a que fueron sometidos los nativos insulares, y luego los mestizos y criollos, la educación institucional desempeñó un importante papel, y en tal sentido, se sabe que el primer centro de estudios fundado en este territorio de “La Española” fue el colegio inaugurado por los padres franciscanos en el convento de esta congregación en el año de 1502 con sede en Santo Domingo, la capital colonial, tras la llegada de sus primeros predicadores conjuntamente con los 2,500 nuevos colonizadores que arribaron a nuestras costas con el Gobernador de Indias Frey Nicolás de Ovando en ese mismo año.
Posteriormente, cuando se produjo la llegada de los padres dominicanos o dominicos en el año de 1510 sus predicadores: Fray Pedro de Córdoba, Fray Antón de Montesinos, Fray Bernardo de Santo Domingo, y otros religiosos, incluyendo posteriormente al padre Fray Bartolomé de Las Casas, consideraron oportuna la fundación de un nuevo colegio, convirtiéndolo 28 años después en la “Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino”.
Asimismo, la Real Cédula de fecha 24 de febrero de 1513 dispuso enseñar gramática y ciencias a los hijos de los caciques de “La Española” a cargo del Bachiller Hernán Suárez.
Otro centro de estudios quedó inaugurado en el año de 1529, fundado por el Obispo, Gobernador y Presidente de la Real Audiencia don Sebastián Ramírez y Fuenleal, quien llegó a la Isla en 1529 aunque había sido designado en esas elevadas funciones desde 1527.
El nuevo obispo solicitó a los reyes la donación de un edificio o una casa para fundar un colegio lo cual fue autorizado por el rey Carlos I de España, y, V de Alemania, por medio de la Real Cédula de fecha 22 de diciembre de 1529.
Aunque don Sebastián Ramírez de Fuenleal fue reasignado presidente de la flamante Audiencia de La Nueva España (México) en 1532, no dejó el obispado de Santo Domingo ni descuidó sus desvelos por la educación en la Isla; inclusive, el encomendero azuano don Hernando de Gorjón le hizo el legado de todos sus bienes a su colegio para mejorar sus programas educativos en 1537.
Por esta razón el “Colegio de Fuenleal” se convirtió en un Colegio de Estudios Generales autorizado por la Real Cédula de fecha 19 de diciembre de 1550, es decir, el “Colegio de Gorjón”, el cual evoluciona hasta convertirse en la “Universidad de Santiago de la Paz” autorizada por la real Cédula de fecha 23 de febrero de 1558, y manteniéndose abierta hasta 1583, deviniendo luego en el “Seminario Conciliar de San Fernando” desde 1603, subordinado a la “Universidad de Santo Tomás de Aquino” con sede en Santo Domingo.
La fundación de la Universidad
Resulta importante advertir que un año después de la fundación del “Colegio de Fuenleal”, el Papa italiano Alessandro Farnese o Paolo III por medio de la Bula "In apostolatus culmine" autorizó la conversión del Colegio de Estudio General de Arte y Filosofía de los padres dominicos en la “Universidad Pontificia Santo Tomás de Aquino” con las prerrogativas de las universidades hispánicas de Alcalá de Henares y de Salamanca.
Durante cierto tiempo hubo un intento para desconocer la antigüedad de la primera universidad pontificia fundada en el Nuevo Mundo, porque la bula de su erección fue destruida por Sir Francis Drake durante su ataque a la ciudad de Santo Domingo a partir de la noche del 11 de enero de 1586, aunque según cuenta fray Diego de La Maza, Prior del Convento, en un Memorial: capítulo IV, 16, Madrid, 1693, estos intentos quedaron eliminados a consecuencia de que la copia de la bula de erección fue hallada posteriormente.
Incluso, don Vicente Beltrán de Heredia en su obra "La autenticidad de la bula In apostolatus culmine" aclara el asunto citando que:
"En el volumen primero de los cuatro perpetuarum que corresponden a dicho Pontificado, folio 14, se contenía, según el tomo 369, folio 65, índices formados en el siglo XVII, una bula que las RUBRICELLE enuncian con las siguientes palabras, indicando el destino de la concesión, los solicitantes y el objeto de la concesión misma:
“Dominici in ínsula maris Oceani Sea Nullius -Magister provinciales provincial Sanatae crucis ordinis praedicarum, ac prior el frates domus sanctis Dominici civitatis Sancti Dominici-Erectio Universitatis studi generalis in dicta civitate ad instar universitatis oppidi de Alcalá de Henares, Toletan. Doódesis".
Más tarde, sin embargo, el Rey Fernando VI dispuso por medio de una Real Cédula de 1747 reconocer las universidades de “Santo Tomás de Aquino”, administrada por los dominicos, y la jesuita de “Santiago de la Paz”, aunque esta última institución desaparece cuando el rey Carlos III expulsa a los jesuitas de España en 1767, reapareciendo como el Seminario Conciliar de San Fernando en 1792.
Primeras facultades y cátedras
Facultas en latín es el término empleado durante el medioevo para traducir la voz griega con que Aristóteles designaba los grupos de ciencias o de conocimientos afines, y actualmente, desde que nacieron las universidades, se le ha dado el mismo significado. En la universidad medieval la Facultad de Humanidades era llamada Facultad de Artes, en contraposición a las Facultades prácticas o profesionales, las cuales incluían las de Teología, Derecho y Medicina.
La Universidad Pontificia contó desde su fundación de cuatro facultades: a) Teología; b) Derecho; c) Medicina; y d) Artes, la cual incluía el Trivium (gramática, retórica y lógica), y el Cuadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía). Por lo regular las cátedras se impartían en latín, y tanto el Rector como los profesores fueron eclesiásticos, aunque a partir del siglo XVIII se incluían rectores seglares.
Entre sus catedráticos se distinguieron los criollos: Diego Ramírez, Cristóbal de Llerena, Francisco Tostado de la Peña, Diego de Alvarado y Luis Jerónimo Alcocer, entre otros distinguidos académicos de aquellos lejanos años.
Su sello reza: “Academia † Santo Tomae † Aquinatis † Imperialis † Conventis † Sancti Dominici † Insulae Hispaniola.”
La Facultad de Artes -que es lo mismo que decir la de Humanidades- nació por lo tanto con la Universidad Santo Tomás de Aquino. Los estudios de Arte eran equivalentes a los estudios de Filosofía pura, es decir, enseñanza teorética.
Los primeros Estatutos de la Universidad de Santo Tomás de Aquino con sede en Santo Domingo fueron aprobados en fecha 6 de diciembre de 1751, siendo su Rector el señor Candelario, éste tenía un total de 15 títulos, y disponía que las fuentes del estudio de la retórica, de la gramática y de la filosofía eran las obras de Quintiliano, Nebrija y Aristóteles, respectivamente. Los Estatutos establecían además que el licenciado en Artes "debía picar en Aristóteles".
Los Estatutos los aprobó la Real Audiencia de Santo Domingo en fecha 8 de julio de 1752, y finalmente el 23 de junio de 1753, quedando el Rector facultado para conceder grados gratuitos a los estudiantes menesterosos, lo cual nos hace pensar que desde sus orígenes la Universidad brindó ciertas facilidades a los menos afortunados, tal cual lo hace actualmente.
Una vez se produce la firma del Tratado de Basilea el 26 de julio de 1795 se inician los aprestos para el cierre de la Universidad. Esta institución contaba al iniciarse la dominación francesa con un cuerpo profesoral de 50 doctores y de 200 estudiantes, aunque fue luego clausurada, reapareciendo en el año de 1815 con el militar y educador coronel don José Núñez de Cáceres como Rector, sustituido luego por el doctor Bernardo Correa y Cidrón.
Cuando se inició la Ocupación Haitiana en 9 de febrero de 1822 la Universidad fue cerrada. En 23 de diciembre de 1843 el diputado de Puerto Plata don Federico Peralta introdujo un proyecto al Congreso de Haití para su restablecimiento pero su moción fue “Reenviada a la próxima legislatura”, la cual no se produjo al producirse en febrero de 1844 la proclamación de la independencia nacional, reapareciendo la educación superior cuando en 1848 se organiza el “Seminario Tridentino”.
Por lo tanto, desde 1848 hasta la segunda mitad del siglo XIX la Universidad funcionó con el nombre de “Seminario Conciliar Santo Tomás” incluyendo en sus planes de estudios (pensa) clases de filosofía y de lengua latina desde 1870. Además, la Facultad de Humanidades impartía clases de retórica, de teología dogmática, y de moral.
En fecha 20 de octubre de 1852 un decreto del presidente Buenaventura Báez creó dos colegios dedicados a los estudios superiores, manteniéndose el seminario con dos cátedras: Una de teología y otra de derecho canónigo.
Por su parte, los colegios se encargarían de enseñar: idiomas vivos (francés, inglés, y alemán), dibujo lineal, teneduría de libros, aritmética razonada, agricultura y horticultura, veterinaria, química aplicada, literatura, ciencias filosóficas, ciencias políticas, ciencias médicas y náutica.
De acuerdo con el artículo 5 del citado decreto la literatura se impartiría en cursos bianuales de retórica, métrica, bellas letras, literatura o critica del lenguaje e historia antigua y moderna; el Articulo 6 señalaba que los cursos de filosofía se impartirían en dos clases: Una de lógica, ideología, metafísica, ética, física, geografía y cronología, y, otra clase incluía estudios de matemáticas puras, trigonometría, agrimensura y cosmografía.
En junio de 1859 un Decreto ley crea la universidad con cuatro facultades: a) Filosofía, b) Jurisprudencia, c) Ciencias médicas; y d) Sagradas letras.
El presidente José María Cabral, corriendo el año de 1866, creó el “Instituto Profesional” para estudiar: matemáticas, filosofía, jurisprudencia, medicina y sagradas letras.
Otro decreto de 1879 crea la "Ilustre Universidad Literaria"; asimismo, el “Instituto Profesional” fue impulsado en el gobierno del prelado político Fernando Arturo de Meriño (1880-1882), quien amplió sus planes de estudios (Pensa).
También, en 1914 el doctor Ramón Báez refundió la “Universidad Real y Pontificia de Santo Tomas de Aquino” mediante un decreto que convierte el “Instituto Profesional” en “Universidad de Santo Domingo (U.S.D.)”, con las siguientes facultades: 1. Derecho y Ciencias Políticas; 2. Medicina y Ciencias Naturales; 3. Farmacia y Ciencias Químicas; 4. Filosofía y Letras; 5. Ciencias Físicas y Matemáticas; 6. Odontología.
En 1915 fue asimismo creada una universidad en Santiago con cuatro facultades y dos escuelas con el nombre de “Instituto Profesional de Santiago de los Caballeros.”
La Facultad de Humanidades durante la ocupación militar norteamericana
Cuando se produjo la ocupación militar de los Estados Unidos por medio de su cuerpo de Infantería de Marina se procedió a controlar la educación institucional.
En 1916 la situación de la educación dominicana era caótica, y la población del país, unos 750,000 habitantes, incluía un 90% de analfabetas; la población en edad escolar era de 200,000, pero sólo asistían a la escuela el 40% de los inscritos, unos 16,000 escolares.
De acuerdo con la información disponible proveniente del doctor Julio Ortega Frier, Superintendente de Educación al servicio de los marines, en 1920 se contaban solamente 100,000 escolares inscritos, y asistía a los planteles un 85%. Las escuelas rurales ascendían a 647, y las urbanas primarias eran 194 en 1920 -habían 30 escuelas rurales en 1916-; los edificios escolares en zonas urbanas eran 150 ese mismo año.
