Saturday, December 01, 2012

Los funcionarios coloniales en América .

NOTIHISTORIADOMINICANA

Los funcionarios coloniales

Por: Francisco M. Berroa Ubiera
Historiador-escritor





En la América española los principales funcionarios reales eran: 
1) el Contador, tiene el control del recaudo y dispone de los bienes reales; es la llave del recaudo; solicita al ejecución de las Cédulas Reales que a él son enviadas; él certifica lo que entra y sale de las cajas; cuida y conserva los papeles, certifica y ordena las libranzas; 
2) el Tesorero, custodia los fondos de la Caja de las tres llaves; reside en donde se halla la Caja; cobra los impuestos, paga las libranzas, y lleva libros contables a tales efectos; es función suya cuidar el tesoro; recibe los ingresos y efectúa pagos que se libran;
 3) el Factor, que es un gerente real de negocios, y se dedica a hacer la custodia de los almacenes y depósitos; es su función con todas las cosas relacionadas con los ingresos en especie; coleccionaba el tributo en naturaleza y hacía la venta de los productos en especie (ganado, hojas de coca, etc...)
 4) el Proveedor, que provee los bienes fungibles;
5) el Pagador, que autoriza los pagos a egresar de las Cajas;
 6) el Veedor, quien debe velar por la perfecta realización de las fundiciones de oro y plata; se encarga de vigilar las fundiciones de oro y plata provenientes de las minas, siendo además Veedor de funciones y rescates; 
7) los Tenientes de Oficiales Reales, quien se desempeña como un oficial real interino; 
8) los Oficiales de entradas y expediciones, quienes representan al Rey al hacer "entrada" en un territorio al momento de ser conquistado;
 9) los Comisarios, quienes visitaban las Cajas reales en representación de un oficial real o eran los encargados de cobrar a los deudores de la Real Hacienda;
 10) los Contadores de cuentas; 
11) el Receptor de Alcabalas; 
12) el Contador de Tributos y azogues;
 13) el Receptor de Penas de Cámara; 
14) los Escribanos Mayores de rentas; y los de minas y registros (aparece temprano, en 1508); 
15) el Escribano del Juzgado de los oficiales reales; 
16) los Escribanos de cuentas reales (nombrados por los Virreyes); 
17) el Alguacil con vara de justicia ( nombrados por los Virreyes para el cobro de deudas reales a partir de 1560); 
18) los Balanzarios que se halla en las fundiciones y en las Casas de monedas, con un Fundidor, un Marcador y un Ensayador; 
19) el Administrador de rentas de las salinas; 
20) los Porteros e Intérpretes, quienes se desempeñan como auxiliares de los oficiales reales superiores; 
21) el Alcalde Mayor de minas; y 
22) los Virreyes, con funciones legislativas, fiscalizadoras y administrativa, etc...[1]

En cierta medida los funcionarios reales por excelencia fueron el Tesorero, el Contador, el Factor, y el Veedor, y siempre "Toda la actuación de los Oficiales Reales queda regida por los principios de administración conjunta y responsabilidad solidaria.  Ambos quedaron fijados desde el primer momento y fueron constantemente reiterados en la legislación".[2]  Los sueldos de los Oficiales Reales eran como sigue: 570,000 maravedís para el Tesorero; 560,000 maravedís al Contador; 460,000 maravedís para el Factor, y 390,000 maravedís al Veedor, aunque todos ellos se beneficiaron de las encomiendas en toda América.  Existen unas Reales Cédulas de fecha 5 de abril de y de junio de 1558 que ordenaban la reducción de sus sueldos a un tercio porque ellos tenían indios en encomiendas.  Una Cédula de fecha 4 de octubre de 1528 prohibía a los jueces de Audiencia de Toledo tener más de 10 indios, y aún estos sólo podían dedicarse a labores domésticas.  Las llamadas Leyes Nuevas para ser aplacadas en Nueva España, creadas entre 1542 a 1543, ordenaban el pago al fisco de las deudas existentes y pendientes de liquidación.  Solamente en 1575 había 544 deudores con deudas ascendentes a la suma de 410,546 pesos, razón que determinó la prohibición de las operaciones de créditos.  Las cobranzas de las deudas atrasadas las hacían los Alguaciles, corregidores y los alcaldes mayores.
En lo que concierne a las jurisdicción de los Oficiales Reales, se ha determinado que en materia de Hacienda su acción "es privilegiada: pueden avocar a si todos los pleitos pendientes ante los jueces ordinarios si afectan al fisco".[3]  Los Oficiales Reales podían urgir su pago "pudiendo hacer las ejecuciones, prisiones, ventas y remates de bienes y otras diligencias que convengan.  La ley es rigurosa: no cabe recibir prenda para seguridad del pago, y es preciso que se ejecute sobre los bienes, vendiéndose éstos en Almoneda pública".[4]  Una Real Cédula del 30 de diciembre de 1571 establece la prisión por deudas sin fianzas y en concurrencia de acreedores el fisco tiene preferencia.  Los Oficiales negligentes pagan daños y perjuicios al fisco, sufren suspensión y son multados hasta con 50,000 maravedís para la Cámara -tribunal-, a fin de compensar a la Corona por sus faltas determinadas.

