Saturday, April 10, 2010

La Muerte de Francisco Sánchez del Rosario

NOTIHISTORIADOMINICANA






Blogalaxia


Por: Francisco Berroa Ubiera
Historiador
El monumento de la fotografia que encabeza esta noticia histórica presenta el lugar en donde fue fusilado nuestro héroe nacional, el general Francisco Sánchez del Rosario, quien cayó abatido a balazos por órdenes del general Pedro Santana en cuatro de julio de 1861.

Ese importante monumento fue construido por iniciativa de la Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas Dominicanas en el año 2007, siendo el Ministro de los cuarteles el pundonoroso militar mayor general E.N. Ramón Antonio Aquino García a quien dedico este articulo por su iniciativa patriótica, y en él a todos los hombres de uniforme.

La causa principal de su muerte fue su entereza patriótica. Cuando el 18 de marzo de 1861 se produjo la anexión a España, casi de inmediato comenzaron las protestas antianexionistas.

Sobre esta desacertada decision de Santana, el agente y aventurero norteamericano general William Cazneau le escribió un informe al secretario Black de Estados Unidos comentándole que: "Cuatro quintas partes de los dominicanos sin distinción de clase o de color están aturdidos ante la perspectiva de volver bajo el yugo de España."

A este justificado aturdimiento de los dominicanos siguieron las protestas contra la anexión: externas e internas, cívicas y armadas.

Desde Sudamérica protestaron Chile, Ecuador y Bolivia (1861); y desde Saint Thomas, entonces posesión colonial danesa elevaron su voz de repudio los generales Francisco del Rosario Sánchez y José María Cabral (antes y después de consumada la anexión), quienes al enterarse de que la incorporación a España era un hecho, expresaron de inmediato que "Pedro Santana, el tirano de Santo Domingo...después de estar explotando y tiranizando la República Dominicana por 17 años procedía a eliminar su independencia en favor de una potencia extranjera."

Los patriotas viajaron a Haití, y constituyeron en el vecino país una junta revolucionaria formada por los señores Manuel María Gautier, Valentín Ramírez, José María Cabral, Damián Báez, Pedro Alejandrino Pina, Domingo García, Francisco Saviñón, y otros.

Un poco después protestó enérgicamente el general Fabré Geffrard, presidente de Haití, Estado que veía amenazada su soberanía, causando su protesta que una poderosa escuadra de la marina española comandada por el Almirante Rubalcava se destacara frente a Puerto Príncipe, exigiéndole a Geffrard una indemnización de 200,000 pesos fuertes; un saludo a la bandera española de 21 cañonazos; el control de la frontera con el Este de la Isla, y, que se impidiera mediante la censura gubernamental que la prensa haitiana se ocupara de la cuestión de Santo Domingo, todo lo cual fue aceptado por el gobernante haitiano.

En el plano interno, aparte de las declaraciones antianexionistas, hubo conatos de
rebelión en San Francisco de Macorís (marzo de 1861), en Moca (mayo de 1861), así como en otras localidades.

La aceptación formal de la anexión de Santo Domingo a España se produjo por medio de un Real Decreto dado en Madrid en 19 de mayo de 1861, siendo Santana congratulado personalmente por la Reina Isabel II por medio de una carta firmada en el Palacio de Madrid en 26 de mayo de 1861.

Esta reincorporación daría lugar a la gesta de restauración, entendida como nuestra segunda guerra de liberación nacional, cuyo embrión fue la protesta de la villa de San Francisco de Macorís, encabezada por don Manuel Rojas acompañado de unos 50 patriotas, quienes hicieron descender la bandera española para elevar de nuevo a su sitial glorioso el pabellón dominicano, en 23 de marzo de 1861.

La lucha continuó en Puerto Plata, y se elevó con la voz de la Iglesia, con la protesta que hizo el Padre Meriño en una misa Tedéum que pronunció en la Catedral de Santo Domingo, durante la cual, el ministro de Dios le enrostró a Santana que "el patriotismo era la primera de las virtudes cívicas, es la base de la estabilidad y progreso de los pueblos."

Prosiguió en 2 de mayo de 1861 con el movimiento de José Contreras, José María Rodríguez, José Inocencio Reyes y Cayetano Germosén en la villa de Moca, que tenía una población estimada en 20,000 habitantes. Capturados los insurrectos, el coronel independentista José Contreras, viejo y ciego, fue fusilado por disposición expresa de Santana.

La lucha se enalteció en mayo de 1861, cuando el prócer Francisco Sánchez del Rosario, procedente de Haití, y poco antes en Saint Thomas, con un pequeño grupo de 500 patriotas intentó insurreccionar todo el Sudoeste. Sánchez ingreso al país en mayo de 1861 y sus fuerzas las dividió en tres columnas: Una dirigida por él que se dirigió al Cercado, otra por Fernando Tabera con destino a Neyba, población de 10,000 habitantes que fue rápidamente controlada por los rebeldes, y la comandada por Cabral se dirigió a Las Matas de Farfán, con 2,000 pobladores, siendo el propósito de los expedicionarios tomar el control de San Juan, y luego de todo el sudoeste.

Cuando ingresó al país, que antes se había independizado de Haití, el patriota dijo: "Mas, si la maledicencia buscare pretextos para mancillar mi conducta, responderéis a cualquier cargo diciendo en alta voz, aunque sin jactancia que yo soy la bandera nacional". Traicionado, y sometido a un cerco militar, fue herido, y antes de escapar en la grupa del caballo de Timoteo Ogando, prefirió permanecer al lado de sus hombres, siendo capturado en la loma de Juan Santiago en el trillo que conduce desde Hondo Valle al vecino Haití, fusilado con 21 de ellos en 4 de julio de 1861, entre los cuales se encontraban Manuel Baldemora, Julián Morris, Benigno del Castillo, Gabino Simonó Guante, Domingo Piñeyro Boscán, Félix Mota, Francisco Martínez, José de Jesús Paredes, Rudescindo de León, Juan Erazo, José Antonio Figueroa, Pedro Zorrilla, Juan Dragón, León García, José Corporan, Epifanio Jiménez, Luciano Solís, Juan de la Cruz, Gregorio Rincón, entre otros valientes dominicanos.

Cuenta la historia oral de los sanjuaneros que el gobernador español general Pedro Santana envió a San Juan de la Maguana al general Antonio Abad Alfau Bustamante para garantizar y dirigir el fusilamiento del general Francisco Sánchez, quien fue juzgado con sus compañeros en la Plaza de Armas, y luego de la condena sumaria a la pena de muerte todos fueron traladados al cementerio municipal siendo fusilados al pie del árbol de guázuma que ilustra la foto.