En cuanto a los estudios superiores desde 1916 hasta 1924, sabemos que el gobernador militar H. Knapp ordenó el cierre de la universidad de Santiago en octubre de 1917, también prohibió los estudios humanísticos en la Universidad de Santo Domingo, que volvió a ser “Instituto Profesional”, al ser clausurada la Facultad de Filosofía y Letras por medio de la Orden Ejecutiva Núm. 145 votada por el gobierno en fecha 5 de abril de 1917.[2]
De acuerdo con el censo de población de 1920 los profesionales en todo el territorio nacional aran 638.
Los ocupantes también procedieron a modificar el reglamento de exámenes para incluir las revalidaciones, la reducción de pago de derechos, y surge la categoría de los profesionales conocidos como "los autorizados", es decir, personas autorizadas para ejercer sus profesiones sobre la base de que tenían experiencia empírica en la profesión.
La Era de Trujillo y los estudios superiores
Sin embargo, posteriormente se restauró la enseñanza expositiva de las cátedras magistrales, el sistema de estudiantes libres y a los "autorizados" se les dio un plazo de 10 años para obtener sus diplomas.
La Facultad de Filosofía fue restablecida por medio de la Ley General de Estudios de fecha 5 de diciembre de 1932.
Una nueva Ley de Organización Universitaria fue dada en fecha 21 de octubre de 1937, la cual puso fin a los "estudiantes libres", reconociendo solamente los estudios oficiales; dicha ley dispone de un régimen de vacaciones, y procura la metodización de los estudios y de la docencia universitaria; asimismo, prohibió los cursos simultáneos, y crea las siguientes facultades: a) Derecho con estudios de Notariado, Hacienda Pública y Economía; b) Medicina, con estudios de Obstetricia, Enfermería, Higiene y sanidad; c) Farmacia, con estudios de Química azucarera; d) Filosofía, Letras e Historia, es decir, los estudios humanísticos.
Para la Facultad de Filosofía la Ley de 1937 establecía un mínimo de 13 materias, que podían ser desdobladas en un número mayor de asignaturas: 1) Historia de la Filosofía; 2) Historia Moderna Universal; 3) Historia de América; 4) Historia de la Literatura Española; 5) Historia de la literatura extranjera; 6) Literatura; 7) Literatura Griega; 8) Psicología; 9) Filología; 10) Introducción a la Filosofía; 11) Sociología; 12) Filosofía Moral; 13) Literatura Latina.
Posteriormente, en 1939, se reorganizó la Facultad y los estudios de filosofía se extendieron un mínimo de 133 asignaturas. Otra importante reforma se produce con la puesta en vigor de la Ley Núm. 177 de fecha 14 de noviembre de 1939, con la cual se reorganiza la Facultad de Filosofía, Letras e Historia denominándola Facultad de Filosofía, con el propósito de: "Realizar la misión de la Universidad, que no es otra que contribuir al auge y difusión de la cultura humana mediante el fomento y enseñanza de los principios y fundamentos esenciales de las disciplinas del espíritu, en su grado más elevado, es decir, en lo teorético, en lo puro".[3]
Agregando a lo anterior lo siguiente: "El conocimiento teorético, el puro, es el primer paso indispensable y fundamental, para la ulterior acción, si es que esta debe ser racional. Sin él no hay método ni técnica, ni ciencia ni inteligencia de la vida y de las cosas."[4]
Además fueron consignadas como funciones de la Facultad de Filosofía otorgar los títulos de Licenciado y Doctor en Filosofía.
Los estudios de filosofía podían ser cursados por personas que no fuesen bachilleres siempre y cuando fuesen mayores de 25 años, previo examen de admisión. Muchos diplomáticos extranjeros se matricularon en la facultad de filosofía, lo cual es una muestra de su crédito académico.
El enciclopedismo fue un elemento característico en el cuadro de materias correspondiente al periodo del año lectivo 1939-1940, que se ofreció durante varios años aunque luego fue modificado. El plan de estudios también fue reformado en el año 1954.
La Ordenanza del Consejo Universitario Número 3-40 del 11 de enero de 1940 aprobó el Reglamento de trabajo docente de dicha Facultad, y en ese mismo mes y año, el 23 de enero inició sus labores académicas; el edificio de la Facultad de Filosofía fue designado con el nombre del insigne humanista don Pedro Henríquez Ureña por medio de la Ley Núm. 1186 de fecha 23 de mayo de 1946.
Mediante la Ley Núm. 4864 del 26 de febrero de 1958 se establecen los cursos preparatorios en todas las facultades de carácter profesional de la Universidad, y, el Articulo 2 de la citada Ley la denomina Facultad de Filosofía, Ciencias y Educación, aunque el 2 de octubre del mismo año la Ley 5006 la nombra Facultad de Filosofía y Educación, dándole autoridad legal para expedir títulos de grado de Licenciado y Doctor en Educación y en Filosofía en las distintas secciones que establezca el Consejo Universitario.
La Ley de Organización Universitaria Núm. 5130 del 13 de mayo de 1959 le mantuvo el nombre de Facultad de Filosofía y Educación, con las siguientes Escuelas adscritas a la misma: a) Escuela de Periodismo; b) Escuela de Idiomas; c) Escuela de Servicio Social; d) Escuela de Bibliotecarios Archivistas; consignando dicha Ley que la Escuela de Filosofía podía otorgar los siguientes títulos: a) Licenciado en Filosofía; b) Doctor en Filosofía; c) Licenciado en Ciencias de la Educación.
Mediante la Ordenanza 12-59 del 17 de julio de 1959 fue aprobado el reglamento que regula el funcionamiento docente en la Facultad de Filosofía y Educación, disponiendo esta ordenanza en su artículo 11 lo relativo al plan de estudios.
Por medio de la Ley 5130 que modificó la Ley 5364 del 1 de junio de 1960, se dispuso establecer una prueba de nivel a los estudiantes de la Facultad.
Asimismo la Ley 5415 del año 1960 modificó la estructura de la Facultad de Filosofía y Educación, en lo concerniente a las Escuelas, siendo eliminadas por inoperantes las Escuelas de Bibliotecarios y Archivistas, y la de Servicio Social.
El Estatuto Orgánico de la Universidad de 1962 se mantuvo el nombre de Facultad de Filosofía y Educación con las siguientes Escuelas: a) Periodismo; b) Idiomas; c) Bibliotecarios y Archivistas.
En el mismo Estatuto se estipula que la Facultad de Filosofía y Educación otorgaría los siguientes títulos:
-Licenciado en Filosofía, en las secciones establecidas por el Consejo Universitario
-Doctor en Filosofía
-Licenciado en Ciencias de la educación, en las secciones establecidas por el Consejo Universitario
-Doctor en Ciencias de la Educación
A partir de 1962 el Honorable Consejo Universitario dispuso importantes cambios en la Facultad de Filosofía y Educación: a) Se creó el Instituto de Investigaciones Históricas por medio de la resolución de fecha 3 de abril de 1962; b) Se creó la Dirección de la Escuela de Sociología en fecha 20 de julio de 1962; c) Se denomina la Escuela de Periodismo con el nombre de Ciencias de la Información Publica (Resolución 64-228).
Una vez se produce el armisticio que pone fin a las hostilidades propias de la guerra civil que se inició el 24 de abril de 1965 con la firma del Acto Institucional del 11 de septiembre del mismo año, en fecha 16 de septiembre de 1965 se produjo una amplia reunión de la familia universitaria constituidos en Asamblea, iniciándose el Movimiento Renovador Universitario que designa como Rector al Ing. Andrés María Aybar Nicolás (1965-66), logrando sus integrantes que el gobierno provisional del doctor Héctor García Godoy lo reconociera, aprobándose su Estatuto Orgánico en fecha 28 de mayo de 1966 siendo Rector el doctor Julio César Castaños Espaillat, y Tirso Mejía Ricart el Secretario General.
El Estatuto Orgánico en su Art. 9 consagra la Facultad de Humanidades, y las demás facultades. La antigua Facultad de Filosofía y Educación fue renombrada. Por medio de la Resolución Núm. 66-227 el Consejo Universitario dispuso la siguiente estructura para la Facultad de Humanidades: a) Escuela de Filosofía; b) Escuela de Pedagogía; c) Escuela de Idiomas; d) Escuela de Ciencias de la Información.
La Resolución 66-551 de fecha 3 de noviembre de 1966 transfirió la Escuela de Sociología a la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, entregando el local que ocupaba esta Escuela a la Facultad de Humanidades; por medio de la Resolución 68-349 de fecha 11 de noviembre de 1968 el Consejo Universitario dispuso el traspaso provisional del Departamento de Sociología a la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales.
La Resolución 67-243 suprimió las escuelas existentes y creó los Departamentos de Filosofía, Pedagogía, Psicología, Historia y Letras.
Mediante la Resolución 1 del Consejo Técnico de la Facultad de Humanidades de fecha 8 de enero de 1968 se recomendó a la Asamblea de la Facultad la creación de los Departamentos de Lenguas Romances y Lenguas Anglosajonas.
La Facultad de Humanidades fue dotada de una estructura departamental (Escuelas) por disposición contenida en la Resolución Núm. 68-349 de fecha 11 de noviembre de 1968 del Honorable Consejo Universitario, la cual creó el siguiente organigrama académico:
1) Escuela de Idiomas
a) Sección de Lenguas Romances
b) Sección de Lenguas Anglosajonas
2) Departamento de Letras
3) Departamento de Filosofía
4) Departamento de Pedagogía
5) Departamento de Historia
6) Departamento de Psicología
7) Escuela de Ciencias de la Información Pública
8) Liceo Experimental
El Liceo Experimental o Liceo de Practicas Pedagógicas fue creado por la Resolución del Honorable Consejo Universitario de fecha 67-348, y la Resolución 68-94 de mismo Consejo lo denomina con el nombre de Altagracia Amelia Ricart Calventi.
El Gobierno de la Facultad
Se trata de una estructura horizontal ampliamente democrática que se halla compuesta de varias instancias de poder colegiado integrado por los siguientes organismos:
1) La Asamblea de la Facultad, que se halla integrada por todos los profesores en servicio activo, y una representación de los empleados y estudiantes, la preside el Decano(a), y el Vicedecano (a) hace las veces de Secretario.
2) El Consejo Directivo de la Facultad, compuesto por el Decano(a), el Vicedecano (a), los directores de Escuelas e institutos, un delegado de los Organismos Académicos comunes, tres profesores, la representación estudiantil, y los profesores meritísimos de la Facultad.
3) La Asamblea de los Departamentos, integrada por el Director, el personal docente e investigador y sus auxiliares, y la delegación estudiantil.
4) El Sub-consejo Técnico o Directivo de las Escuelas, integrado por los Coordinadores de las cátedras adscritas a cada Escuela, dos delegados profesorales, el director del Instituto de investigación afín a la Escuela, y la representación estudiantil.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
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Castillo Domínguez, Luciano. Cronología y bibliografía de la Real y Pontificia Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1942-2000, I, (1492-1961), Santo Domingo, 2003 (Informe de investigación inédito).
Gómez Sánchez de Michel, Fiume. Desarrollo histórico de la Facultad de Humanidades, O.N.E., Santo Domingo, 1994.