No podían ser Oficiales Reales: los mercaderes; los familiares de los funcionarios en ejercicio; y los hijos y nietos de los condenados y quemados en la inquisición.

A partir de 1636 el Consulado compró el derecho de nombrar los cargos de Alguacil Mayor, y el de Escribano Mayor, que pasaron a su propia jurisdicción.[5]  También creó nuevos cargos que eran vendibles: Secretario de Cartas; Alcaide de Lonja -ejercía la función de custodio judicial de los detenidos en Casa Lonja, edificio sede de la Casa de contratación de Indias en Sevilla-, y los de contadores y receptores de rentas.  Por ello,
La entidad del Consulado iba progresivamente afianzándose, al igual que su poder e influencia, pues siempre procuraron los mercaderes expandir sus atribuciones en todo lo concerniente al tráfico americano y a la política comercial de la monarquía.  Fueron así tenidas en cuenta para el despacho de naves sueltas o en conserva de las flotas, al igual que para el establecimiento de asientos de negros, fábricas o estancos del algún género (...), y lograron en 1592 que se les reconociera facultad para fallar sobre las quiebras de los bancos y de los hombres de negocios, en detrimento de la Casa de Contratación...”.[6]

Las remesas de caudales de un total de 840 mercaderes registradas (100 por 100) a mediados del siglo XVII indican que a 22 (un 2.6 por 100), les tocó el 20 por 100 del oro y la plata; a 303 (el 36 por 100) correspondió más del 50 por ciento -a cada uno más de medio millón de maravedís-, y a 537 (el 64 por 100) menos de medio millón de maravedís a cada uno; más exacto: a 22 les correspondieron unos 12 millones; a 29 de 3 a 6 millones; a 39 de 2 a 3 millones; a 91 de 1 a 2 millones y a la mayoría: 537, menos de medio millón.  De todos los comerciantes (100 100), el 2.6 por 100 tenía un ingreso altísimo o muy alto; un 36 por 100 un alto nivel, y el 64 por 100 un nivel bajo de negocios y de ingresos, lo que permite afirmar que el capital, desde los albores del sistema, tiende a concentrarse en pocas manos.

Sobre el contrabando, Don Antonio Braun, Embajador de Holanda en España, escribió en 1651 que:
“...es mucha verdad que gran parte de las barras de plata no vienen registradas y, consiguientemente, dejan de pagar sus derechos a Su Majestad.  Esto procede de los oficiales de los navíos que los van a buscar media jornada antes.  Reciben las barras y las llevan en derechura a las naves holandesas u otras que están fuera de la bahía.  Y cuando los galeones van a las Indias, los vienen siguiendo muchas naves holandesas y francesas, las cuales llevan a dichos galeones infinidad de lienzos de San Malo sin pagar los derechos.”[7]

Aunque durante mucho tiempo la historiografía nacional ha realzado el aislamiento español, se puede considerar que tal afirmación tiene un carácter puramente mítico, en tanto, otro importante aspecto del comercio español es el relacionado a la participación de otras naciones en las actividades de intercambio mercantil con España en el curso del siglo XVIII.  En tal virtud se presentan estas cifras (Cuadro 7):


Beneficios comerciales por naciones
Nacionalidades
Ingresos 1753-54
Verificación 1762
No.
Ingresos 1771
No.
Españoles
270,724
203,104
218
261,444
285
Franceses
710,450
472,200
60
710,450
108
Italianos
149,800
120,050
35
149,800
49
Alemanes
31,000
28,500
3
31,000
6
DamascenosSuecos y prusianos
75,000
65,000
11
75,500
17
Irlandeses e ingleses
231,100
173,750
30
238,100
44
Flamencos
74,700
49,750
14
74,700
20
Total
1, 543,274
1,112,354
371
1,540,994
529[8]

Como se puede notar los comerciantes franceses (el 46 por 100) y los españoles (el 17 por 100), representaban el 63 por ciento del total, el resto ascendía a un 37 por ciento.  En cuanto a los beneficios obtenidos por los comerciantes según las nacionalidades, fueron así: Franceses: 6,578; Irlandeses e ingleses: 5,411; alemanes: 5,166; españoles: 917; flamencos: 3,735; italianos: 3,057; damascenos, suecos y flamencos: 4,441.

De los comerciantes españoles, la presencia de comerciantes vascos en Sevilla fue sobresaliente: en la segunda mitad del siglo XVII se destaca la presencia importante de los vascos en el Consulado sevillano, ellos eran 314, es decir, representaban el 15 por 100 de la asistencia del Consulado, y de hecho lo controlaban.  Con relación al control extranjero del puerto de Cádiz de acuerdo con las memorias de Raymundo de Lentery escritas entre 1673 a 1700, éste dice que "el comercio en Cádiz apenas incluye 9 nombres de españoles, aunque añade que existían otros que no menciona",[9]aunque menciona 31 genoveses, 21 holandeses y flamencos, cuenta 11 franceses, y, 8 hamburgueses.  Los mejores negocios eran hechos por extranjeros.