Se sabe que el general Sánchez -herido de bala en los muslos- fue trasladado sobre una mecedora, cargado, y que al momento de ser acribillado -envuelto en la bandera nacional- cayó de bruces al suelo, y en ese momento el general Alfau Bustamante -blanco y rubio pero cruel- se acercó al patriota que convulsionaba, pateándolo lo coloca bocarriba, y colocándole una de sus botas sobre su nariz le dijo con extremada crueldad: "Riete ahora negrito parejero".

JUAN BOSCH Y SUS IDEAS POLITICAS

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Por: Francisco Berroa Ubiera

Con dedicatoria especial a su excelencia: doctor Leonel Fernández,Presidente Constitucional Dominicano.



En su discurso de toma de posesión como Presidente Constitucional de la República el 27 de febrero de 1963 don Juan Bosch dijo:

“El doctor Segundo González Tamayo y yo acabamos de jurar que desde nuestros cargos de Vicepresidente y Presidente de la República cumpliremos y haremos cumplir con la constitución y con las leyes que nos gobiernan; porque en una democracia no debe haber más gobierno que el de las leyes, y los hombres, cualesquiera que sean sus posiciones, están llamados a ser sólo ejecutores de esas leyes”.
“Ahora bien, al mismo tiempo que ejecutores de las leyes, nos toca ser representantes y defensores del pueblo; y en nombre de ese pueblo que está aquí, frente a nosotros, y también mucho más lejos en ciudades y villorrios apartados, solicitamos del Congreso Nacional leyes indispensables para afirmar en este país, no sólo la democracia política, sino también la democracia económica y la justicia social. De Ustedes, senadores y diputados elegidos por el pueblo –sean del partido que sean-, el Gobierno que se inicia hoy espera un trabajo continuo para darles a los dominicanos un puesto bajo el sol entre los países avanzados.”




Siendo Presidente, declaró el 13 de marzo que:
"En América Latina en estos momentos no hay alternativa. Ahora no hay lugar para dictaduras personalistas como la que nosotros sufrimos. El dilema es uno solo y bien claro. O democracia o comunismo, y comunismo significa muerte, guerra, destrucción y perdida de todos nuestros bienes".




Y en su discurso del 23 de abril de 1963, Juan Bosch definió su humildad con estas palabras:

"Cuando tomé posesión del cargo de Presidente de la República lo hice en traje de calle, sin banda presidencial, sin honores militares, porque la democracia tiene que ser humilde. Uso automóvil particular, con placa particular, automóvil que no es de pescuezo largo, porque la democracia tiene que ser humilde. La humildad en mí no significa esfuerzo. Soy naturalmente humilde".


Declara el 26 de septiembre de 1963, un día después del golpe de estado, que:

"Nos hemos opuesto y nos opondremos siempre a los privilegios, al robo, a la persecución, a la tortura. Creemos en la libertad, en la dignidad y en el derecho del pueblo dominicano a vivir y desarrollar su democracia con libertades humanas, pero también con justicia social. En siete meses de gobierno no hemos derramado una gota de sangre, ni hemos ordenado una tortura, ni hemos aceptado que un centavo del pueblo fuera a parar a manos de ladrones. Hemos permitido toda clase de libertades y hemos recibido toda clase de insultos porque la democracia debe ser tolerante; pero no hemos tolerado persecuciones, ni crímenes, ni torturas, ni huelgas ilegales, ni robos, porque la democracia respeta al ser humano y exige que se respete el orden público y demanda honestidad. Los hombres pueden caer, pero los principios no".

JUAN BOSCH Y EL GOLPE DE ESTADO DE 1963

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25 de Septiembre, 2007
La Historia Secreta del Golpe de 1963




La Historia Secreta del Golpe de Estado de 1963 es un conjunto de tres discursos que el profesor Bosch dijo a través de Tribuna Democrática los días 25, 26 y 28 de septiembre de 1970, al cumplirse siete años del golpe militar que derrocó el gobierno que él presidía, y se publica ahora en POLITICA: Teoría y Acción porque en los trece años que han pasado desde entonces han entrado en la mayoría de edad muchos dominicanos, por lo menos, unos 750 mil, que no conocieron esa historia cuando fue dicha y publicada en varios periódicos hace ahora trece años.

Al ponerla a disposición de esta revista para que la publicara en ocasión del cumplimiento de los veinte años del golpe de 1963, el profesor Bosch le hizo algunas pequeñas correcciones pero ninguna de ellas en la descripción de los hechos y sus causas sino sólo en consideraciones políticos sobre la parte que jugó en esos acontecimientos el presidente Kennedy.

Queremos llamar la atención de los lectores sobre un aspecto de ese trabajo que consideramos muy importante, y es que en él se dijo por primera vez que el golpe de Estado de 1963 fue ordenado por la Misión Militar norteamericana, y se dan los datos comprobatorios de esa afirmación, y sin embargo, todavía hoy, a veinte años de aquel día, los políticos dominicanos, y especialmente los del PRD, se refieren a ese episodio de nuestra historia achacándoles la decisión de dar el golpe a los jefes militares dominicanos.
I
Hay muchos dominicanos, y yo diría que una mayoría de dominicanos, que han estado creyendo durante siete años que los autores del golpe de 1963 fueron los militares que firmaron el documento mediante el cual se declaró derrocado el gobierno que el pueblo había elegido nueve meses y cinco días antes. Pero sucede que muchos de esos militares no tuvieron nada que ver con el golpe. Sus firmas aparecen en la proclama porque estaban en el Palacio Nacional la noche del 25 de septiembre, no porque tomaran parte en los acontecimientos. Es más, algunos llegaron al Palacio sin saber qué era lo que estaba sucediendo allí, cosa, por ejemplo, que le pasó al general Belisario Peguero; otros firmaron la proclama mientras decían que ese golpe era un error que iba a costarle muy caro al país, y tal fue el caso del general Renato Hungría; otros la firmaron porque creyeron que si no lo hacían perderían sus rayas y hasta sus uniformes. El ex-general Elías Wessin-Wessin declaró hace algún tiempo, mientras se hallaba en los Estados Unidos, que fue él quien derrocó al gobierno constitucional de 1963, y que si tuviera que hacerlo otra vez lo haría de nuevo; pero el ex-general no fue ni el autor ni el jefe del golpe. A él lo llevó al Palacio Nacional el ex-general Atila Luna, a las tres de la mañana, cuando ya la suerte de la República había sido resuelta por otros, y lo mismo que hicieron otros, puso su firma en la proclama sin llegar a darse cuenta de lo que iba a significar la noche del 25 de septiembre en la historia dominicana. Al hacer esas declaraciones que hizo, el ex-general Wessin-Wessin estaba ganando indulgencias con camándula ajena, si bien esas indulgencias no lo eran, y más bien eran todo lo contrario.