Harrison, John B., et al. Estudio de las civilizaciones occidentales, Vol. I, McGraw Hill, México, 1991, 7a.Ed.
Hernández Flores, Ismael. Dr. Ramón Báez, 1914. Las Extraordinarias medidas de un mandatario de excepción, Editora Búho, Santo Domingo, 2001.
Rodríguez Demorizi, Emilio. Proyecto de reinstalación de la Universidad en 1843, Anales de la Universidad de Santo Domingo, abril-junio de 1940, Ciudad Trujillo, 1940, p. 175-179.
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Santos Hernández, Roberto. La educación desde el Antiguo Oriente al Plan Decenal en la República Dominicana, Alfa & Omega, Santo Domingo, 1993.
Lebrón Saviñón, Mariano. Historia de la Cultura Dominicana, Tomo I, Editora Taller, Santo Domingo, 1994.
Mejía Ricart, Tirso. Historia de la Universidad Dominicana, Editora UASD, Santo Domingo, 1999.
Ortega Frier, Julio. Bases para el restablecimiento de la Facultad de Filosofía en la Universidad de Santo Domingo, Anales de la Universidad de Santo Domingo, abril-julio de 1939, Ciudad Trujillo, 1939, p. 251-286.
ANEXOS: DECANOS, ESCUDO, PROFESORES MERITISIMOS Y HONORARIOS, DE LA FACULTAD DE HUMANIDADES
Los Decanos de la Facultad de Filosofía (hoy Humanidades), a partir de 1939 fueron:
Don Pedro Troncoso Sánchez (1939-41)
Lic. Manuel A. Amiama (1942-44)
Don Pedro Troncoso Sánchez (1944-48)
Doctor Fabio A. Mota Medrano (1949-59)
Doctor Salvador A. Iglesias Baehr (1959-60)
Doctor Armando Cordero (1960-61)
Doctor Juan Francisco Sánchez y Sánchez (1962)
Doctor Próspero Mella Chavier (1962-64)
Doctor Antonio Paredes Mena (1864-1965)
Las autoridades de la Facultad a partir de 1966 fueron:
PERIODO
DECANOS
VICEDECANOS
1966-1968
Dr. Andrés Avelino García Ramón
Dr. Freddy Gatón Arce
1968-70
Dr. Andrés Avelino García Ramón
Dra. Ivelisse Prats Ramírez de Pérez
1970-72
Dra. Ivelisse Prats Ramírez de Pérez
Dr. Abelardo Vicioso
1972-74
Dr. Abelardo Vicioso
Dr. Bienvenido Díaz Castillo
1974-76
Dr. Abelardo Vicioso
Dr. Bienvenido Díaz Castillo
1976-78
Dr. Virgilio Bello Rosa
Lic. Facundo Acosta
1978-81
Dr. Virgilio Bello Rosa
Lic. Elpidio Ramírez
1981-84
Dr. Antonio Lockward Artiles
Lic. Norberto Soto; C. Salcé
1984-87
Dr. Antonio Lockward Artiles
Lic. Héctor Martínez
1987-90
Dr. Luciano Castillo
Lic. Ana D. Guzmán de Camacho
1990-93
Lic. Ana D. Guzmán de Camacho
Lic. Nora Nivar de Fernández
1993-96
Lic. Ana D. Guzmán de Camacho
Lic. Nora Nivar de Fernández
1996-99
Dr. Iván Grullón Fernández
Lic. Carmen Evaristo Matías
1999-2002
Dr. Iván Grullón Fernández
Lic. Carmen Evaristo Matías
2002-2005
Lic. Carmen Evarista Matías
Lic. Félix Gómez
2005-2008
Dr. Rafael Guillermo Díaz Pérez
Lic. José Guerrero Sánchez
El escudo
Es un escudo orlado y dividido en su interior "per fesse" en dos partes. La superior esta subdividida "per pale" en dos cuarteles, el de la izquierda con la letra "H", con extremos superiores recortados de modo que sean equidistantes de la orla; el cuartel superior derecho con color morado obispo, letra inicial y color tradicional de la Facultad. En la parte inferior, al centro un busto sin brazos y una pluma sobre un libro abierto, símbolo de las artes y las letras. La orla tiene una leyenda que ocupa algo más que la parte superior y que dice: FACULTAD DE HUMANIDADES DE LA UASD.
Profesores meritísimos
Pedro Henríquez Ureña, Max Henríquez Ureña, Monseñor Roque Adames Rodríguez, Máximo Aviles Blonda, Andrés Avelino García Ramón, Alberto Malagón, Pedro Mir, José Aníbal Sánchez Fernández Brea, Rafael Carmelo Darío Solano, Hugo Tolentino Dipp, Emilio Cordero Michel, Tirso Mejía Ricart, Roberto Cassá Logroño, Pedro Conde Sturla, Ligia Amada Melo de Cardona,
Profesores honorarios
José Enrique Adoum, Olga Alvart Azar, Vicenta Beltrán de Hernández, Juan Bosch, Michael Camilo, Manuel del Cabral, Ernesto Cardenal, Suzy Castor, Francisco Casasnovas, Fausto Cepeda, Juan Cuevas, José María Cruxent, Virgilio Díaz Grullón, Henry Ely, José Ferrer Canales, Juan Luis Guerra, Germán de Gunda, Ivonne Aza, Arístides Inchaústegui, Julio Jaime Julia, Jirí Kubka, Eusebio Leal Spengler, Frank Lendor, Gladys Pérez, Frange Teresita Pérez, Carlos Piantini, Gerald Pierre Charles, Sor Agüeda Ma. Rodríguez, Rafael M. Salas, Rafael Sánchez Cesteros, Marianela Sánchez, Leopoldo Zea.
[1] J. B. Harrison et al: Estudio de las civilizaciones occidentales, Vol. I, 1991, P. 281.
[2] Ver: Calder, Bruce: El impacto de la intervención, 1989.
[3] Sánchez: 1955, P. 112.
[4] Ibídem., P. 113.
Francisco Berroa Ubiera
El autor ha publicado libros, y artículos sobre temas históricos en revistas nacionales y extranjeras; actualmente es Director del Instituto de Historia, profesor Adjunto de la Cátedra de Historia Dominicana, y profesor de Historia de América en la Escuela de Historia y Antropología de la Facultad de Humanidades de la UASD; es Licenciado en Educación mención Ciencias Sociales (1980), con Postgrado de especialización en Ciencias Sociales, Mención Estudios Sociales Dominicanos (1981), en la UASD; Licenciado en Derecho (Universidad Católica Nordestana –UCNE-, 1986), y estudios de Maestría Internacional en Estudios de las Antillas Mayores (UASD-Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe -C.E.A.-, 1996). E-mail: francisco.berroa@gmail.com.
Partiendo de la génesis de las universidades y del inicio de los estudios humanísticos en Europa, el Autor explica cómo nace la universidad en la colonia de La Española en el siglo XVI, destacando sus funciones y su estructuración en facultades y cátedras, y explicando cómo se produce el desarrollo y evolución de la Facultad de Humanidades hasta el pasado reciente.
Introducción
La sociedad castellana del siglo XVI exportó a las Indias occidentales el proceso violento de la conquista y la colonización, acompañado naturalmente de una transformación sistemática de los valores del espíritu vía la aculturación, cuyo legado forma parte integrante del mundo novo-hispano.
La religión católica, el idioma castellano, las costumbres, las tradiciones y leyendas, ciertos hábitos alimenticios, las prácticas culturales, los elementos del folclor insular y continental, etc., son algunos de los elementos heredados de la tradición cultural hispánica, pero ninguno de ellos tan significativo como las universidades que aún sirven de sostén cultural y científico de nuestras accidentadas sociedades y culturas.
Las academias han sido verdaderas matrices para articular coherentemente la enseñanza de las ciencias y de las tecnologías, del arte y de la cultura.
Las humanidades, despreciadas por unos, o consideradas ciencias del espíritu o simples conocimientos literarios por otros, históricamente han desempeñado un importante papel en todas las sociedades en transito hacia el pleno desarrollo económico y social.
Una sociedad de hombres iletrados, insensibles a la magia del arte, ignorantes de la cultura, pero sobre todo, de sus bienes materiales y espirituales, está claro que no se puede conectar con la ciencia y con las tecnologías, porque sin la capacidad para descodificar los secretos de los signos no se puede lograr ni la inteligencia ni el progreso.
Por todas estas razones hemos historiado la evolución de la Facultad de Humanidades, piedra angular del sistema educativo nacional y promotora cultural de primer orden, en tanto es la principal forjadora de pedagogos, filósofos, comunicadores sociales, traductores y poliglotas, historiadores, psicólogos, y letrados.
Las universidades en la vieja Europa
Durante la Alta Edad Media, específicamente a fines del siglo XII, con el fortalecimiento de las economías urbanas cifradas por el fomento de la economía mercantil y el auge comercial, fue posible que se operaran importantes cambios en la supraestructura de varios países europeos.
Nuevas instituciones se organizaron al margen de los estrechos marcos del feudo, y con la revolución comercial las fronteras se fueron estirando, y surgieron nuevas necesidades de aprendizaje en todo el Viejo Mundo que no eran satisfechas por las escuelas monásticas, ni por los centros de estudios adscritos a las catedrales, y a las organizaciones municipales, debido a que los estudios carecían de continuidad y de liberalidad curricular en tanto eran impartidos por un solo profesor.
Estas fueron las razones objetivas y subjetivas que dieron lugar a la formación de las universidades, siendo las primeras las de Bolonia y la de París, organizadas hacia el 1200.
La palabra Universidad viene del latín “universitas” que significa gremio, y originalmente se le consideró como una comunidad de profesores y estudiantes comprometidos con un esfuerzo colectivo por expandir, organizar y transmitir conocimiento y destrezas intelectuales. Se sabe que “las primeras universidades fueron comunidades de gente, no tanto entidades físicas. La mayoría de las clases se dictaban en edificios alquilados.”[1]
El inicio de los estudios humanísticos
Los estudios humanísticos comenzaron cuando los profesores de artes episcopales decidieron romper con el obispado de París, dando nacimiento a la Facultad de Artes, la cual operó con el reconocimiento legal del Rey de Francia o del Consejo Municipal.
Los estudios universitarios se iniciaban con los estudios de Artes con una duración de cuatro años, y al ser concluidos el estudiante se graduaba de “Bachiller en Artes”; un año o dos adicionales le permitían obtener el grado de “Maestría en Artes”, y el Doctorado se podía extender entre los 10 a los 13 años de estudios especiales. El método de enseñanza estaba basado en el estudio de textos autoritarios.
La Sorbona de París, por ejemplo, fue uno de los primeros colegios universitarios (College) fundado en la capital de Francia, y su nombre proviene del filántropo francés Robert de Sorbon, quien sostenía los gastos de algunos de los estudiantes alojados en su recinto.
Antecedentes de los estudios universitarios en Santo Domingo
La Isla que parcialmente ocupamos fue explorada por Cristóbal Colón a partir del 5 de diciembre de 1492, y luego conquistada y colonizada por Castilla a partir del Segundo Viaje del Almirante genovés a fines de 1493, y a principios de 1494.
Durante el proceso de colonización, los hispanos lograron imponernos sus formas culturales, su lengua, su religión, sus costumbres y hasta sus hábitos alimenticios.