En el año de 1743 se hallaban matriculados en El Consulado 3,253 individuos a un costo de 1,000 pesos por matrícula.  Los miembros del la Universidad de Cargadores de Sevilla y Cádiz era sin dudas un grupo privilegiado y exclusivo.

Las importaciones de España por regiones americanas a fines del siglo XVIII se presentan en el siguiente marco (Cuadro 8):
Orígenes regionales de las importaciones a España procedentes de América (1782-1789)[10]
Región
Valor de las importaciones
Por ciento
Nueva España
4,407
36,0
El Caribe
3,082
25,2
El Pacífico
1,687
13,8
Río de La Plata
1,489
12,2
Venezuela
1,181
9,6
Nueva Granada
388
3,2
Total
12,269
100

En síntesis, España mantuvo el control absoluto de la Isla hasta bien entrado el siglo XVII, constituyendo aspectos relevantes, dignos de un primer plano: la creación, por el arzobispo Alonso de Fuenmayor, de la iglesia metropolitana en favor de la catedral primada de Santo Domingo en 1549; el establecimiento de Santo Oficio en 1564, produciéndose en 2 de noviembre un fatal terremoto que hundió la villa de La Vega.
 


Notas y referencias:

[1] Ver: Ibídem, pp. 118-127.
[2] Ibídem, p. 139.
[3] Ibídem, p. 183.
[4]  Ibídem, p. 184.
[5] Julián B. Ruíz Rivera et al: opus cit., p. 68.
[6]  Ibídem, p. 69.
[7]  Ibídem, p. 160.
[8]  Fuente: Ibídem, p. 285.
[9]  Ibídem, p. 208.
[10] Fuente: John R. Fisher: opus cit.