Una Historia Desconocida La historia desconocida del golpe va a ser contada ahora, al cabo de siete años, porque hizo falta todo ese tiempo para que yo fuera reuniendo los detalles, algunos de los cuales estaban guardados en el mayor secreto, como si fueran oro en polvo. Pero en esa historia no voy a referirme a los antecedentes políticos, que reservo para otra ocasión; voy a hablar de los hechos, tal y como éstos se produjeron.

A mediados del año 1963 recibí una llamada telefónica de Juan M. Díaz, un dominicano que vive en New York desde hace por lo menos treinta y cinco años; me dijo que quería verme y llevarme una persona y que se trataba de algo urgente. Le respondí que fuera a mi casa a medio día, y cuando fue me presentó a su amigo: era el ex-general haitiano Leon Cantave, un hombre alto, claro para ser haitiano, de pelo blanco, que había sido jefe del ejército de Haití en los primeros años del régimen de Duvalier. Díaz y Cantave iban a pedirme que les facilitara medios, armas y una base en territorio dominicano para preparar una expedición contra el gobierno de Duvalier. Antes que ellos, otros haitianos me habían pedido lo mismo, y entre ésos recuerdo al padre Jacinto, a Pierre Rigaud, a Louis Dejoie; a todos los cuales les había respondido lo mismo que les dije ese día a Juan M. Díaz y al ex-general Cantave: que el gobierno que yo presidía no podía intervenir en los asuntos de otro país porque el día que lo hiciera no tendría autoridad moral para impedir que otro gobierno interviniera en los asuntos dominicanos. "Nosotros", les dije, "estuvimos preparados en el mes de abril para actuar contra Duvalier porque éste invadió con su policía la Embajada dominicana en Haití, y eso se considera en todas partes, del mundo como una agresión contra la soberanía del Estado al cual pertenece la Embajada; pero no podemos entrar en actividades ocultas y conspirativas contra Duvalier, porque éso sería intervenir en los asuntos políticos de los haitianos y además es contrario a los principios de un gobierno democrático, pues en el
régimen democrático no se hacen ni deben hacerse cosas ocultas. En el sistema democrático, el pueblo debe estar enterado de lo que haga su gobierno".

Debo decir que me sorprendió la rapidez con que Juan M. Díaz y Cantave aceptaron lo que les decía. De hecho, no trataron de convencerme de que debía complacerlos, y se fueron, y yo me quedé pensando en lo rara que parecía su actitud, porque viajar desde New York hasta Santo Domingo para plantear un asunto tan importante e irse sin hacer esfuerzos para conseguir lo que habían venido a buscar era algo que no me parecía normal. Pero como ustedes verán, lo que pasaba era que esa visita tenía un propósito secreto, pues al ex-general Cantave no le hacía falta que yo le dijera que sí ni le importaba que le dijera que no. Por detrás de él había una fuerza poderosa, mucho más poderosa que la del presidente de la República Dominicana. Lo único que necesitaba esa fuerza era usar la visita del ex-general Cantave a mi casa, sin importarle lo que yo le hubiera dicho. Y así fue.

A principios de julio recibí una nota de un haitiano en la que me decía que deseaba verme para explicarme por qué había abandonado el campamento de Sierra Prieta. Me quedé sorprendido al leer la nota, porque no tenía la menor idea de que había un campamento de haitianos en Sierra Prieta, que como ustedes saben está cerca de Villa Mella, y por lo tanto cerca de la Capital. Le mandé decir al haitiano que fuera a verme en la noche, y al hablar con él me enteré de que allí, en Sierra Prieta, había unos 70 ú 80 haitianos haciendo ejercicios militares y prácticas de tiro bajo
el mando del ex-general Leon Cantave y de algunos ex-oficiales haitianos; y me enteré de algo asombroso, increíble: que eso estaba haciéndose con el conocimiento del ministro de las Fuerzas Armadas dominicanas, el general Elby Viñas Román. Esa misma noche hice citar a los generales Viñas Román y Renato Hungría. Este último era jefe de Estado Mayor del Ejército. Cuando les pregunté si era verdad que en Sierra Prieta había haitianos haciendo entrenamiento militar, el general Viñas Román contestó que sí, y al preguntar yo que quién había autorizado eso me respondió que él había dado las órdenes porque el ex-general Cantave le había dicho que yo había aprobado esa medida, pero que si yo no estaba de acuerdo con lo que estaba haciéndose daría inmediatamente las órdenes para que los haitianos abandonaran el lugar. "Claro, general", le dije. "Yo no puedo aprobar nada parecido a eso, y en lo
sucesivo, antes de lanzarse a tomar decisiones de naturaleza política, espere ordenes mías y no se atenga a lo que le diga en nombre mío cualquier persona, y mucho menos un extranjero". El general Viñas Román dijo que así lo haría y nunca más volví a oír noticias de haitianos que se entrenaban en nuestro país. Pero ahora, al cabo del tiempo, después de haber hecho las debidas averiguaciones, estoy en condiciones de decir que una semana después del día en que el general Viñas Román me dijo que no volvería a actuar como lo había hecho, el ex-general Cantave estaba
de nuevo en Sierra Prieta, entrenando haitianos, entre los cuales había una mayoría de cortadores de caña de los ingenios y algunos soldados de Duvalier que habían cruzado la frontera huyendo del dictador de Haití. Entre esos supuestos desertores había espías de Duvalier. Por medio de esos espías, Duvalier se hallaba enterado al día de lo que estaba pasando en Sierra Prieta, a pocos kilómetros de la Capital dominicana. Lo que sabía Duvalier en Puerto Príncipe lo sabían aquí los agregados militares de los Estados Unidos, y lo sabía el embajador norteamericano John Bartlow Martin, que después de la intervención de su país en el nuestro escribió un libro enorme lleno de mentiras destinadas a ocultar su papel en esos hechos; pero no lo sabía el presidente de la República Dominicana. Esa vez no apareció un haitiano que me informara de lo que estaba sucediendo, porque los responsables del engaño habían
tomado todas las medidas para que yo no supiera la verdad.

Las Guerrillas de Cantave


Como una prueba de carácter político, no documental, de que el plan estaba dirigido desde Washington, voy a dar estos datos: En la noche del 2 de agosto, Cantave y los haitianos que estaban entrenándose en Sierra Prieta fueron embarcados en camiones que tomaron el camino de Dajabón, adonde llegaron temprano el día 3; y ese día 3 los
Estados Unidos anunciaron oficialmente que cerraban la misión de la AID en Haití. Esta medida tenía como finalidad hacerles saber a los antiduvalieristas de Haití que los Estados Unidos rompían totalmente con Duvalier, y que por tanto el ataque que iban a llevar a cabo inmediatamente Cantave y sus hombres contra el gobierno de Duvalier tenía el apoyo norteamericano.

Los hombres de Cantave fueron llevados hasta la bahía de Manzanillo, en el lugar donde desemboca el río Masacre.