En el proceso de aculturación a que fueron sometidos los nativos insulares, y luego los mestizos y criollos, la educación institucional desempeñó un importante papel, y en tal sentido, se sabe que el primer centro de estudios fundado en este territorio de “La Española” fue el colegio inaugurado por los padres franciscanos en el convento de esta congregación en el año de 1502 con sede en Santo Domingo, la capital colonial, tras la llegada de sus primeros predicadores conjuntamente con los 2,500 nuevos colonizadores que arribaron a nuestras costas con el Gobernador de Indias Frey Nicolás de Ovando en ese mismo año.
Posteriormente, cuando se produjo la llegada de los padres dominicanos o dominicos en el año de 1510 sus predicadores: Fray Pedro de Córdoba, Fray Antón de Montesinos, Fray Bernardo de Santo Domingo, y otros religiosos, incluyendo posteriormente al padre Fray Bartolomé de Las Casas, consideraron oportuna la fundación de un nuevo colegio, convirtiéndolo 28 años después en la “Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino”.
Asimismo, la Real Cédula de fecha 24 de febrero de 1513 dispuso enseñar gramática y ciencias a los hijos de los caciques de “La Española” a cargo del Bachiller Hernán Suárez.
Otro centro de estudios quedó inaugurado en el año de 1529, fundado por el Obispo, Gobernador y Presidente de la Real Audiencia don Sebastián Ramírez y Fuenleal, quien llegó a la Isla en 1529 aunque había sido designado en esas elevadas funciones desde 1527.
El nuevo obispo solicitó a los reyes la donación de un edificio o una casa para fundar un colegio lo cual fue autorizado por el rey Carlos I de España, y, V de Alemania, por medio de la Real Cédula de fecha 22 de diciembre de 1529.
Aunque don Sebastián Ramírez de Fuenleal fue reasignado presidente de la flamante Audiencia de La Nueva España (México) en 1532, no dejó el obispado de Santo Domingo ni descuidó sus desvelos por la educación en la Isla; inclusive, el encomendero azuano don Hernando de Gorjón le hizo el legado de todos sus bienes a su colegio para mejorar sus programas educativos en 1537.
Por esta razón el “Colegio de Fuenleal” se convirtió en un Colegio de Estudios Generales autorizado por la Real Cédula de fecha 19 de diciembre de 1550, es decir, el “Colegio de Gorjón”, el cual evoluciona hasta convertirse en la “Universidad de Santiago de la Paz” autorizada por la real Cédula de fecha 23 de febrero de 1558, y manteniéndose abierta hasta 1583, deviniendo luego en el “Seminario Conciliar de San Fernando” desde 1603, subordinado a la “Universidad de Santo Tomás de Aquino” con sede en Santo Domingo.
La fundación de la Universidad
Resulta importante advertir que un año después de la fundación del “Colegio de Fuenleal”, el Papa italiano Alessandro Farnese o Paolo III por medio de la Bula "In apostolatus culmine" autorizó la conversión del Colegio de Estudio General de Arte y Filosofía de los padres dominicos en la “Universidad Pontificia Santo Tomás de Aquino” con las prerrogativas de las universidades hispánicas de Alcalá de Henares y de Salamanca.
Durante cierto tiempo hubo un intento para desconocer la antigüedad de la primera universidad pontificia fundada en el Nuevo Mundo, porque la bula de su erección fue destruida por Sir Francis Drake durante su ataque a la ciudad de Santo Domingo a partir de la noche del 11 de enero de 1586, aunque según cuenta fray Diego de La Maza, Prior del Convento, en un Memorial: capítulo IV, 16, Madrid, 1693, estos intentos quedaron eliminados a consecuencia de que la copia de la bula de erección fue hallada posteriormente.
Incluso, don Vicente Beltrán de Heredia en su obra "La autenticidad de la bula In apostolatus culmine" aclara el asunto citando que:
"En el volumen primero de los cuatro perpetuarum que corresponden a dicho Pontificado, folio 14, se contenía, según el tomo 369, folio 65, índices formados en el siglo XVII, una bula que las RUBRICELLE enuncian con las siguientes palabras, indicando el destino de la concesión, los solicitantes y el objeto de la concesión misma:
“Dominici in ínsula maris Oceani Sea Nullius -Magister provinciales provincial Sanatae crucis ordinis praedicarum, ac prior el frates domus sanctis Dominici civitatis Sancti Dominici-Erectio Universitatis studi generalis in dicta civitate ad instar universitatis oppidi de Alcalá de Henares, Toletan. Doódesis".
Más tarde, sin embargo, el Rey Fernando VI dispuso por medio de una Real Cédula de 1747 reconocer las universidades de “Santo Tomás de Aquino”, administrada por los dominicos, y la jesuita de “Santiago de la Paz”, aunque esta última institución desaparece cuando el rey Carlos III expulsa a los jesuitas de España en 1767, reapareciendo como el Seminario Conciliar de San Fernando en 1792.
Primeras facultades y cátedras
Facultas en latín es el término empleado durante el medioevo para traducir la voz griega con que Aristóteles designaba los grupos de ciencias o de conocimientos afines, y actualmente, desde que nacieron las universidades, se le ha dado el mismo significado. En la universidad medieval la Facultad de Humanidades era llamada Facultad de Artes, en contraposición a las Facultades prácticas o profesionales, las cuales incluían las de Teología, Derecho y Medicina.
La Universidad Pontificia contó desde su fundación de cuatro facultades: a) Teología; b) Derecho; c) Medicina; y d) Artes, la cual incluía el Trivium (gramática, retórica y lógica), y el Cuadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía). Por lo regular las cátedras se impartían en latín, y tanto el Rector como los profesores fueron eclesiásticos, aunque a partir del siglo XVIII se incluían rectores seglares.
Entre sus catedráticos se distinguieron los criollos: Diego Ramírez, Cristóbal de Llerena, Francisco Tostado de la Peña, Diego de Alvarado y Luis Jerónimo Alcocer, entre otros distinguidos académicos de aquellos lejanos años.
Su sello reza: “Academia † Santo Tomae † Aquinatis † Imperialis † Conventis † Sancti Dominici † Insulae Hispaniola.”
La Facultad de Artes -que es lo mismo que decir la de Humanidades- nació por lo tanto con la Universidad Santo Tomás de Aquino. Los estudios de Arte eran equivalentes a los estudios de Filosofía pura, es decir, enseñanza teorética.
Los primeros Estatutos de la Universidad de Santo Tomás de Aquino con sede en Santo Domingo fueron aprobados en fecha 6 de diciembre de 1751, siendo su Rector el señor Candelario, éste tenía un total de 15 títulos, y disponía que las fuentes del estudio de la retórica, de la gramática y de la filosofía eran las obras de Quintiliano, Nebrija y Aristóteles, respectivamente. Los Estatutos establecían además que el licenciado en Artes "debía picar en Aristóteles".
Los Estatutos los aprobó la Real Audiencia de Santo Domingo en fecha 8 de julio de 1752, y finalmente el 23 de junio de 1753, quedando el Rector facultado para conceder grados gratuitos a los estudiantes menesterosos, lo cual nos hace pensar que desde sus orígenes la Universidad brindó ciertas facilidades a los menos afortunados, tal cual lo hace actualmente.
Una vez se produce la firma del Tratado de Basilea el 26 de julio de 1795 se inician los aprestos para el cierre de la Universidad. Esta institución contaba al iniciarse la dominación francesa con un cuerpo profesoral de 50 doctores y de 200 estudiantes, aunque fue luego clausurada, reapareciendo en el año de 1815 con el militar y educador coronel don José Núñez de Cáceres como Rector, sustituido luego por el doctor Bernardo Correa y Cidrón.
Cuando se inició la Ocupación Haitiana en 9 de febrero de 1822 la Universidad fue cerrada. En 23 de diciembre de 1843 el diputado de Puerto Plata don Federico Peralta introdujo un proyecto al Congreso de Haití para su restablecimiento pero su moción fue “Reenviada a la próxima legislatura”, la cual no se produjo al producirse en febrero de 1844 la proclamación de la independencia nacional, reapareciendo la educación superior cuando en 1848 se organiza el “Seminario Tridentino”.
Por lo tanto, desde 1848 hasta la segunda mitad del siglo XIX la Universidad funcionó con el nombre de “Seminario Conciliar Santo Tomás” incluyendo en sus planes de estudios (pensa) clases de filosofía y de lengua latina desde 1870. Además, la Facultad de Humanidades impartía clases de retórica, de teología dogmática, y de moral.
En fecha 20 de octubre de 1852 un decreto del presidente Buenaventura Báez creó dos colegios dedicados a los estudios superiores, manteniéndose el seminario con dos cátedras: Una de teología y otra de derecho canónigo.
Por su parte, los colegios se encargarían de enseñar: idiomas vivos (francés, inglés, y alemán), dibujo lineal, teneduría de libros, aritmética razonada, agricultura y horticultura, veterinaria, química aplicada, literatura, ciencias filosóficas, ciencias políticas, ciencias médicas y náutica.
De acuerdo con el artículo 5 del citado decreto la literatura se impartiría en cursos bianuales de retórica, métrica, bellas letras, literatura o critica del lenguaje e historia antigua y moderna; el Articulo 6 señalaba que los cursos de filosofía se impartirían en dos clases: Una de lógica, ideología, metafísica, ética, física, geografía y cronología, y, otra clase incluía estudios de matemáticas puras, trigonometría, agrimensura y cosmografía.
En junio de 1859 un Decreto ley crea la universidad con cuatro facultades: a) Filosofía, b) Jurisprudencia, c) Ciencias médicas; y d) Sagradas letras.
El presidente José María Cabral, corriendo el año de 1866, creó el “Instituto Profesional” para estudiar: matemáticas, filosofía, jurisprudencia, medicina y sagradas letras.
Otro decreto de 1879 crea la "Ilustre Universidad Literaria"; asimismo, el “Instituto Profesional” fue impulsado en el gobierno del prelado político Fernando Arturo de Meriño (1880-1882), quien amplió sus planes de estudios (Pensa).
También, en 1914 el doctor Ramón Báez refundió la “Universidad Real y Pontificia de Santo Tomas de Aquino” mediante un decreto que convierte el “Instituto Profesional” en “Universidad de Santo Domingo (U.S.D.)”, con las siguientes facultades: 1. Derecho y Ciencias Políticas; 2. Medicina y Ciencias Naturales; 3. Farmacia y Ciencias Químicas; 4. Filosofía y Letras; 5. Ciencias Físicas y Matemáticas; 6. Odontología.
En 1915 fue asimismo creada una universidad en Santiago con cuatro facultades y dos escuelas con el nombre de “Instituto Profesional de Santiago de los Caballeros.”
La Facultad de Humanidades durante la ocupación militar norteamericana
Cuando se produjo la ocupación militar de los Estados Unidos por medio de su cuerpo de Infantería de Marina se procedió a controlar la educación institucional.
En 1916 la situación de la educación dominicana era caótica, y la población del país, unos 750,000 habitantes, incluía un 90% de analfabetas; la población en edad escolar era de 200,000, pero sólo asistían a la escuela el 40% de los inscritos, unos 16,000 escolares.
De acuerdo con la información disponible proveniente del doctor Julio Ortega Frier, Superintendente de Educación al servicio de los marines, en 1920 se contaban solamente 100,000 escolares inscritos, y asistía a los planteles un 85%. Las escuelas rurales ascendían a 647, y las urbanas primarias eran 194 en 1920 -habían 30 escuelas rurales en 1916-; los edificios escolares en zonas urbanas eran 150 ese mismo año.