Thursday, November 22, 2012

LAS REBELIONES CONTRA TRUJILLO DEL GENERAL DESIDERIO ARIAS

NOTIHISTORIADOMINICANA
Por Francisco M. Berroa Ubiera
Historiador


Las rebeliones del general Arias 
El general Desiderio Arias era un genuino caudillo "liniero" (del noroeste de la República).  Su "Partido Liberal" fue uno de los soportes para que el general Rafael L. Trujillo Molina ascendiera a la presidencia de la pobre nación dominicana; por ello fue senador de la República por la provincia de Monte Cristi desde 1930, a inicios de la Era de Trujillo.
Este caudillo regional desde 1913 manifestó públicamente su adhesión a los intereses anti-norteamericanos en el país, y decía los enfrentaría si ocupaban el país.  Los Estados Unidos lo acusaron de contrabandear a gran escala toda clase de mercancías por la frontera, especialmente armas y municiones afectando sensiblemente las recaudaciones.
El Ministro de los Estados Unidos James Sullivan envió al Secretario de Estado un telegrama en fecha 12 de febrero de 1914 haciéndole saber que Arias disponía de más de 200 mulos de carga para realizar sus prácticas de contrabando en la frontera y llegó a pedir al presidente general José Bordas Valdez y al Receptor General de Aduanas que fuese declarado forajido y que fuese apresado por sus actividades ilegales.  En ese mismo sentido Mister Heinke de la División para América Latina del Departamento de Estado escribió al Secretario Robert Lansing pidiendo “La eliminación completa del general Desiderio Arias es el principal requisito para una paz permanente en la República Dominicana”.[1]
El general Desiderio Arias fue el Ministro del Cañón que se alzó en armas contra el presidente Juan Isidro Jimenes el 28 de abril de 1916, provocando con su desacertada acción la justificación de la invasión de los Marines norteamericanos sobre nuestro territorio en mayo de 1916, y él, quien había dicho enfrentaría a los norteamericanos en caso de una invasióntras el desembarco de los Marines se auto-encerró en su casa de Santiago sin hacer un solo disparo, según testimonian periodistas e historiadores de la época. .
Luego volvió a operar en política con una actitud conservadora.
Según Richard Cutts, jefe de las tropas de los Estados Unidos en Haití, el general Arias y sus seguidores se hallaban financiados por Trujillo desde 1929 para enfrentar el gobierno de don Horacio Vásquez.
Luego de colaborar con Trujillo e  integrarse al Gobierno del Jefe militar, el caudillo noroestano se sintió aislado y perseguido por el propio Trujillo, y antes de su rebelión contra Trujillo pidió a Mister Cabot la protección de la Legación (la Embajada) de Estados Unidos en razón de que había sido apresado por la banda "La 42" -el informador de la Legación era Galván, Subsecretario de Interior y policía-.
Desde el mes de marzo Trujillo trasladó el gobierno a Santiago -ejecutivo y congreso- hasta el 10 de julio de 1931 cuando volvió a Santo Domingo.
Realmente fue en abril de 1931 cuando comenzaron a circular los rumores sobre la futura "rebelión" de Desiderio Arias; era de dominio general, la comidilla, el chisme cotidiano, la decisión de Arias de oponerse por las armas a Trujillo.  Desiderio Arias se rebeló dos veces contra Trujillo.
La primera rebelión del general Desiderio Arias se produjo en fecha 27 de abril de 1931, lo cual motiva que Trujillo envíe a parlamentar con el General insurrecto una comisión formada por Jacinto B. Peynado, Mario Fermín Cabral, Juan Isidro Rodríguez, Max Henríquez Ureña; estos escuchan las exigencias de Arias y la comunican al dictador en ciernes.  Luego Trujillo envía una nueva Comisión integrada por Rafael Rodríguez y Andrés Medina.
Tras enterarse sobre las demandas de Arias Trujillo viaja a Mao y accede entrevistarse con el General alzado en el sitio denominado Gurabo, de Mao, en 3 de mayo de 1931.  Trujillo deja sus tropas acantonadas en Guayacanes, unos 132 hombres fuertemente armados, e ingresa solo al territorio controlado por Arias entrevistándose con él; fruto de esta reunión el general Desiderio Arias recibe armas, municiones, ofertas de empleos para sus seguidores, y otras promesas y favores diversos, incluso Trujillo le ofrece construirle una casa para su esposa, en ese momento doña Pomona Navarro de Arias -hermana del famoso guerrillero Andrés Navarro-, lo cual motiva su decisión de dejar las armas y regresa a Santiago en compañía de Trujillo en fecha 4 de mayo de 1931.  Concluye la primera batida.
Desde 1931 se incrementa el apoyo de los Estados Unidos a Trujillo quien recibe varias visitas de importantes figuras de la política de ese país.  Trujillo recibe la visita del general Rufus Lane; inclusive, el 11 de mayo de 1931 se produce la visita de Charles A. Thompson, opuesto a la presencia de Watson, y, quien se sorprendió porque no entendía como un país sin marina tenía un "agregado naval".  Temiendo ser alejado de Trujillo Watson visita a Teodoro Roosevelt hijo, gobernador de Puerto Rico, quien era el encargado de trazar la política de los Estados Unidos en la región caribeña.
Thomas Watson era visto por la inteligencia de Estados Unidos como un asesor de Trujillo, un asociado de la dictadura, y un empleado asalariado del gobierno.  El 22 de mayo de 1931 Trujillo se entrevista con el gobernador de Puerto Rico T. Roosevelt hijo en la margen oriental del río Ozama donde funcionaba el aeropuerto.