Iban con uniformes y zapatos nuevos y con las armas que se les habían cogido en junio de 1959 a los expedicionarios que habían venido de Cuba por Constanza, Estero Hondo y Maimón, con el propósito de derrocar a Trujillo. Al amanecer del 5 de agosto, los haitianos penetraron en su país a través de unas siembras de cabuya propiedad de una firma norteamericana, llamada Plantación Delfín, donde les tenían preparados camiones y yipis. La prensa de los Estados Unidos comenzó a publicar noticias en las que se decía que en el norte de Haití había sublevaciones contra el gobierno de Duvalier y que desde cierto lugar del Caribe habían llegado varias expediciones. Sinceramente les digo que yo no podía sospechar que ese ataque había salido de la República Dominicana. Es más, el Embajador Martin estuvo a verme —recuerdo que era de noche— y cuando le pregunté de dónde creía él que habían salido las fuerzas que estaban atacando Haití me respondió que creía que de Venezuela, a lo que yo le respondí con una pregunta, que fue ésta: "¿Es que en la Florida hay algún lugar que se llame Venezuela?". La Florida, como ustedes saben, es territorio norteamericano, un estado de los Estados Unidos, que es lo mismo que si dijeramos una provincia. El embajador Martin era —y debe seguir siéndolo— un hombre sin sentido del humor, y sin embargo al oírme se echó a reír. Ahora, cuando sé la verdad, me doy cuenta de que se reía porque le resultaba gracioso engañar al presidente del país ante el cual él representaba al presidente del suyo. Sólo que John Bartlow Martin, como les sucede a tantos en el mundo, no alcanzaba a darse cuenta de que a menudo el que cree que engaña a los demás está engañándose a sí mismo, y que en una actividad tan complicada como es la política, por el camino del engaño se llega indefectiblemente a la tragedia, como iba a suceder en la República Dominicana, para desgracia de John Bartlow Martin y de su país.

II

El día 16 de agosto se cumplían cien años de haber comenzado la guerra de la Restauración. Esa guerra, llevada a cabo contra España, es un acontecimiento histórico de gran importancia para nuestro pueblo, y aunque nosotros no estábamos en condiciones de hacer grandes fiestas, porque la situación del país no permitía que hiciéramos gastos, el gobierno quiso darle a ese día la categoría que merecía, y entre los actos destinados a conmemorar el primer siglo del comienzo de la guerra se hallaba la inauguración de una escuela en Capotillo. Fue en ese punto, llamado en aquella época Capotillo Español, donde comenzó la lucha cien años antes, bajo la jefatura de Santiago Rodríguez.

Verdaderamente, era una pena para el país que a los cien años del histórico 16 de agosto de 1863 los niños del lugar donde había empezado la guerra de la Restauración no tuvieran escuela. Pero ese día se inauguró una, con la presencia del presidente de la República y el ministro de Educación, Buenaventura Sánchez, así como de otras
autoridades. Lo más lejos que yo tenía en ese momento era que la gente de León Cantave, que había sido derrotada por las fuerzas de Duvalier hacía menos de diez días, había cruzado la frontera muy cerca de ese punto y estaba operando en territorio de Haití.

Efectivamente, al ser derrotado Cantave volvió a nuestro país y se acantonó en Don Miguel, a la vista de la frontera haitiana; allí estableció su campamento en una finca que tenía siembra de tabaco. Yo noté en esa ocasión un exceso de militares y cuando pregunté a qué se debía se me explicó que estaban tomándose precauciones porque se habían recibido noticias de que había un complot para matarme. No había tal complot. Lo que sucedía era que al atardecer del día anterior, 15 de agosto, un grupo de la gente de Cantave había cruzado la frontera y se había internado en
Haití, en dirección hacia un lugar llamado Mount-Organisé, y los militares, que no me habían informado de nada, tenían temor de que pudiera pasar algo que sacara a la luz el plan, razón por la cual no querían que estuviera en Capotillo más tiempo del necesario.

Hay que darse cuenta de que todo lo que estaba haciéndose se hallaba dirigido por extranjeros; que unos cuantos señores extranjeros planeaban lo que los soldados dominicanos debían hacer, y que éstos lo hacían sin el conocimiento del presidente de la República; y en cambio, Duvalier estaba al tanto de los menores detalles de esos movimientos y creía, con razón, que era yo quien daba las órdenes. Duvalier conocía los planes tan detalladamente que en la noche anterior cambió la tropa que tenía en Mount-Organisé, porque tenía el temor de que entre esa tropa hubiera gente combinada con Cantave. Los hombres de Cantave fueron derrotados fácilmente y volvieron a territorio dominicano; esa vez entraron por la Trinitaria. Ese 15 de agosto, una organización internacional de abogados que estaba establecida en Suiza, es decir, a miles de kilómetros de la República Dominicana y de Haití, hizo unas
declaraciones muy fuertes contra Duvalier que fueron publicadas ese mismo día en varios países de América, transmitidas por agencias norteamericanas de noticias. En esas declaraciones se explicaba que Duvalier era un tirano, que se mantenía en el poder gracias a su organización de asesinos llamada Tonton-macutés; que en Haití no había la menor libertad ni para las personas ni para las organizaciones. Todo eso era verdad, pero cuatro años después vino a saberse que esa organización internacional de abogados recibía dinero de los servicios secretos de los Estados Unidos; de manera que la publicación de ese documento, justamente el día en que fue lanzado el segundo ataque de las gentes de Cantave contra Duvalier, es otra prueba indirecta de quienes eran los que estaban dirigiendo las operaciones de Cantave en territorio dominicano.

Unos días después del 15 de agosto, Cantave envió otro grupo a Haití. Ese grupo llegó a Ferrier, muy cerca de la frontera, mató al síndico y volvió a su campamento en nuestro país. Mientras tanto, desde varios lugares del Caribe llegaban a Santo Domingo exiliados haitianos que iban a reunirse con Cantave. En total, el ex-general haitiano llegó a reunir, entre el 20 y el 25 de agosto, 210 hombres. En la noche del 26 de este mes un avión pesado de transporte dejó caer cerca de Dajabón una importante cantidad de armas, entre las cuales había morteros, bazukas, ametralladoras calibre 30, rifles M-1, que eran entonces los mejores que tenía el ejército norteamericano, y ametralladoras de mano M-3. El avión que trajo esas armas a nuestro país venía del campamento Romey, en Puerto Rico, una de las grandes bases militares de los Estados Unidos en el Caribe. Mientras tanto, los agentes políticos que trabajaban con el embajador John Bartlow Martin organizaban la acción política que debía debilitar al gobierno dominicano, tales como aquellas conocidas manifestaciones cristianas, y el propio embajador, queriendo meterme en
una trampa, me propuso el 16 de agosto, en Santiago, que procediera sin pérdida de tiempo a cambiar de política; que expulsara a los comunistas y usara mano dura con los trujillistas. Cuando me habló así le miré de tal manera que él comprendió que había metido la pata y comenzó a pedirme excusas y a explicar que él no quería darme órdenes, que sólo estaba dándome consejos como amigo, no como embajador. Yo me levanté sin responderle y me fui a atender a unos amigos que habían llegado a saludarme. Ese mismo día se celebraron varias concentraciones dizque cristianas en diferentes lugares del país y el cónsul norteamericano en Santiago, a quien la gente le llamaba don Pancho, llegó a la casa de Antonio Guzmán, donde me hospedaba, y protestó en alta voz ante el embajador, el Nuncio Clarizio y otras personalidades por la forma excesivamente violenta en que se atacaba al gobierno en esos mítines. El cónsul don Pancho fue sacado del país al reventar la revolución de 1965, y por la forma en que actuó el 16 de agosto de 1963 y por esa sacada del país en 1965 se ve que no estaba de acuerdo con los planes de sus jefes o que no se le habían comunicado esos planes.