En cuanto a los estudios superiores desde 1916 hasta 1924, sabemos que el gobernador militar H. Knapp ordenó el cierre de la universidad de Santiago en octubre de 1917, también prohibió los estudios humanísticos en la Universidad de Santo Domingo, que volvió a ser “Instituto Profesional”, al ser clausurada la Facultad de Filosofía y Letras por medio de la Orden Ejecutiva Núm. 145 votada por el gobierno en fecha 5 de abril de 1917.[2]
De acuerdo con el censo de población de 1920 los profesionales en todo el territorio nacional aran 638.
Los ocupantes también procedieron a modificar el reglamento de exámenes para incluir las revalidaciones, la reducción de pago de derechos, y surge la categoría de los profesionales conocidos como "los autorizados", es decir, personas autorizadas para ejercer sus profesiones sobre la base de que tenían experiencia empírica en la profesión.
La Era de Trujillo y los estudios superiores
Sin embargo, posteriormente se restauró la enseñanza expositiva de las cátedras magistrales, el sistema de estudiantes libres y a los "autorizados" se les dio un plazo de 10 años para obtener sus diplomas.
La Facultad de Filosofía fue restablecida por medio de la Ley General de Estudios de fecha 5 de diciembre de 1932.
Una nueva Ley de Organización Universitaria fue dada en fecha 21 de octubre de 1937, la cual puso fin a los "estudiantes libres", reconociendo solamente los estudios oficiales; dicha ley dispone de un régimen de vacaciones, y procura la metodización de los estudios y de la docencia universitaria; asimismo, prohibió los cursos simultáneos, y crea las siguientes facultades: a) Derecho con estudios de Notariado, Hacienda Pública y Economía; b) Medicina, con estudios de Obstetricia, Enfermería, Higiene y sanidad; c) Farmacia, con estudios de Química azucarera; d) Filosofía, Letras e Historia, es decir, los estudios humanísticos.
Para la Facultad de Filosofía la Ley de 1937 establecía un mínimo de 13 materias, que podían ser desdobladas en un número mayor de asignaturas: 1) Historia de la Filosofía; 2) Historia Moderna Universal; 3) Historia de América; 4) Historia de la Literatura Española; 5) Historia de la literatura extranjera; 6) Literatura; 7) Literatura Griega; 8) Psicología; 9) Filología; 10) Introducción a la Filosofía; 11) Sociología; 12) Filosofía Moral; 13) Literatura Latina.
Posteriormente, en 1939, se reorganizó la Facultad y los estudios de filosofía se extendieron un mínimo de 133 asignaturas. Otra importante reforma se produce con la puesta en vigor de la Ley Núm. 177 de fecha 14 de noviembre de 1939, con la cual se reorganiza la Facultad de Filosofía, Letras e Historia denominándola Facultad de Filosofía, con el propósito de: "Realizar la misión de la Universidad, que no es otra que contribuir al auge y difusión de la cultura humana mediante el fomento y enseñanza de los principios y fundamentos esenciales de las disciplinas del espíritu, en su grado más elevado, es decir, en lo teorético, en lo puro".[3]
Agregando a lo anterior lo siguiente: "El conocimiento teorético, el puro, es el primer paso indispensable y fundamental, para la ulterior acción, si es que esta debe ser racional. Sin él no hay método ni técnica, ni ciencia ni inteligencia de la vida y de las cosas."[4]
Además fueron consignadas como funciones de la Facultad de Filosofía otorgar los títulos de Licenciado y Doctor en Filosofía.
Los estudios de filosofía podían ser cursados por personas que no fuesen bachilleres siempre y cuando fuesen mayores de 25 años, previo examen de admisión. Muchos diplomáticos extranjeros se matricularon en la facultad de filosofía, lo cual es una muestra de su crédito académico.
El enciclopedismo fue un elemento característico en el cuadro de materias correspondiente al periodo del año lectivo 1939-1940, que se ofreció durante varios años aunque luego fue modificado. El plan de estudios también fue reformado en el año 1954.
La Ordenanza del Consejo Universitario Número 3-40 del 11 de enero de 1940 aprobó el Reglamento de trabajo docente de dicha Facultad, y en ese mismo mes y año, el 23 de enero inició sus labores académicas; el edificio de la Facultad de Filosofía fue designado con el nombre del insigne humanista don Pedro Henríquez Ureña por medio de la Ley Núm. 1186 de fecha 23 de mayo de 1946.
Mediante la Ley Núm. 4864 del 26 de febrero de 1958 se establecen los cursos preparatorios en todas las facultades de carácter profesional de la Universidad, y, el Articulo 2 de la citada Ley la denomina Facultad de Filosofía, Ciencias y Educación, aunque el 2 de octubre del mismo año la Ley 5006 la nombra Facultad de Filosofía y Educación, dándole autoridad legal para expedir títulos de grado de Licenciado y Doctor en Educación y en Filosofía en las distintas secciones que establezca el Consejo Universitario.
La Ley de Organización Universitaria Núm. 5130 del 13 de mayo de 1959 le mantuvo el nombre de Facultad de Filosofía y Educación, con las siguientes Escuelas adscritas a la misma: a) Escuela de Periodismo; b) Escuela de Idiomas; c) Escuela de Servicio Social; d) Escuela de Bibliotecarios Archivistas; consignando dicha Ley que la Escuela de Filosofía podía otorgar los siguientes títulos: a) Licenciado en Filosofía; b) Doctor en Filosofía; c) Licenciado en Ciencias de la Educación.
Mediante la Ordenanza 12-59 del 17 de julio de 1959 fue aprobado el reglamento que regula el funcionamiento docente en la Facultad de Filosofía y Educación, disponiendo esta ordenanza en su artículo 11 lo relativo al plan de estudios.
Por medio de la Ley 5130 que modificó la Ley 5364 del 1 de junio de 1960, se dispuso establecer una prueba de nivel a los estudiantes de la Facultad.
Asimismo la Ley 5415 del año 1960 modificó la estructura de la Facultad de Filosofía y Educación, en lo concerniente a las Escuelas, siendo eliminadas por inoperantes las Escuelas de Bibliotecarios y Archivistas, y la de Servicio Social.
El Estatuto Orgánico de la Universidad de 1962 se mantuvo el nombre de Facultad de Filosofía y Educación con las siguientes Escuelas: a) Periodismo; b) Idiomas; c) Bibliotecarios y Archivistas.
En el mismo Estatuto se estipula que la Facultad de Filosofía y Educación otorgaría los siguientes títulos:
-Licenciado en Filosofía, en las secciones establecidas por el Consejo Universitario
-Doctor en Filosofía
-Licenciado en Ciencias de la educación, en las secciones establecidas por el Consejo Universitario
-Doctor en Ciencias de la Educación
A partir de 1962 el Honorable Consejo Universitario dispuso importantes cambios en la Facultad de Filosofía y Educación: a) Se creó el Instituto de Investigaciones Históricas por medio de la resolución de fecha 3 de abril de 1962; b) Se creó la Dirección de la Escuela de Sociología en fecha 20 de julio de 1962; c) Se denomina la Escuela de Periodismo con el nombre de Ciencias de la Información Publica (Resolución 64-228).
Una vez se produce el armisticio que pone fin a las hostilidades propias de la guerra civil que se inició el 24 de abril de 1965 con la firma del Acto Institucional del 11 de septiembre del mismo año, en fecha 16 de septiembre de 1965 se produjo una amplia reunión de la familia universitaria constituidos en Asamblea, iniciándose el Movimiento Renovador Universitario que designa como Rector al Ing. Andrés María Aybar Nicolás (1965-66), logrando sus integrantes que el gobierno provisional del doctor Héctor García Godoy lo reconociera, aprobándose su Estatuto Orgánico en fecha 28 de mayo de 1966 siendo Rector el doctor Julio César Castaños Espaillat, y Tirso Mejía Ricart el Secretario General.
El Estatuto Orgánico en su Art. 9 consagra la Facultad de Humanidades, y las demás facultades. La antigua Facultad de Filosofía y Educación fue renombrada. Por medio de la Resolución Núm. 66-227 el Consejo Universitario dispuso la siguiente estructura para la Facultad de Humanidades: a) Escuela de Filosofía; b) Escuela de Pedagogía; c) Escuela de Idiomas; d) Escuela de Ciencias de la Información.
La Resolución 66-551 de fecha 3 de noviembre de 1966 transfirió la Escuela de Sociología a la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, entregando el local que ocupaba esta Escuela a la Facultad de Humanidades; por medio de la Resolución 68-349 de fecha 11 de noviembre de 1968 el Consejo Universitario dispuso el traspaso provisional del Departamento de Sociología a la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales.
La Resolución 67-243 suprimió las escuelas existentes y creó los Departamentos de Filosofía, Pedagogía, Psicología, Historia y Letras.
Mediante la Resolución 1 del Consejo Técnico de la Facultad de Humanidades de fecha 8 de enero de 1968 se recomendó a la Asamblea de la Facultad la creación de los Departamentos de Lenguas Romances y Lenguas Anglosajonas.
La Facultad de Humanidades fue dotada de una estructura departamental (Escuelas) por disposición contenida en la Resolución Núm. 68-349 de fecha 11 de noviembre de 1968 del Honorable Consejo Universitario, la cual creó el siguiente organigrama académico:
1) Escuela de Idiomas
a) Sección de Lenguas Romances
b) Sección de Lenguas Anglosajonas
2) Departamento de Letras
3) Departamento de Filosofía
4) Departamento de Pedagogía
5) Departamento de Historia
6) Departamento de Psicología
7) Escuela de Ciencias de la Información Pública
8) Liceo Experimental
El Liceo Experimental o Liceo de Practicas Pedagógicas fue creado por la Resolución del Honorable Consejo Universitario de fecha 67-348, y la Resolución 68-94 de mismo Consejo lo denomina con el nombre de Altagracia Amelia Ricart Calventi.
El Gobierno de la Facultad
Se trata de una estructura horizontal ampliamente democrática que se halla compuesta de varias instancias de poder colegiado integrado por los siguientes organismos:
1) La Asamblea de la Facultad, que se halla integrada por todos los profesores en servicio activo, y una representación de los empleados y estudiantes, la preside el Decano(a), y el Vicedecano (a) hace las veces de Secretario.
2) El Consejo Directivo de la Facultad, compuesto por el Decano(a), el Vicedecano (a), los directores de Escuelas e institutos, un delegado de los Organismos Académicos comunes, tres profesores, la representación estudiantil, y los profesores meritísimos de la Facultad.
3) La Asamblea de los Departamentos, integrada por el Director, el personal docente e investigador y sus auxiliares, y la delegación estudiantil.
4) El Sub-consejo Técnico o Directivo de las Escuelas, integrado por los Coordinadores de las cátedras adscritas a cada Escuela, dos delegados profesorales, el director del Instituto de investigación afín a la Escuela, y la representación estudiantil.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
Calder, Bruce. El impacto de la intervención, la República Dominicana durante. La ocupación norteamericana de 1916-1924, Fundación Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1989.
Castillo Domínguez, Luciano. Cronología y bibliografía de la Real y Pontificia Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1942-2000, I, (1492-1961), Santo Domingo, 2003 (Informe de investigación inédito).
Gómez Sánchez de Michel, Fiume. Desarrollo histórico de la Facultad de Humanidades, O.N.E., Santo Domingo, 1994.