Se sabe que el 22 de mayo de 1931 mataron un teniente en Santiago; esto coincide con el hecho de que Arias dejó de visitar el Congreso en su condición de Senador por Monte Cristi.  Según un informe de inteligencia de Watson,[2] Arias temía ser asesinado en Santiago, en donde se produjo un levantamiento: el de Francisco Kundhartt, ex-jefe de la policía local.  Posteriormente, el 2 de junio el ejército mató dos personas entre Azua y Barahona, ambos partidarios de Arias.
La segunda rebelión de Arias estuvo antecedida de la publicación de un manifiesto en 10 de junio de 1931, en donde el general noroestano denunciaba varios asesinatos y fusilamientos cometidos por el dictador en las poblaciones de San Francisco de Macorís (18 muertos), Puerto Plata (116 muertos), y Moca (132 muertos), vinculados a la rebelión de Bencosme.  Se sabe que el día anterior había sido apresado en Santiago uno de sus seguidores.
De hecho la nueva rebelión del general Arias se produjo en 13 de junio de 1931 enviando el general Trujillo sus tropas en su contra bajo el mando de los generales José Estrella y Antonio Jorge quienes fueron encargados de su persecución, captura y ejecución; ese mismo día cayeron dos de los más cercanos guerrilleros de Arias.
El mismo Trujillo dirigió un operativo militar contra Arias en 15 de junio de 1931.  En Mao, las tropas del ejército, unos 220 soldados, leales a Trujillo, dispersaron unos 100 hombres de Arias cerca del pueblo; de los rebeldes, la mitad de ellos estaban armados.  Como en Mao sólo había 200 soldados, fueron enviados a esa plaza, para reforzarla, 250 soldados más, de los cuales sólo llegaron 50.
Arias fue perseguido, incluso por el propio Trujillo, por Monte Cristi, Dajabón, Guayubín, y Sabaneta.  Su centro de acción fueron los cerros de Gurabo Adentro de Mao o Gurabo Francés.  Finalmente la captura de Desiderio Arias se produjo en 20 de junio de 1931, siendo ejecutado al día siguiente, el 21 de junio.  El cadáver fue mutilado horriblemente, incluso desprendiéndole la cabeza.
El verdadero captor del general Desiderio Arias fue el mayor Mélido Marte quien comandaba la compañía que lo perseguía, y de manera directa fue el sargento Ismael Reyes Ortiz quien disparó su ametralladora de mano  hiriendo gravemente al caudillo liniero, llamado popularmente El Héroe de Cañongo. Luego de su captura, el entonces teniente Ludovino Fernández  lo haya herido, revolcándose en el suelo del dolor, con un balazo que lo había dañado la columna vertebral y lo había paralizado.  Fue enviado un cable a Trujillo sobre el estado de Arias al momento de ser capturado, y Trujillo ordenó que lo ametrallaran y que le llevaran su cabeza en una bandeja.
El teniente Fernández cumplió la orden con extremo salvajismo.  Tomó un filoso machete y de un tajo descabezó al general Arias, el resto del cuerpo fue ametrallado quedando con más agujeros que un guayo.  Ni Los Carpinteros del célebre Cirilo de los Santos (a) Guayubín hubiesen hecho tal prodigio.
A seguidas el teniente Ludovino Fernández ordenó a sus guardias que introdujesen la cabeza del muerto en un macuto, gurdándosela a Trujillo en la gaveta de un escritorio, y entregándosela  personalmente al Presidente cuando llego a Mao desde Santiago acompañado de un amplio séquito de sicarios, lambones, adulones, limpiasacos y cagatintas, y casi de inmediato el sanguinario Dictador ordenó el inmediato ascenso a Capitán del Teniente machetero. 
Luego, el general Trujillo, con su acostumbrada pose teatral y simulando que lamentaba la muerte de Arias, dio la orden, visiblemente nervioso, al doctor Ángel Delgado Brea para que este restableciera la cabeza al cadáver mediante sutura.
Sin embargo, cuando regresaron los militares al sitio donde abandonaron el cuerpo de Arias no lo pudieron encontrar –posiblemente los perros de la zona lo habían devorado o los campesinos lo habían enterrado- por lo cual, según dicen Ángel Miolán y Burke, el teniente Ludovino Fernández descabezó un cuerpo de otro guerrillero muerto para que le cosieran la cabeza del general Arias.  Entonces, siguiendo una práctica de los colonialistas españoles y angloamericanos su cuerpo fue paseado por los pueblos del norte, y luego se le entregó, en la ciudad de Santiago, donde residía Arias, a la señora doña Pomona Navarro viuda Arias para que lo inhumara.  Trujillo fue al velatorio a darle su más sentido pésame, y los obsequios ofrecidos a la viuda fueron rechazados con fina cortesía y con la dignidad propia de la mujer dominicana genuina.
Al caer el caudillo liniero contaba con 100 hombres (50 con armas); tenían 14 rifles y dos ametralladoras regaladas por Trujillo para su defensa personal.  Algunos de sus seguidores escaparon hacia Haití, entre ellos los guerrilleros Pablo Terrero, Bruno de La Cruz y José Diego Grullón.  El Norte quedó tranquilo.
Watson sostiene que Arias fue traicionado por un puertoplateño.  Coinciden Watson y José Almoina porque este último considera que fue traicionado por Mario Fermín Cabral (nativo de Puerto Plata), y opina que "El movimiento de Desiderio Arias no tenía ni simpatía ni objetivo noble de ningún género.  Era un brote del sistema cantonal y del individualismo partidarista de los días de Ulises Heureaux".[3]
El 10 de julio de 1931 Rafael Trujillo regresa a Santo Domingo tras haber dejado pacificado el norte tras la caída de Arias.  Y el 23 de julio de 1931 decide crear la Academia de la Historia como una de sus “herramientas” institucionales para el dominio ideológico del pueblo dominicano, teniendo posiblemente como premisa que quien maneja el pasado controla el futuro.
Referencias:

[1] Domínguez, Jaime De Jesús, P. 19
[2] ANEU-DE. Reporte de inteligencia Núm. 4 del 8 de junio de 1931.
[3] Almoina, José: Una satrapía en el Caribe, P. 108.

Wednesday, October 17, 2012

Comentarios sobre la obra del doctor Hugo Tolentino Dipp titulada “Raza e Historia en Santo Domingo”

NOTIHISTORIADOMINICANA



Por: Francisco Berroa Ubiera



La obra del historiador, jurista, académico y político doctor Hugo Tolentino Dipp titulada: “Raza e historia en Santo Domingo”, constituye un interesante estudio de tipo histórico sobre el origen del prejuicio racial en la sociedad colonial vinculado al problema social.
Como muy bien explica el antiguo Rector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) en la parte introductoria de su obra: “La estigmatización y discriminación de la raza india y negra tiene su raíz histórica en el colonialismo…”[1], y por lo tanto, es a su juicio, la ideología del colonialismo español vinculado a las concepciones de los teólogos, colonos e intelectuales lo que permite elaborar una concepción de tipo racista.
Los españoles justificaron la esclavitud del indio en determinados principios morales.  Para ellos, el indio era partidario de la idolatría, de la herejía, del canibalismo, y es considerado hasta sodomita, vago, pendenciero, etc., por todo lo cual en su contra se justifica la esclavitud sobre la base de criterios extraídos de la religión.
Por lo tanto, el derecho divino se hace el instrumento de opresión: la justa guerra se fundamenta en los justos títulos obtenidos por las bulas de donación del Papa Rodrigo Borgia, Alejandro VI, y en otros casos el motivo se hallaba en las causas siguientes: causa licita, autoridad legítima, recta intención y justa manera de hacerla, ello así para ocultar los verdaderos fines perseguidos por los conquistadores: sed de oro y la necesidad de enviar esclavos a España para ser vendidos.
En fin, al indio lo consideran “cosa”, “bruta animalia” por mandato de las leyes consideradas “divinas”, y en franca negación y oposición radical a los principios de la Jus Naturalis, por lo cual, debían ser considerados hombres como los demás.
El Autor analiza por medio de un interesante recuento histórico el tránsito de los sistemas de explotación usados para explotar originalmente a los indígenas de La Española, estos fueron: la Factoría Colombina y sus diversas modalidades de aplicación (1492-1499); los Repartimientos de tierras e indios (1499-1503); y las Encomiendas de tierras e indios impuestas durante el régimen ovandino en el periodo comprendido entre 1503 a 1504, en fin, se estableció en Santo Domingo un régimen de tipo esclavista, acompañados en el plano ideológico de los elementos justificativos de tales métodos.
En su preocupación de documentar con ampulosidad sus argumentos, el doctor Hugo Tolentino asume la postura del historiador social identificado con la escuela francesa de los Annales, aunque denota una importante y decisiva influencia en su pensamiento de las ideas marxistas y del materialismo histórico y dialéctico.  Aunque hay momentos en los cuales aborda su problemática desde el punto de vista de un verdadero antropólogo social, otras veces recurrirá a la etnohistoria, aunque su estudio se enmarca también en el contexto de la ciencia jurídica al realizar el análisis del origen y evolución del derecho indiano, así como las causas de su génesis: el sermón del padre Montesinos, la defensa del indio hecha por los padres dominicos, las denuncias del padre Las Casas, etc., hasta su consagración inicial y posterior desarrollo: Leyes de Burgos, Leyes de Valladolid, Requerimiento Indiano, etc.
Tolentino, colocado en la pose de un humanista temporalmente ubicado en el siglo XX, trata de justificar en su obra, lográndolo muy bien, las causas reales de la esclavitud del indio y del africano, aunque notablemente influenciado por un humanismo clásico propio del siglo XVI, por lo cual recurre reiteradamente a citar la obra del defensor de los indios por antonomasia: el padre Bartolomé de Las Casas.
Partiendo del análisis de las concepciones de Aristóteles y de la jurisprudencia racista del siglo XVI, Tolentino rastrea la idea del prejuicio racial en la explotación que el colono imponía al indio[2] y ratifica: “La finalidad del colonizador era ratificar la idea de la incapacidad natural de los indios para vivir en libertad a fin de poder mantenerlos en su condición de explotados serviles”.[3] Así, durante todo el siglo XVI el debate sobre la naturaleza del indio preocupara a los teólogos españoles, y en fin, a toda Europa. Como afirma Leví-Strauss: “América coloco a la humanidad en su primer caso de conciencia”.[4]
Destaca don Hugo Tolentino la polémica entre Las Casas y Sepúlveda, y otras similares, para concluir en esta afirmación: “El prejuicio racial frente a los indios estableció, de manera tajante, una vinculación estrecha entre los fenómenos biológicos y la actividad social del hombre.  El racismo introdujo, subrepticiamente, en el caso de los fenómenos sociales los problemas biológicos como causalidad histórica eficiente y principalísima”.[5]
Son las diferencias de tipo racial las bases del racismo visto como una ideología de la explotación.  Por eso, “Este tipo de representación, de conciencia social racista, que creaba el colonizador, haría fortuna entre quienes estructuraban la base esclavista de la explotación de los indios”.[6]
En el segundo capítulo de su interesante obra el doctor Hugo Tolentino analiza el problema de la “Limpieza de sangre”.  Esta tesis, surgida originalmente en España y motivada por cuestiones religiosas, en tanto se le negaba al judío converso su entrega absoluta al credo religioso aceptado por él en el momento del bautizo a la fe católica, pero, con la aparición en América del mestizo, primero, y del mulato, después, se dio vigencia, en el Nuevo Mundo, al prejuicio de la limpieza de sangre, así como a la probanza del tal higiene intravenosa.  Como lo dice el Autor: “Pero limpieza no sería sinónimo de pureza religiosa, sino racial.  Ni en el mestizo ni en los descendientes de negros se busco establecer la prueba de la ascendencia de herejes sino de razas inferiores”.[7]
 Sobre el problema de la miscegenación hispano-indígena, con el surgimiento del tipo mestizo, Tolentino atribuye su aparición “a la falta de mujeres europeas”[8]., y destaca que este proceso de miscegenación quedo formalmente iniciado el 25 de diciembre de 1492 a ser fundado por Colón el fuerte de La Navidad, “prólogo de una corriente sexual entre el español y la india sólo detenida con la desaparición física de ésta”, [9] ya que ni siquiera Ovando, quien se opuso radical y represivamente al concubinato de españoles con las mujeres nativas, fue capaz de detener el proceso de mescolanza inter-étnica en la isla de Santo Domingo.
Tolentino pone de manifiesto el papel desempeñado por el gobernador Don Nicolás de Ovando, primero, y luego por Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés para conjurar la relación que fue más común entre los españoles residentes en la colonia a principios del siglo XVI: la relación con las indias.