Hablo de estas cosas no por el gusto de recordar asuntos desagradables, porque los políticos que viven pensando en lo que pasó y no en lo que está pasando o va a pasar se vuelven resentidos, y los resentidos no están en capacidad de dirigir a nadie. Estoy haciendo la historia secreta del golpe de Estado de 1963 para que el pueblo conozca los hechos y pueda hacer juicios correctos, y sobre todo para que los jóvenes dominicanos que están entrando o van a entrar en la vida política queden enterados de todo lo que puede suceder en un país como el nuestro, donde un poder extranjero está en capacidad de tomar decisiones que comprometen la vida misma del gobierno dominicano, en lo nacional y en lo internacional, sin que nadie en el gobierno se entere de lo que está pasando.

En toda esta historia, que duró tres meses, no hubo una persona, campesino, obrero, empleado público, dirigente del PRD o de otro partido, que se me acercara a darme una información sobre los movimientos de Cantave; nadie, excepto el haitiano que me contó a principios de julio que él había salido del campamento de Sierra Prieta. Es más, preocupado, por las acusaciones de Duvalier, llamé a algunos militares y les pedí que vigilaran a los hombres de Duvalier; que metieran en Haití gente práctica en los sitios fronterizos para que observaran si Duvalier hacía movimientos de tropas. La OEA celebraba reuniones y mandaba comisiones que se veían conmigo, y yo hablaba con los comisionados en la forma más inocente, sin tener la menor idea de que cualquiera cosa que dijera podía tomarse como una referencia a las fuerzas de Cantave, que seguían acantonadas en territorio dominicano, cuando lo cierto era que yo ignoraba de manera absoluta que Cantave y sus 210 hombres tenían una base en nuestro país.

El Derrocamiento

Debo decir con toda franqueza que no creo que las dos cosas —los ataques contra Haití y las concentraciones cristianas— fueron planeadas con el fin de tumbar al gobierno constitucional. Al repasar los hechos de aquellos días con los informes que tengo ahora llego a la conclusión de que la utilización del territorio dominicano para tratar de derrocar a Duvalier comenzó como un plan aislado cuyo único propósito era acabar con el régimen de Duvalier, que había sacado de Haití a la misión militar norteamericana, cosa que los yanquis no podían tolerar. Los Estados Unidos tenían desde hacía 30 años el compromiso internacional, establecido en tratados aprobados por su gobierno y por su Senado, de no intervenir en los asuntos políticos de otros países de América; pero desde 1954 habían hallado la manera de violar esos tratados organizando expediciones secretas, como fue la de Castillo Armas, que derrocó el
gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala, y la de Bahía de Cochinos, llamada a tumbar el de Fidel Castro en Cuba en abril de 1961. Pero la expedición de Castillo Armas fue organizada en Nicaragua y Honduras con el conocimiento y la ayuda de los gobiernos de Nicaragua y Honduras, y la de Bahía de Cochinos se organizó en Guatemala y en Nicaragua también con el conocimiento y la ayuda de los gobiernos de Guatemala y Nicaragua; y en el caso de la de Cantave no se podía contar con la ayuda del gobierno constitucional dominicano porque ese gobierno respetaba sus compromisos y sus principios, y esos compromisos y esos principios estaban regulados precisamente por tratados internacionales iguales a los que habían firmado los norteamericanos, en virtud de los cuales nuestro país no podía intervenir en la vida política de otro. Los que decidían la política latinoamericana de los Estados Unidos comprendieron rápidamente que el gobierno que yo presidía no se prestaría a hacer el papel que habían hecho los de Honduras y Nicaragua en 1954 y los de Guatemala y Nicaragua en 1961; por eso organizaron ocultamente el campamento de Cantave en Sierra Prieta, y volvieron a organizarlo más ocultamente todavía después que yo di órdenes, a mediados de julio, de que fuera disuelto; y por eso mantuvieron en secreto todas las actividades de Cantave y de sus hombres en territorio dominicano, desde julio hasta que el gobierno fue derrocado el 25 de septiembre.

Mi impresión es que la organización de las fuerzas políticas opuestas al gobierno fue una consecuencia de los fracasos de la acción militar de Cantave, y que en ningún momento se pensó usarlas para derrocar al gobierno. A mi juicio, lo que se perseguía era colocar al gobierno en posición de debilidad, de tal modo que si yo descubría la verdad sobre Cantave y sus hombres no pudiera tomar ninguna medida contra los que estaban en ese juego sucio. Lo que el embajador John Bartlow Martin llamaba consejos de amigo eran parte del plan para debilitar políticamente al
gobierno. Ahora bien, los acontecimientos se presentaron de tal manera que al final hubo que derrocar al gobierno para evitar que el presidente Kennedy quedara desacreditado ante todos los jefes de Estado del mundo por lo que su gobierno estaba haciendo en la República Dominicana, pues hasta ese momento nunca se había hecho nada semejante a lo que estoy contando.

Las Guerrillas y el Embajador Martín

Martin es un típico oportunista. Sin tener la menor experiencia ni la menor capacidad para el cargo, logró su nombramiento de embajador en Santo Domingo a través de Adlai Stevenson, hombre muy débil, a quien Kennedy llamaba "mi mentiroso oficial", porque era a él a quien se le encargaba decir en las Naciones Unidas las mentiras que tenía que decir para defender el gobierno de su país. Stevenson fue el "mentiroso oficial" no sólo de Kennedy, sino también del sucesor de Kennedy, el señor Trujijohnson. A Martin todo lo que se refería a Haití le quitaba el sueño.