Harrison, John B., et al. Estudio de las civilizaciones occidentales, Vol. I, McGraw Hill, México, 1991, 7a.Ed.
Hernández Flores, Ismael. Dr. Ramón Báez, 1914. Las Extraordinarias medidas de un mandatario de excepción, Editora Búho, Santo Domingo, 2001.
Rodríguez Demorizi, Emilio. Proyecto de reinstalación de la Universidad en 1843, Anales de la Universidad de Santo Domingo, abril-junio de 1940, Ciudad Trujillo, 1940, p. 175-179.
Sociedades, cofradías, escuelas, gremios y otras corporaciones dominicanas, editora Educativa Dominicana, Santo Domingo, 1975.
Sánchez, Juan Francisco. La Universidad de Santo Domingo, Impresora Dominicana, Ciudad Trujillo, 1955.
Santos Hernández, Roberto. La educación desde el Antiguo Oriente al Plan Decenal en la República Dominicana, Alfa & Omega, Santo Domingo, 1993.
Lebrón Saviñón, Mariano. Historia de la Cultura Dominicana, Tomo I, Editora Taller, Santo Domingo, 1994.
Mejía Ricart, Tirso. Historia de la Universidad Dominicana, Editora UASD, Santo Domingo, 1999.
Ortega Frier, Julio. Bases para el restablecimiento de la Facultad de Filosofía en la Universidad de Santo Domingo, Anales de la Universidad de Santo Domingo, abril-julio de 1939, Ciudad Trujillo, 1939, p. 251-286.
ANEXOS: DECANOS, ESCUDO, PROFESORES MERITISIMOS Y HONORARIOS, DE LA FACULTAD DE HUMANIDADES
Los Decanos de la Facultad de Filosofía (hoy Humanidades), a partir de 1939 fueron:
Don Pedro Troncoso Sánchez (1939-41)
Lic. Manuel A. Amiama (1942-44)
Don Pedro Troncoso Sánchez (1944-48)
Doctor Fabio A. Mota Medrano (1949-59)
Doctor Salvador A. Iglesias Baehr (1959-60)
Doctor Armando Cordero (1960-61)
Doctor Juan Francisco Sánchez y Sánchez (1962)
Doctor Próspero Mella Chavier (1962-64)
Doctor Antonio Paredes Mena (1864-1965)
Las autoridades de la Facultad a partir de 1966 fueron:
PERIODO
DECANOS
VICEDECANOS
1966-1968
Dr. Andrés Avelino García Ramón
Dr. Freddy Gatón Arce
1968-70
Dr. Andrés Avelino García Ramón
Dra. Ivelisse Prats Ramírez de Pérez
1970-72
Dra. Ivelisse Prats Ramírez de Pérez
Dr. Abelardo Vicioso
1972-74
Dr. Abelardo Vicioso
Dr. Bienvenido Díaz Castillo
1974-76
Dr. Abelardo Vicioso
Dr. Bienvenido Díaz Castillo
1976-78
Dr. Virgilio Bello Rosa
Lic. Facundo Acosta
1978-81
Dr. Virgilio Bello Rosa
Lic. Elpidio Ramírez
1981-84
Dr. Antonio Lockward Artiles
Lic. Norberto Soto; C. Salcé
1984-87
Dr. Antonio Lockward Artiles
Lic. Héctor Martínez
1987-90
Dr. Luciano Castillo
Lic. Ana D. Guzmán de Camacho
1990-93
Lic. Ana D. Guzmán de Camacho
Lic. Nora Nivar de Fernández
1993-96
Lic. Ana D. Guzmán de Camacho
Lic. Nora Nivar de Fernández
1996-99
Dr. Iván Grullón Fernández
Lic. Carmen Evaristo Matías
1999-2002
Dr. Iván Grullón Fernández
Lic. Carmen Evaristo Matías
2002-2005
Lic. Carmen Evarista Matías
Lic. Félix Gómez
2005-2008
Dr. Rafael Guillermo Díaz Pérez
Lic. José Guerrero Sánchez
El escudo
Es un escudo orlado y dividido en su interior "per fesse" en dos partes. La superior esta subdividida "per pale" en dos cuarteles, el de la izquierda con la letra "H", con extremos superiores recortados de modo que sean equidistantes de la orla; el cuartel superior derecho con color morado obispo, letra inicial y color tradicional de la Facultad. En la parte inferior, al centro un busto sin brazos y una pluma sobre un libro abierto, símbolo de las artes y las letras. La orla tiene una leyenda que ocupa algo más que la parte superior y que dice: FACULTAD DE HUMANIDADES DE LA UASD.
Profesores meritísimos
Pedro Henríquez Ureña, Max Henríquez Ureña, Monseñor Roque Adames Rodríguez, Máximo Aviles Blonda, Andrés Avelino García Ramón, Alberto Malagón, Pedro Mir, José Aníbal Sánchez Fernández Brea, Rafael Carmelo Darío Solano, Hugo Tolentino Dipp, Emilio Cordero Michel, Tirso Mejía Ricart, Roberto Cassá Logroño, Pedro Conde Sturla, Ligia Amada Melo de Cardona,
Profesores honorarios
José Enrique Adoum, Olga Alvart Azar, Vicenta Beltrán de Hernández, Juan Bosch, Michael Camilo, Manuel del Cabral, Ernesto Cardenal, Suzy Castor, Francisco Casasnovas, Fausto Cepeda, Juan Cuevas, José María Cruxent, Virgilio Díaz Grullón, Henry Ely, José Ferrer Canales, Juan Luis Guerra, Germán de Gunda, Ivonne Aza, Arístides Inchaústegui, Julio Jaime Julia, Jirí Kubka, Eusebio Leal Spengler, Frank Lendor, Gladys Pérez, Frange Teresita Pérez, Carlos Piantini, Gerald Pierre Charles, Sor Agüeda Ma. Rodríguez, Rafael M. Salas, Rafael Sánchez Cesteros, Marianela Sánchez, Leopoldo Zea.
[1] J. B. Harrison et al: Estudio de las civilizaciones occidentales, Vol. I, 1991, P. 281.
[2] Ver: Calder, Bruce: El impacto de la intervención, 1989.
[3] Sánchez: 1955, P. 112.
[4] Ibídem., P. 113.
Tuesday, January 16, 2007
DON JOSE NUÑEZ DE CACERES Y LA PRIMERA INDEPENDENCIA DOMINICANA
NOTIHISTORIADOMINICANA
Don José Núñez de Cáceres y la proclamación de nuestra primera independencia.
La lucha por la independencia nacional dominicana ha sido un proceso tortuoso y harto díficil para los nacionales dominicanos de todas las épocas a lo largo de los siglos.
El estado nacional se constituye en 27 de febrero de 1844 cuando se hizo la proclamación de la independencia nacional. El estado dominicano surgió por separación de la República de Haití trás 22 años de dominación hatiana, sin embargo, fue en 1821 cuando se produjo la proclamación de nuestra primera independencia.
Fue para aquellos lejanos años del siglo XIX temprano comienza la preparación de nuestra primera lucha independentista contra España.
Los movimientos populares de Monte Cristi, Dajabón, y Beller, en noviembre de 1821, fueron el preludio de la declaración formal de la independencia de la "República Dominicana", hecha originalmente con esa denominación por Charles Harrieux o Carlos Arrieu,[1] aunque la misma se usaría de nuevo en 1844.
Cuando en noviembre de 1821 circulaban los rumores sobre una posible invasión haitiana sobre el Este de Santo Domingo, y era bastante profusa la circulación de hojas fomentando en nuestro territorio el independentismo, impresas en Venezuela o en Haití, correspondió a don José Núñez de Cáceres (nace en Santo Domingo, 14 de marzo de 1772-murió en ciudad Victoria, Estado de Tamaulipas, México, el 12 de septiembre de 1846) el mérito histórico de labrar nuestra primera emancipación auspiciando la rebelión militar, encabezada por él, y contando con el apoyo del oficial mulato criollo del Batallón de pardos y mulatos Pablo Alí, de don Manuel Carvajal, y del capitán Martínez Valdez, acción dirigida contra el colonialismo español encarnado en el gobierno de don Pascual Real, en 30 de noviembre de 1821, proclamando El efímero Estado Independiente de Haití Español (1 de diciembre de 1821-9 de febrero de 1822), en nombre de la República de Colombia, proyecto político influido por las ideas bolivarianas, que como un reguero de pólvora había incendiado todos los dominios españoles de nuestro continente.
Don José Núñez de Cáceres fue el autor de una proclama independentista que consagró el Estado Independiente de Haití Español, es decir, La declaratoria de independencia del pueblo dominicano, y, también de su Acta constitutiva, escribiendo decenas de cartas a funcionarios españoles radicados en Cuba y Puerto Rico, incluyendo sus gobernadores, estimulándolos para que declarasen la independencia de esas dos Islas, en donde el colonialismo español, aunque en opinión de Simón Bolívar -en su carta de Jamaica de fecha 6 de septiembre de 1815 dirigida a Mister Henry Cullen-, consideraba que en: "Las islas de Puerto Rico y Cuba son las que más tranquilamente poseen los españoles".[2]
El verdadero propósito de don José Núñez de Cáceres era crear una Confederación de naciones antillanas, sin embargo, contra su ansiado proyecto se precipitó una grosera invasión de los vecinos haitianos que se prolongó por 22 años, por lo cual, después de pasar 43 días en el gobierno, vencido por la fuerza de los hechos, el patricio criollo abandonó nuestro territorio en 1823, dirigiéndose hacía Venezuela acompañado de su familia, radicando allí su domicilio y sumándose a las filas del caudillo llanero don José Antonio Páez para actuar contra El Libertador, permaneciendo cinco años en Venezuela; se traslada a México en 1827, fijando residencia en ciudad Victoria, Estado de Tamaulipas, ejerciendo allí su profesión de abogado, siendo luego Fiscal de la Corte Suprema. Allí fue condecorado y nombrado "Ciudadano Benemérito" del Estado, Senador Honorífico, y Tesorero de Hacienda Pública.
Referencias:
[1] Proclama de Carlos Arrieu, Academia Dominicana de la Historia, Vol. XXXIII. Emilio Rodríguez Demorizi, Santo Domingo y la Gran Colombia, Bolívar y Núñez de Cáceres, Santo Domingo, 1971, pp. 141-142.
[2] En: Navarro García, Luís: La independencia de Cuba, Madrid, Editorial Mapfre, 1992. p. 70.
Don José Núñez de Cáceres y la proclamación de nuestra primera independencia.
La lucha por la independencia nacional dominicana ha sido un proceso tortuoso y harto díficil para los nacionales dominicanos de todas las épocas a lo largo de los siglos.
El estado nacional se constituye en 27 de febrero de 1844 cuando se hizo la proclamación de la independencia nacional. El estado dominicano surgió por separación de la República de Haití trás 22 años de dominación hatiana, sin embargo, fue en 1821 cuando se produjo la proclamación de nuestra primera independencia.
Fue para aquellos lejanos años del siglo XIX temprano comienza la preparación de nuestra primera lucha independentista contra España.
Los movimientos populares de Monte Cristi, Dajabón, y Beller, en noviembre de 1821, fueron el preludio de la declaración formal de la independencia de la "República Dominicana", hecha originalmente con esa denominación por Charles Harrieux o Carlos Arrieu,[1] aunque la misma se usaría de nuevo en 1844.