Por ello el prejuicio se justifica en la supuesta inferioridad, en la supuesta fealdad, o en la supuesta incapacidad de la mujer indígena frente a la europea.
Reducida la población de la Isla de un total de no se sabe cuántos indios, aunque algunas fuentes señalan que eran más de siete millones en 1492, el censo de Alburquerque revelo la sola existencia de unos 25,303 indios.  Dada la baja demografía, para mantener la producción colonial se importaron indígenas de las pequeñas Antillas y de las Bahamas, primero, y luego se inicia el tráfico de esclavos africanos que no se detuvo sino hasta la segunda mitad del siglo XIX.
El exterminio masivo de los indios de la Isla, acaecido en la segunda mitad del siglo XVI, fue un factor que decidió la posterior desaparición del mestizaje, los cuales, según carta de Francisco de Barrionuevo al emperador Carlos V de fecha 22 de agosto de 1533 decía que: “Aquí hay muchos mestizos de hijos de españoles e indias que generalmente nacen en estancias y despoblados”, expresando de inmediato sus innumerables prejuicios en contra de estos.
El Autor aborda en otro capítulo el problema de la esclavitud del africano, y afirma al respecto: “El negro por su parte, conocería una ruda explotación en el seno de las plantaciones azucareras (1515-1580)”, y explica las causas de tal trafico: la introducción masiva de esclavos negros a partir del fracaso del modelo minero planteo el problema de la esclavitud en términos diferentes en cuanto al nuevo depositario de la explotación: el africano.
La industria azucarera se desarrolla a partir de 1515 y como la nueva actividad productiva demandaba fuerza laboral esclava, ¿Quién mejor que el negro africano?
El descenso de la población aborigen y la necesidad de fuerza laboral obligan a la importación masiva de esclavos.  Por ello, se pone de moda el archiconocido negocio del viaje triangular, es decir, la importación masiva de esclavos africanos con destino al Nuevo Mundo, por lo cual, para tales fines serán otorgadas infinitas licencias para realizar dicho tráfico, recurriéndose simultáneamente a los contratos y convenios diversos con los portugueses a fin de incrementar el trafico esclavista o trata negrera.
El historiador aborda asimismo el asunto de la Leyenda Negra por medio de la cual le fue atribuido al padre Las Casas un alto y casi absoluto grado de responsabilidad en la esclavización masiva de los africanos en América en su interés de supuestamente librar a los nativos de la terrible explotación a que fueron sometidos, señalando de paso a los verdaderos responsables de tal comercio. Primero el rey hispano Fernando El Católico, quien tras la muerte de Isabel en 1504 hizo pronunciado acto de desenfreno para profundizar la esclavitud del negro en nuestro continente, y en segundo lugar, por la responsabilidad compartida de los miembros de la nobleza cortesana, el alto clero, los funcionarios coloniales, y los propios colonos y conquistadores.
A quienes en esta época tratan de explicar la esclavitud del negro sobre la base de planteamientos de tipo moral, como ocurre con los historiadores norteamericanos Frank Tannembaum y A. Elkins, quienes buscaron justificar la esclavitud en cuestiones morales y no en sus verdaderos soportes materiales: la economía, la política y la estructura social de las sociedades coloniales americanas, destacando que la esclavitud del africano corrió paralela al desarrollo del capitalismo a escala mundial, constituyendo un factor determinante en los procesos de acumulación originaria verificados para aquellos años en el Nuevo Mundo.
Sobre la demografía colonial, sostiene que en la segunda mitad del siglo XVI la Isla contaba con apenas unos 8,000 esclavos africanos, consideración que asume el Autor con una gran fuerza de afirmación y de convicción personal pero sin ofrecer argumentos verdaderamente consistentes, demostrables y comprobables con estadísticas censales.  Para justificar su opinión aporta como única cifra el censo de población realizado por don Antonio de Osorio en 1606 el cual da a conocer una población de 9,648 habitantes.
En cuanto a los prejuicios en contra del negro, los cuales se intentan justificar en su color en inferioridad, Tolentino nos afirma: “El pluralismo cultural que encarnaban blancos y negros alcanzó así una valoración racial cuyo origen se encontraba en la necesidad que sintió el explotador de explicar la violencia de la esclavitud”.[10]
Toca asimismo el Autor el problema de la resistencia de los esclavos africanos, y en este sentido hace una apretada síntesis explicativa de las más importantes luchas de los rebeldes cimarrones: la rebelión del ingenio La Isabela de Diego Colon o rebelión de Los Negros Gelofes (22 de diciembre de 1522), siendo los rebeldes posteriormente perseguidos y masacrados; las cimarronadas, rebeliones ocurridas en toda la Isla a partir de los años veinte del siglo XVI, fruto de las cuales sale fortalecido el prejuicio en contra de los negros, pero este prejuicio, sobre todo contra los denominados ladinos, se fue agigantando, y al esclavo que habla castellano por haber estado residiendo en la Península antes de viajar al Nuevo Mundo, se le ha de considerar “ingrato, de malas costumbres y bellaco”, en cambio al bozal, es decir, al esclavo que no habla castellano y llega desde África se le ha de considerar como un buen esclavo, “la bestia absoluta, considerada mansa y buena”.[11]
Esta visión de los colonos hacia los ladinos y bozales solo expresa una profundización del prejuicio racial en contra del negro.  Se entendía que el ladino “disfrutaba de las tradiciones, de los “mores”, las costumbres y las leyes españolas referentes a la esclavitud”.[12]  Prejuiciado, sin familia, desvinculado de su medio geográfico y de su organización socio-cultural, desarraigado de su medio histórico, ultrajado en su humanidad, al negro se le explota con avaricia, y si escapa se le castiga, y contra el surgen diversas prohibiciones: no pueden viajar, no pueden usar prendas, son verdaderos animales para el “vecino español”, y cuando se envalentonaba y hacia su escape de cimarrón, “solo en la lejanía del palenque el Negro no sufría de manera discreta la opresión y el prejuicio sociales, pero tampoco escapaba de ellos”[13], ello así porque “la conciencia de ser pobre y negro vino a ser sinónimo de causalidad histórica.  Del negro se quiso hacer, por sus peculiaridades raciales, el explotado eterno”.[14]  Este prejuicio racial tuvo dos fines específicos: privar al negro de toda idea de identidad propia, y hacer del amo blanco la expresión dignificada y superior del género humano a fin de establecer las bases de una desigualdad frente al negro, por lo cual, con el prejuicio racial se pretendía imponer al negro una personalidad sumisa y la aceptación de la sujeción en que se encontraba viviendo como algo inherente a su carácter racial, de donde se desprende la creación del mito de la inferioridad racial, la cual se halla expresada en el cancionero popular en coplas como esta:
Yo no me caso con negro
Por no caer en desgracia,
Y tener en pleno día
La noche oscura en mi casa.[15]