Una vez, estando yo en mi oficina del Palacio con el ministro de Relaciones Exteriores, señor Ernesto Freites, Martin entró allí pálido como un papel, cayéndose como si estuviera borracho y gritando como un loco. Yo le miré fijamente y le dije estas palabras: "Embajador, usted olvida que está hablando con el presidente de la República". Martin volvió en sí, se puso a secarse un sudor que empezó a salirle de pronto por la cara y pidió perdón. Lo que lo había vuelto loco, según dijo, eran los problemas ron Haití. Pero en el mes de agosto estaba otra vez loco con los problemas de Haití, pues una tarde se presentó en mi casa a decirme que tenía buenas noticias para mí; que Duvalier saldría de Haití dentro de pocas horas; que ya había un avión esperándolo en el aeropuerto de Puerto Príncipe y que había pedido autorización para hacer un aterrizaje en New York, de donde seguiría hacia Francia y de ahí a Argelia. A las ocho de la noche me llamó para pedirme una entrevista urgente; fue a casa y lo que hizo fue repetir lo que había dicho en la tarde. En esa ocasión le dije que a mi juicio Duvalier estaba engañando a todo el mundo y que sólo debía creerse esa patraña cuando efectivamente llegara a Francia. Martin se fue, y oigan esto: a las 12 de la noche llamó para confirmarme lo que me había dicho ya dos veces, y lo que es más asombroso, volvió a llamarme a las 2 y 30 de la mañana para reconfirmarlo, lo que indica que el problema lo tenía fuera de sí debido a que la conciencia le reprochaba algo; y por último, el colmo de los colmos, se presentó en mi casa, manejando él mismo un yipi, a las cuatro y media de la mañana, para decirme que Duvalier saldría de Puerto Príncipe media hora después, a las cinco.

El embajador podía quedarse despierto la noche entera excitado con una noticia que no tenía el menor fundamento, porque al día siguiente disponía de todo el tiempo para dormir a pierna suelta; pero yo, que tenía que trabajar como un mulo, y que desde el principio estaba convencido de que la noticia era absurda, no disponía del día para dormir.

Sin embargo en la cabeza del embajador no entraban esas ideas, porque él actuaba, sin darse cuenta, a impulsos de su alma atormentada por el papel bastante turbio que estaba jugando.

Es el caso que el embajador Martin creía que la presencia de Cantave y de sus hombres en territorio dominicano, hecho que él conocía muy bien y del cual nunca me habló, ni directa ni indirectamente, había provocado una crisis en el régimen de Duvalier, y que éste, debido a esa crisis, iba a huir de Haití. Yo no disponía de tantos elementos de juicio como Martin, porque no tenía la menor idea de que Cantave y su gente estuvieran en Santo Domingo, y mucho menos en la frontera haitiana; pero estaba seguro de que las noticias del embajador carecían de fundamento y de que Duvalier seguiría en Haití hasta el día de su muerte. Pero el embajador, que para tranquilizar su alma necesitaba que Duvalier desapareciera antes de que su juego quedara al descubierto, veía ya sus deseos convertidos en realidad, fenómeno sicológico frecuente en las personas de mentes débiles, y a veces caía en sospechas porque pensaba que yo sabía lo que él estaba haciendo, y entonces escribía en sus notas, según dice él mismo, que yo le pedía a Kennedy que nombrara otro representante en su lugar.

La alegría del embajador debida a la idea de que Duvalier iba a desaparecer y el miedo de que yo pidiera su salida del país tenían un mismo origen; y sucedía que ni la alegría ni el miedo estaban fundamentados en la realidad; pues ni Duvalier desaparecería ni yo pensaba pedirle a Kennedy que me enviara otro embajador, simplemente porque no tenía la menor noticia de cuáles eran sus actividades secretas en relación con Haití, o lo que es lo mismo, en la política internacional dominicana.

Así iban pasando los días, hasta que llegó el mes de septiembre, y con él el día 22, fecha en la cual los jefes norteamericanos de la operación Cantave lanzaron al
ex-general haitiano por última vez a través de la frontera.

III

Volviendo al golpe del 25 de septiembre de 1963 diré que al cabo de mucho tiempo de investigar, de buscar la causa secreta de ese hecho, estoy en condiciones de decir que durante los meses de agosto y septiembre de aquel año el general Viñas Román viajó varias veces a Dajabón sin informarme adónde iba y a qué iba, y que fue él quien le transmitió a Cantave la orden, que a su vez habían dado los miembros de la misión militar norteamericana en el país, de que el próximo ataque a Haití debía ser por Juana Méndez y que la fecha de ese ataque debía ser el 22 de septiembre. Juana Méndez queda frente a Dajabón y tan cerca de esta ciudad dominicana que necesariamente el ataque a una provocaría pánico en la otra. De acuerdo con mis noticias, Cantave se oponía al ataque a Juana Méndez, pero se le hizo saber que si no se producía ese ataque en la fecha señalada, su campamento sería destruido. En ese campamento había haitianos que habían llegado de New York, enviados por organizaciones que recibían fondos de la CIA, y volvieron a New York después del último fracaso de Cantave.