Cuando en noviembre de 1821 circulaban los rumores sobre una posible invasión haitiana sobre el Este de Santo Domingo, y era bastante profusa la circulación de hojas fomentando en nuestro territorio el independentismo, impresas en Venezuela o en Haití, correspondió a don José Núñez de Cáceres (nace en Santo Domingo, 14 de marzo de 1772-murió en ciudad Victoria, Estado de Tamaulipas, México, el 12 de septiembre de 1846) el mérito histórico de labrar nuestra primera emancipación auspiciando la rebelión militar, encabezada por él, y contando con el apoyo del oficial mulato criollo del Batallón de pardos y mulatos Pablo Alí, de don Manuel Carvajal, y del capitán Martínez Valdez, acción dirigida contra el colonialismo español encarnado en el gobierno de don Pascual Real, en 30 de noviembre de 1821, proclamando El efímero Estado Independiente de Haití Español (1 de diciembre de 1821-9 de febrero de 1822), en nombre de la República de Colombia, proyecto político influido por las ideas bolivarianas, que como un reguero de pólvora había incendiado todos los dominios españoles de nuestro continente.
Don José Núñez de Cáceres fue el autor de una proclama independentista que consagró el Estado Independiente de Haití Español, es decir, La declaratoria de independencia del pueblo dominicano, y, también de su Acta constitutiva, escribiendo decenas de cartas a funcionarios españoles radicados en Cuba y Puerto Rico, incluyendo sus gobernadores, estimulándolos para que declarasen la independencia de esas dos Islas, en donde el colonialismo español, aunque en opinión de Simón Bolívar -en su carta de Jamaica de fecha 6 de septiembre de 1815 dirigida a Mister Henry Cullen-, consideraba que en: "Las islas de Puerto Rico y Cuba son las que más tranquilamente poseen los españoles".[2]
El verdadero propósito de don José Núñez de Cáceres era crear una Confederación de naciones antillanas, sin embargo, contra su ansiado proyecto se precipitó una grosera invasión de los vecinos haitianos que se prolongó por 22 años, por lo cual, después de pasar 43 días en el gobierno, vencido por la fuerza de los hechos, el patricio criollo abandonó nuestro territorio en 1823, dirigiéndose hacía Venezuela acompañado de su familia, radicando allí su domicilio y sumándose a las filas del caudillo llanero don José Antonio Páez para actuar contra El Libertador, permaneciendo cinco años en Venezuela; se traslada a México en 1827, fijando residencia en ciudad Victoria, Estado de Tamaulipas, ejerciendo allí su profesión de abogado, siendo luego Fiscal de la Corte Suprema. Allí fue condecorado y nombrado "Ciudadano Benemérito" del Estado, Senador Honorífico, y Tesorero de Hacienda Pública.
Referencias:
[1] Proclama de Carlos Arrieu, Academia Dominicana de la Historia, Vol. XXXIII. Emilio Rodríguez Demorizi, Santo Domingo y la Gran Colombia, Bolívar y Núñez de Cáceres, Santo Domingo, 1971, pp. 141-142.
[2] En: Navarro García, Luís: La independencia de Cuba, Madrid, Editorial Mapfre, 1992. p. 70.
Wednesday, November 29, 2006
Los Caciques y las Cacicas de Haití
LOS CACIQUES Y CACICAS DE HAITÍ
A manera de introducción
La historia paritaria desde el punto de vista de los géneros es poco trabajada por etnografos e historiadores. Este artículo apunta en esa línea. Hemos iniciado, con su publicación, un esfuerzo por destacar el rol de la mujer en los procesos históricos y sociales.
LOS CACIQUES
El término cacique es un vocablo de procedencia taíno-aruaca, por lo tanto es una voz indo-americana por medio de la cual se designaba al gobernante principal de una vasta región o cacicazgo –un territorio similar a una grande provincia-, aunque según Las Casas había tres categorías cacicales: el Matunherí, quien ejercía su poder en una vasta región, el Bahoxerí o gobernante de aldea, y el Guaoxerí, quien gobernaba en las aldeas pequeñas.
El cacique era un verdadero primus inter pares, y la viva encarnación del poder político supremo, el jefe de los cultos religiosos y de manera especial del rito de la cohoba, y era además la persona a quien correspondía tomar todas las decisiones importantes en su contexto territorial y social.
Es en el Diario de Colón correspondiente a su primer viaje que encontramos las primeras referencias a estos personajes. Veamos: Cuando Cristóbal Colón durante su primer viaje visitó Cuba, después que sus marinos hicieron una exploración en el interior de la Isla, éstos le contaron haber visitado una aldea y que en una de sus casas hallaron:
"Una cabeza de hombre dentro de un cestillo (macuto) cubierto con otro cestillo y colgado de una parte de la casa; y de la misma manera hallaron otra en otra población. Creyó el almirante que devia (sic.) ser de algunos personajes de linaje porque aquellas casas eran de manera que se acogen en ellos mucha gente en una sola, y deven (sic.) ser parientes descendientes de uno solo".(Colón, Diario: P. 152)
Cuando el Almirante Cristóbal Colón piso tierra en nuestra isla, en diciembre de 1492, la encontró poblada por indígenas y estos se hallaban gobernados por jefes o caciques. El 13 de diciembre de 1492, estando en La Española, Colón escribió en su Diario que halló una población que "era de mil casas y de más de tres mil hombres" (Colón: Diario: P. 164), y el domingo 16 de diciembre, después de haber sido visitado por muchos aborígenes, dice el marino genovés que:
"...y luego vinieron más de quinientos hombres, y desde a poco vino el rey dellos (sic.), todos en la playa junto a los navíos, porque estaban sumergidos muy cerca de la tierra." (...) "que el dicho rey estaba en la playa, y que todos le hacia acatamiento" (...) "y que sería mozo de hasta veinte y un años, y que tenía un ayo viejo y otros consejeros que le consejavan (sic.) y respondían, que él hablaba muy pocas palabras". (Colón: Diario: P. 167).
Después que Colón logró establecer una relación de "amistad" con el jefe indio, dice que le invitó a subir al barco y que una vez allí: "Pusiéronle a comer al rey de las cosas de Castilla y el comía un bocado y después dávalo todo a sus consejeros y al ayo y a los demás que metió consigo". (Colón: Diario: P. 168).
Un poco más tarde, el martes 18 de diciembre Colón escribe sobre un cacique que "venían con el rey más de doszientos hombres y que lo traían en unas andas cuatro hombres, y era mozo como arriba se dixo. Oy estando el almirante comiendo abaxo del Castillo, llegó a la nao con toda su gente" (Colón: Diario: P. 170), y pocos días después, volvieron a la nave el joven con que probaba el alimento y de inmediato lo repartía y sus consejeros "dos hombres de edad madura", y dice que "le miraron a la boca y hablaban por él y con él y con mucho acatamiento", y dice que al rey lo "llamaban en su lengua cacique" (Colón, Diario: P. 172), y el 23 de diciembre Colón manifiesta su confusión con la palabra cacique y se preguntaba a sí mismo : "sí lo dicen por rey o por gobernador", y a seguidas escribe: "También dicen otro nombre por grande que llaman nitaíno; no sabía si lo dezian (sic.) por hidalgo o gobernador o juez". (Colón, Diario: P. 180)
Colón informa que la aldea del rey tenía una población que el estimó en dos mil hombres, e indica que el cacique llevaba consigo muchos adornos entre los cuales menciona coronas, collares y placas de oro o guayzas. El domingo 30 de diciembre recibió la visita de Guacanagarí acompañado de cinco caciques subordinados.
Para Oviedo los caciques de la Isla eran: Guacanagarix de Marien, Caonabo de Maguá, Guarionex de Maguana, Cayacoa de Higüey y Behechio de Jaragua.
LAS CACICAS
Por extensión de la palabra cacique, los españoles llamaron cacicas a las esposas, madres, hermanas, y a las parientes cercanas de los caciques. De tal suerte que en las grandes Antillas: Cuba, Haití, Boriquén y Jamaica no tan solo existieron caciques, sino, también cacicas. En las sociedades tribales de Las Antillas, el poder político se transmitía por herencia, por lo tanto la investigación en torno a las cacicas de la Isla se debe orientar hacía el papel desempeñado por éstas en sus respectivas sociedades, y muy particularmente en lo que concierne a nuestra Isla -denominada Haití-, determinar si el poder político se transmitía por la vía sucesoral o herencial materna no es nada difícil.
Las sociedades taínas eran sociedades exógamas, y era común que se realizaran matrimonios entre los caciques de una región con las hermanas de sus iguales de otras regiones, persiguiéndose con esta práctica fortalecer y solidificar alianzas de tipo político preexistentes.
El caso más notorio con relación a nuestra afirmación precedente lo fue el matrimonio de Behechío de Jaragua con Anacaona de Maguana, hermana de Caonabó el principal cacique de Maguana, lo cual, apreciamos, pone en evidencia que la relación de carácter político que pre-existía entre dos de los caciques principales fue fortalecida mediante la celebración de una unión matrimonial entre la hermana de un cacique principal, en este caso Caonabó, con el cacique Behechío de Jaragua, con la finalidad de establecer entre ambos gobernantes una relación primaria, una suerte de lealtad primordial fundada no tan sólo en la parentela política, sino en el nexo sanguíneo que se establece por la vinculación matrimonial de los parientes, lo cual determinará que la descendencia de tal unión se halle vinculada por lazos de sangre a los caciques principales que fomentaron tal integración. Así, Higuemota, la hija de Behechío y Anacaona era sobrina de Caonabó.
Los matrimonios por conveniencia política no son nada nuevo, y durante la Edad Media en la nobleza europea se encuentran sobrados ejemplos de tales uniones, y en el caso español el más ilustrativo fue el matrimonio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón en 1469.
El matrimonio de Behechío con Anacaona obedeció al interés común de los caciques de dos grandes cacicazgos de hermanar las jefaturas de sus respectivas jurisdicciones políticas, lo cual posiblemente les ayudó a establecer una relación de intercambios económicos mucho más amplia, y les procuró nuevos medios defensivos a nivel político-militar, pues como señala la tradición Caonabó encarnó una conducta eminentemente militarista, y Behechio fue, en cambio, un sagaz político, un gobernante diplomático, y un buen polígamo de harén con más de 30 esposas.
Las noticias referidas a las cacicas son abundantes en la etnografía antigua, principalmente en las obras de Las Casas, Oviedo, y Mártir, y en algunas cartas, memoriales y relaciones. Entre las más destacadas se menciona Anacaona, sin embargo hubo otras cacicas muy destacadas y conocidas.
Entre estas cabe mencionar a Doña Inés o Higuanamá, esposa de Cayacoa, y quién gobierna en Higüey después de la muerte de su esposo conjuntamente con el cacique Cotubanamá, quien tenía a su cargo los asuntos militares del cacicazgo.
Otra destacada cacica lo fue Catalina o Zameaca cacica del Hozama o Ozama, bautizada Catalina a raíz de su matrimonio con el español Miguel Díaz, y quién dominaba en el sitio en donde se fundó la ciudad de Santo Domingo.
Otra importante y distinguida cacica fue la madre de Guarionex, quién según Pané era una mujer que ejercía un poder extraordinario sobre la voluntad de su hijo.