O esta otra
¡Ay, el blanco huele a rosa,
Y el indio huele a tabaco,
Pero los malditos negros…
A berrenchín de chivato.[16]

He aquí el resultado, un prejuicio que se mantiene vivo en la mentalidad del dominicano de hoy.
El esclavo negro o el cimarrón fueron objeto del trato prejuiciado durante siglos.  El cimarronaje se castigo de forma sumamente violenta.  El rebelde se marcaba: se le cortaba la oreja, un pie, los dedos de ambos pies, era ocasionalmente hechizado, etc.…, y en algunos casos le cortaban hasta los genitales, sin embargo, esta ultima practica quedo eliminada porque tal castigo afectaba la reproducción de la especie, lo cual significaba una afectación a los propietarios y a todo el sistema establecido.
Los prejuicios de la colonia continuaron en la República, y la mejor manera de constatarlo y evidenciarlo es el estudio de la poesía popular de Las Antillas.  Veamos estos versos de don Manuel del Cabral:

Negro Manso

Negro Manso
Ni siquiera tienes la inutilidad
De los charcos del cielo.

Sólo
Con tu sonrisa rebelde
Sobre tu dolor,
Como un lirio valiente que crece
Sobre la tierra del pantano.

Sin Embargo,
Negro manso,
Negro quieto:
Hoy la voz de la tierra te sale por los ojos,
(Tus ojos que hacen ruido cuando sufren).



[1] Tolentino, Hugo.  Raza e historia en Santo Domingo, editora UASD, Santo Domingo, 1974.
[2] Tolentino, 1974, P. 40.
[3] Tolentino, 1974, P. 42.
[4] Leví-Strauss, 1975, P. 18.
[5] Tolentino, 1974, P. 52.
[6] Tolentino, 1974, P. 51.
[7] Tolentino, 1974, P. 71.
[8] Tolentino, 1974, P. 72.
[9] Tolentino, 1974, P. 75.
[10] Tolentino, 1974, P. 187.
[11] Tolentino, 1974, P. 179
[12] Ibídem, P. 181.
[13] Ibídem, P. 191.
[14] Ibídem, P. 195.
[15] De Nolasco, Flérida. Santo Domingo en el Folklore universal.  Ciudad Trujillo, 1956, PP. 304.
[16] De Nolasco, Flérida. Santo Domingo en el Folklore universal.  Ciudad Trujillo, 1956, PP. 183.