Bien: La fecha fijada fue el 22 de septiembre, y la hora para cruzar la frontera, las 10 de la noche. El día 20 comenzó en Santo Domingo la huelga de los comerciantes. Ese día era viernes. El plan de los que habían organizado la huelga
era que ésta continuara el sábado 21, y como el ataque a Haití sería el domingo en la noche, y se suponía que el lunes 23 se estaría peleando en Juana Méndez, si la huelga seguía el lunes el gobierno dominicano se vería en una situación de debilidad tan grande que no podría hacer el menor movimiento en relación con el ataque a Haití que estaría llevándose a cabo desde territorio dominicano. La situación estaba llamada a empeorar, porque los autores secretos del plan habían maniobrado de tal manera que el propio viernes día 20, en medio de la huelga de los comerciantes, los trabajadores de Haina y de otros ingenios del gobierno anunciaron una huelga que comenzaría el lunes día 23, a las 7 de la mañana, es decir, a la hora en que Cantave y sus hombres estarían atacando Juana Méndez, a la vista de los habitantes de Dajabón. Pónganse ustedes a pensar un momento en cuál era realmente el estado general de confusión del país, cuando resultaba que los trabajadores del azúcar, y más propiamente los de los ingenios del gobierno, la gente a quien más debía interesarle que el gobierno constitucional de 1963 se mantuviera en el poder, caían en hacerles el juego, de la manera más inocente, a los que estaban colocando al gobierno entre la espada y la pared. La mayoría del comercio de la Capital había cerrado el viernes, y el mismo viernes, en horas de la noche, los trabajadores azucareros anunciaban que la huelga de ellos comenzaría el lunes día 23.
Por suerte, aunque el comercio al por mayor; o al menos su mayoría, siguió la huelga el sábado, el comercio al detalle, tanto de telas como de comestibles, abrió sus puertas el sábado temprano. Las estaciones de radio que habían estado incitando a la huelga desde el amanecer del viernes habían sido silenciadas mediante el procedimiento de cortarles la corriente eléctrica, cosa que pudo hacerse porque todas ellas le debían dinero a la Corporación Eléctrica, y algunas le debían varios meses de corriente. Por otra parte, mucha gente del pueblo protestaba por el cierre de los comercios, y los detallistas, por su posición de explotados y por su contacto permanente con el pueblo se daban cuenta de que la huelga no tenía justificaciones sociales ni económicas, que era un movimiento de tipo político en el cual ellos no tenían ningún papel que jugar poniéndose frente al pueblo. El sábado, pues, la huelga había fracasado, a pesar de que ese día los periódicos daban la noticia de que el lunes comenzaría la huelga de los trabajadores de los ingenios del gobierno. El mismo sábado apareció en espacio pagado un artículo del Dr. Balaguer, que se hallaba en New York, y verdaderamente, se trataba de un artículo demoledor contra el gobierno. Unos diez meses antes yo había estado en New York, como presidente electo, y había ido a visitar al Dr. Balaguer, a quien le dije en esa ocasión que él mismo podía escoger la fecha de su retorno al país y que me avisara para ofrecerle las
garantías del caso. En el mes de junio, según creo recordar, el viceministro de la Presidencia me comunicó que el Dr. Balaguer había pedido varias veces que se le enviara su pasaporte diplomático, al cual tenía derecho por ley, y que su petición no había sido atendida, y di órdenes inmediatas para que se enviara a la Presidencia el pasaporte y que tan pronto llegara, el propio viceministro, señor Fabio Herrera, fuera a la casa de las hermanas del Dr. Balaguer para entregarlo a una de ellas. Así se hizo. Como todos los dominicanos, fueran cuales fueran sus ideas políticas, el Dr. Balaguer tenía derecho a vivir en su país, y no era el gobierno el que podía decidir sobre eso; era la Constitución de la República la que garantizaba el derecho de cualquier ciudadano a entrar en el territorio nacional y salir de él cuando quisiera. El embajador Martin, el hombre más mentiroso que he conocido en toda mi vida, refiere que yo había dado orden para que los miembros del Consejo de Estado no salieran del país, y para probarlo dice que Donald Reid debía ir a los Estados Unidos a llevar una hija que debía ser sometida a tratamientos médico, y que yo lo impedí.

Pues, bien, eso, como el 90 por ciento de lo que dice Martin, es una charlatanería; pero una charlatanería que tiene su explicación. En días pasados le explicaba a cierta persona que si un compañero o amigo suyo comienza de buenas a primeras a hablar mal de él, a decir mentiras sobre él, a calumniarlo, a tratar de desacreditarlo, averigue qué cosa mala contra él hizo esa persona; pues sucede que el que hace algo malo, comete una traición, actúa contra un amigo y compañero o se va con los enemigos de ese amigo, es generalmente una persona débil de mente o de carácter, que no tiene suficiente fortaleza mental o suficiente carácter para reconocer que ha actuado mal contra un amigo y compañero, para confesarlo y decidirse a actuar en lo sucesivo correctamente, y entonces el movimiento natural de
su alma es volverse contra ese amigo y compañero a quien traicionó y tratar de desprestigiarlo, porque así él mismo acaba convenciéndose de que lo malo que hizo estuvo bien hecho. Ese fue el caso del embajador Martin; pero al embajador Martin se le fue la mano y dijo tantas y tantas mentiras que se desacreditó en su propio país. La causa de esas mentiras fue que Martin engañó al gobierno dominicano. Para encubrir la verdad, para que yo no tuviera autoridad moral si algún día decía la verdad; para no quedar en su país como lo que es, Martin pretendió desacreditarme escribiendo un libro lleno de falsedades.

Entre ellas está el cuento de que yo había prohibido la salida del país de los miembros del Consejo de Estado. Si yo hubiera sido hombre capaz de rebajarme a perseguir a alguien, el pueblo dominicano tendría pruebas de eso, porque aquí todo se sabe; y si yo hubiera sido capaz de solicitarle alguna vez a un juez que hiciera tal o cual cosa en perjuicio de un acusado, el pueblo entero lo sabría, porque o bien el juez o bien su secretario o bien un empleado del tribunal lo hubieran dicho. Ni yo le hubiera coartado jamás al Dr. Balaguer el derecho de vivir en su país ni le hubiera coartado nunca al Dr. Reid Cabral el derecho a salir del país.

La Causa Secreta del Golpe

Pero volviendo a los haitianos de Cantave, causa secreta del golpe del 25 de septiembre, ellos habían cruzado la frontera a las 10 de la noche del domingo día 22. A las seis de la mañana del lunes día 23 de septiembre, hallándome en mi oficina del Palacio Nacional, se me acercó el coronel Julio Amado Calderón, jefe del Cuerpo de Ayudantes, para decirme que la radio estaba informando que desde Haití se estaba disparando sobre Dajabón, y que la población de esa ciudad dominicana abandonaba el lugar a toda prisa. Lo que sucedía en realidad en ese momento era que Duvalier, avisado por sus espías, esperaba el ataque a Juana Méndez y sus fuerzas rompieron fuego contra las de Cantave a las 5 de la mañana, y muchos de los tiros que disparaban las fuerzas de Duvalier llegaban a Dajabón.

Inmediatamente hice llamar al general Viñas Román y le pedí que convocara a una reunión de los altos jefes militares. En esa reunión sólo hablé yo, porque los altos jefes militares no decían nada. Me resultó sospechoso que ante la noticia de que Dajabón estaba siendo atacada ninguno de ellos demostrara la menor preocupación, pero así fue. Esa falta de interés en militares dominicanos ante la noticia de que estaba produciéndose un ataque a una ciudad dominicana era algo para mí increíble, pero yo no podía imaginarme, ni por asomo, la verdad de los hechos.

Todavía hoy, al cabo de siete años, y conociendo como conozco ahora uno por uno los detalles de aquellos sucesos, me sigue pareciendo increíble lo que sucedió. Me doy cuenta de que lo que se hace en el terreno militar puede guardarse en secreto, porque la organización militar está preparada para eso; pero lo que me parece increíble es que los miembros de la misión militar norteamericana tuvieran tanta autoridad sobre los jefes militares dominicanos como para convencerlos de que debían actuar sin darle a entender nada al presidente de la República.