También debo hacer mención de Catalina de Guacanagarí, posiblemente oriunda de Puerto Rico y que fue capturada por Colón en la isla de Ayay durante su segundo viaje, y al traerla a la Española, cuando Guacanagarí lo visitó en su barco, se enamoró de la india, e hizo que su hermano entrara en comunicación con ella y otras mujeres para planificar su fuga, y logró que esta se escapara del barco para luego unirse a ella, lo cual provocó en su oportunidad el enojo de Colón frente al principal cacique de Marién, aunque el disgusto luego quedó resuelto. Cuando Catalina contrajo matrimonio con Guacanagarí éste tenía unas 11 esposas.
Fueron cacicas distinguidas Higuemota, hija de Anacaona; Mencia, hija de Higuemota y que casó con el valiente Cacique Guarocuya, confundido con el cacique Enrique (Enriquillo).
Cuando un cacique no tenía un hijo o hija en capacidad de sucederle por regla general era el hijo de su hermana quien se hacía cargo del poder, lo cual significa que el nexo de consanguinidad era tomado muy en cuenta para establecer la nueva jefatura en sustitución de la del cacique fallecido.
Ricardo Alegría, en su trabajo "Apuntes para el estudio de los caciques de Puerto Rico", dice que "Es posible que los españoles impusieran sus conceptos hereditarios a la sociedad indígena, y llamaran cacicas a las mujeres principales de los régulos tainos y que a la muerte de un cacique exaltase a su viuda o mujer principal al oficio cacical. Si imponían así las leyes de la sucesión hereditaria que prevalecían en España".(P. 31)
Según Alegría las cacicas más destacadas de Puerto Rico fueron: Luisa de Aymanio, Luisa II, la que vivió en la región de Loyza hasta 1527, Doña Juana de Ayamanio y la cacica Isabel de Humacao que fue encomendada con 50 indios.
A manera de introducción
La historia paritaria desde el punto de vista de los géneros es poco trabajada por etnografos e historiadores. Este artículo apunta en esa línea. Hemos iniciado, con su publicación, un esfuerzo por destacar el rol de la mujer en los procesos históricos y sociales.
LOS CACIQUES
El término cacique es un vocablo de procedencia taíno-aruaca, por lo tanto es una voz indo-americana por medio de la cual se designaba al gobernante principal de una vasta región o cacicazgo –un territorio similar a una grande provincia-, aunque según Las Casas había tres categorías cacicales: el Matunherí, quien ejercía su poder en una vasta región, el Bahoxerí o gobernante de aldea, y el Guaoxerí, quien gobernaba en las aldeas pequeñas.
El cacique era un verdadero primus inter pares, y la viva encarnación del poder político supremo, el jefe de los cultos religiosos y de manera especial del rito de la cohoba, y era además la persona a quien correspondía tomar todas las decisiones importantes en su contexto territorial y social.
Es en el Diario de Colón correspondiente a su primer viaje que encontramos las primeras referencias a estos personajes. Veamos: Cuando Cristóbal Colón durante su primer viaje visitó Cuba, después que sus marinos hicieron una exploración en el interior de la Isla, éstos le contaron haber visitado una aldea y que en una de sus casas hallaron:
"Una cabeza de hombre dentro de un cestillo (macuto) cubierto con otro cestillo y colgado de una parte de la casa; y de la misma manera hallaron otra en otra población. Creyó el almirante que devia (sic.) ser de algunos personajes de linaje porque aquellas casas eran de manera que se acogen en ellos mucha gente en una sola, y deven (sic.) ser parientes descendientes de uno solo".(Colón, Diario: P. 152)
Cuando el Almirante Cristóbal Colón piso tierra en nuestra isla, en diciembre de 1492, la encontró poblada por indígenas y estos se hallaban gobernados por jefes o caciques. El 13 de diciembre de 1492, estando en La Española, Colón escribió en su Diario que halló una población que "era de mil casas y de más de tres mil hombres" (Colón: Diario: P. 164), y el domingo 16 de diciembre, después de haber sido visitado por muchos aborígenes, dice el marino genovés que:
"...y luego vinieron más de quinientos hombres, y desde a poco vino el rey dellos (sic.), todos en la playa junto a los navíos, porque estaban sumergidos muy cerca de la tierra." (...) "que el dicho rey estaba en la playa, y que todos le hacia acatamiento" (...) "y que sería mozo de hasta veinte y un años, y que tenía un ayo viejo y otros consejeros que le consejavan (sic.) y respondían, que él hablaba muy pocas palabras". (Colón: Diario: P. 167).
Después que Colón logró establecer una relación de "amistad" con el jefe indio, dice que le invitó a subir al barco y que una vez allí: "Pusiéronle a comer al rey de las cosas de Castilla y el comía un bocado y después dávalo todo a sus consejeros y al ayo y a los demás que metió consigo". (Colón: Diario: P. 168).
Un poco más tarde, el martes 18 de diciembre Colón escribe sobre un cacique que "venían con el rey más de doszientos hombres y que lo traían en unas andas cuatro hombres, y era mozo como arriba se dixo. Oy estando el almirante comiendo abaxo del Castillo, llegó a la nao con toda su gente" (Colón: Diario: P. 170), y pocos días después, volvieron a la nave el joven con que probaba el alimento y de inmediato lo repartía y sus consejeros "dos hombres de edad madura", y dice que "le miraron a la boca y hablaban por él y con él y con mucho acatamiento", y dice que al rey lo "llamaban en su lengua cacique" (Colón, Diario: P. 172), y el 23 de diciembre Colón manifiesta su confusión con la palabra cacique y se preguntaba a sí mismo : "sí lo dicen por rey o por gobernador", y a seguidas escribe: "También dicen otro nombre por grande que llaman nitaíno; no sabía si lo dezian (sic.) por hidalgo o gobernador o juez". (Colón, Diario: P. 180)
Colón informa que la aldea del rey tenía una población que el estimó en dos mil hombres, e indica que el cacique llevaba consigo muchos adornos entre los cuales menciona coronas, collares y placas de oro o guayzas. El domingo 30 de diciembre recibió la visita de Guacanagarí acompañado de cinco caciques subordinados.
Para Oviedo los caciques de la Isla eran: Guacanagarix de Marien, Caonabo de Maguá, Guarionex de Maguana, Cayacoa de Higüey y Behechio de Jaragua.
LAS CACICAS
Por extensión de la palabra cacique, los españoles llamaron cacicas a las esposas, madres, hermanas, y a las parientes cercanas de los caciques. De tal suerte que en las grandes Antillas: Cuba, Haití, Boriquén y Jamaica no tan solo existieron caciques, sino, también cacicas. En las sociedades tribales de Las Antillas, el poder político se transmitía por herencia, por lo tanto la investigación en torno a las cacicas de la Isla se debe orientar hacía el papel desempeñado por éstas en sus respectivas sociedades, y muy particularmente en lo que concierne a nuestra Isla -denominada Haití-, determinar si el poder político se transmitía por la vía sucesoral o herencial materna no es nada difícil.
Las sociedades taínas eran sociedades exógamas, y era común que se realizaran matrimonios entre los caciques de una región con las hermanas de sus iguales de otras regiones, persiguiéndose con esta práctica fortalecer y solidificar alianzas de tipo político preexistentes.
El caso más notorio con relación a nuestra afirmación precedente lo fue el matrimonio de Behechío de Jaragua con Anacaona de Maguana, hermana de Caonabó el principal cacique de Maguana, lo cual, apreciamos, pone en evidencia que la relación de carácter político que pre-existía entre dos de los caciques principales fue fortalecida mediante la celebración de una unión matrimonial entre la hermana de un cacique principal, en este caso Caonabó, con el cacique Behechío de Jaragua, con la finalidad de establecer entre ambos gobernantes una relación primaria, una suerte de lealtad primordial fundada no tan sólo en la parentela política, sino en el nexo sanguíneo que se establece por la vinculación matrimonial de los parientes, lo cual determinará que la descendencia de tal unión se halle vinculada por lazos de sangre a los caciques principales que fomentaron tal integración. Así, Higuemota, la hija de Behechío y Anacaona era sobrina de Caonabó.
Los matrimonios por conveniencia política no son nada nuevo, y durante la Edad Media en la nobleza europea se encuentran sobrados ejemplos de tales uniones, y en el caso español el más ilustrativo fue el matrimonio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón en 1469.
El matrimonio de Behechío con Anacaona obedeció al interés común de los caciques de dos grandes cacicazgos de hermanar las jefaturas de sus respectivas jurisdicciones políticas, lo cual posiblemente les ayudó a establecer una relación de intercambios económicos mucho más amplia, y les procuró nuevos medios defensivos a nivel político-militar, pues como señala la tradición Caonabó encarnó una conducta eminentemente militarista, y Behechio fue, en cambio, un sagaz político, un gobernante diplomático, y un buen polígamo de harén con más de 30 esposas.
Las noticias referidas a las cacicas son abundantes en la etnografía antigua, principalmente en las obras de Las Casas, Oviedo, y Mártir, y en algunas cartas, memoriales y relaciones. Entre las más destacadas se menciona Anacaona, sin embargo hubo otras cacicas muy destacadas y conocidas.
Entre estas cabe mencionar a Doña Inés o Higuanamá, esposa de Cayacoa, y quién gobierna en Higüey después de la muerte de su esposo conjuntamente con el cacique Cotubanamá, quien tenía a su cargo los asuntos militares del cacicazgo.
Otra destacada cacica lo fue Catalina o Zameaca cacica del Hozama o Ozama, bautizada Catalina a raíz de su matrimonio con el español Miguel Díaz, y quién dominaba en el sitio en donde se fundó la ciudad de Santo Domingo.
Otra importante y distinguida cacica fue la madre de Guarionex, quién según Pané era una mujer que ejercía un poder extraordinario sobre la voluntad de su hijo.
También debo hacer mención de Catalina de Guacanagarí, posiblemente oriunda de Puerto Rico y que fue capturada por Colón en la isla de Ayay durante su segundo viaje, y al traerla a la Española, cuando Guacanagarí lo visitó en su barco, se enamoró de la india, e hizo que su hermano entrara en comunicación con ella y otras mujeres para planificar su fuga, y logró que esta se escapara del barco para luego unirse a ella, lo cual provocó en su oportunidad el enojo de Colón frente al principal cacique de Marién, aunque el disgusto luego quedó resuelto. Cuando Catalina contrajo matrimonio con Guacanagarí éste tenía unas 11 esposas.
Fueron cacicas distinguidas Higuemota, hija de Anacaona; Mencia, hija de Higuemota y que casó con el valiente Cacique Guarocuya, confundido con el cacique Enrique (Enriquillo).
Cuando un cacique no tenía un hijo o hija en capacidad de sucederle por regla general era el hijo de su hermana quien se hacía cargo del poder, lo cual significa que el nexo de consanguinidad era tomado muy en cuenta para establecer la nueva jefatura en sustitución de la del cacique fallecido.
Ricardo Alegría, en su trabajo "Apuntes para el estudio de los caciques de Puerto Rico", dice que "Es posible que los españoles impusieran sus conceptos hereditarios a la sociedad indígena, y llamaran cacicas a las mujeres principales de los régulos tainos y que a la muerte de un cacique exaltase a su viuda o mujer principal al oficio cacical. Si imponían así las leyes de la sucesión hereditaria que prevalecían en España".(P. 31)
Según Alegría las cacicas más destacadas de Puerto Rico fueron: Luisa de Aymanio, Luisa II, la que vivió en la región de Loyza hasta 1527, Doña Juana de Ayamanio y la cacica Isabel de Humacao que fue encomendada con 50 indios.
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