En la reunión con los jefes militares pedí que salieran hacia Dajabón algunos aviones, pero que tuvieran mucho cuidado con lo que hacían; que no se produjera ninguna provocación ni ningún movimiento que pudiera costarle la vida a un militar dominicano; ordené imprimir inmediatamente hojas sueltas en francés para ser tiradas desde el aire amenazando a Duvalier con medidas enérgicas si no detenía el ataque, y además hacer radiaciones en español, francés y patuá diciendo más o menos lo mismo; por último, le pedí al Dr. Héctor García Godoy, ministro de Relaciones Exteriores, que reuniera el cuerpo diplomático para informar a todos los representantes extranjeros de lo que estaba sucediendo. A las once de la mañana fue a verme un dirigente del PRD para decirme que según le habían informado, los sucesos de ese día obedecían a un plan para tumbar al gobierno; estaba simulándose un ataque haitiano a nuestro país para poder decirles a los soldados que yo estaba llevándolos a una guerra contra los haitianos; pero ese dirigente tampoco sabía nada sobre la participación de Cantave y de sus hombres en el plan, porque no me mencionó ese punto, y como yo no sabía nada, no le hice preguntas sobre él. Tampoco sabían una
palabra el jefe del Cuerpo de Ayudantes ni sus hombres; no la sabía el jefe de la Seguridad Nacional; y lo que es más, los propios militares que actuaban en Dajabón, los que tenían el contacto directo con Cantave, ignoraban el verdadero plan político que se ocultaba tras la operación. Peor aún, y seguramente al oír esto ustedes se asombrarán tanto como yo me asombré cuando supe la verdad: el propio general Viñas Román ignoraba el plan. El se había prestado a recibir órdenes de "la misión militar norteamericana a espaldas del presidente de la República, lo cual desde luego es algo incalificable; pero no tenía la menor idea de que estaban utilizándolo para tumbar al gobierno. El jefe militar que sabía lo que iba a suceder era el jefe de la aviación, general Atila Luna, pues era en él en quien confiaban en realidad los miembros de la misión militar yanqui, especialmente el coronel Luther Long, agregado
aéreo. El domingo, es decir, el día anterior a la reunión de que he hablado hace un momento, el general Luna había enviado un piloto a Barahona con un sobre cerrado en el que se explicaba el plan, pero eso vine a saberlo yo en 1965, es decir, un año y ocho meses después de haberse producido el golpe de 1963. El mismo lunes día 23 llegó al país, por San Isidro, el comandante de la marina yanqui William E. Ferrall. Todavía a esta hora ignoro cuál fue el papel de Ferrall en los hechos, pero me imagino, y sería un inocente si creyera que él no estaba al tanto de la trama.

Mientras tanto, el gobierno estaba haciendo un papel ridículo ante la OEA, porque estábamos acusando a Haití de atacar nuestro país, y yo creía absolutamente que era así, cuando la verdad era que Haití estaba solamente defendiéndose de un ataque que había sido hecho desde nuestro país, y además un ataque que era el cuarto en dos meses.

En la tarde de ese lunes día 23 mandé buscar varias veces al general Viñas Román, que no dio señales de vida.

Mucho tiempo después supe que había ido a Dajabón, adonde Cantave y sus hombres, menos los muertos y los prisioneros, habían vuelto derrotados. En las primeras horas del martes 24, día de las Mercedes, al leer El Caribe hallé una larga descripción de lo que había pasado en Dajabón el día antes. La había escrito el periodista Miguel A. Fernández, quien por lo que leí tampoco sabía que Cantave y sus gentes habían pasado a Haití desde territorio dominicano. El periodista decía en un párrafo lo siguiente: "Oficiales del Ejército dominicano expresaron que la República Dominicana no tuvo nada que ver con el ataque. Esto fue confirmado por el propio León Cantave"; y más adelante agregaba que Cantave "Se negó a contestar cuando se le preguntó de qué punto partieron los rebeldes esta Madrugada, alegando que ello es estrictamente confidencial" y que "cuando cualquier país protege o ayuda a un movimiento como el de esa naturaleza, no se puede denunciar". Pero sucedía que en la página 12 de ese ejemplar de El Caribe había una foto de Cantave, tomada en el momento en que bajaba de un avión militar dominicano que lo había traído a la base de San Isidro, y cuando vi a aquel hombre tan bien vestido, con dos maletines en la mano, me di cuenta inmediatamente de que el había partido hacia Haití desde territorio dominicano, puesto que no era posible que hubiera estado peleando en Haití con ropa tan buena, con corbata y con maletines de buena clase. Deduje que Cantave se había cambiado de ropa al entrar derrotado en tierra dominicana, y que por lo tanto había dejado esa
ropa y esos maletines en territorio nuestro antes de entrar en Haití; en consecuencia, él había partido para Haití desde algún lugar de nuestro país. En ese momento me di cuenta de que se me había estado engañando; de que alguien había estado jugando de la manera más irresponsable con el destino de la República, y que ese alguien no eran los militares dominicanos, porque los jefes militares del país no eran capaces de inventar y de llevar a cabo un plan semejante. Tomé inmediatamente las medidas del caso y a media mañana ya, estaba enterado de que en la noche anterior había habido movimiento de altos oficiales en el Palacio Nacional, donde estaba el Ministerio de las Fuerzas Armadas, y que en las reuniones había tomado parte el coronel Luther Long. A medio día pude localizar al general Viñas Román, a quien le mostré la fotografía de Cantave que apareció en El Caribe, y le dije que esa fotografía demostraba que había salido de suelo dominicano, a lo que respondió que a él le parecía lo mismo; inmediatamente llamé al ministro García Godoy y le pedí que se dirigiera a la OEA solicitando una investigación de los
hechos acaecidos el día anterior en la frontera de Dajabón. Poco antes de morir, el Dr. García Godoy hizo en la revista Ahora una larga historia sobre esa petición mía, pero por lo visto había olvidado que después de ese momento no hablamos más del asunto, porque esa misma noche quedé preso en el Palacio Nacional. El cable enviado por el ministro García Godoy al Embajador dominicano ante la OEA, o la llamada telefónica —porque ignoro si el ministro García Godoy se comunicó con él por cable o por teléfono— fue lo que determinó el golpe de Estado, dado la noche del 24 al 25. Pues los servicios: norteamericanos en nuestro país interceptaban todas las comunicaciones, y al interceptar ésa el embajador Martin y la misión militar se dieron cuenta de que la increíble historia de las invasiones de Cantave, los tres meses de campamentos y movimientos secretos iban a ser conocidos en todo el mundo; que ese conocimiento iba a producir un escándalo enorme en los Estados Unidos y en muchos otros países porque hasta ese día no se había dado en el mundo el hecho de que un gobierno amigo, que tenía relaciones diplomáticas y consulares con el de otro país, en este caso el de la República Dominicana, se dedicara a organizar un campamento de extranjeros armados con la finalidad de que esos extranjeros atacaran un país fronterizo sin que el jefe del Estado del país donde se estableció el campamento supiera una palabra de lo que estaba sucediendo. Del escándalo que
produciría el conocimiento de tales hechos iba a salir muy mal parado el prestigio de John F. Kennedy puesto que a él iba a tocarle ser el primer gobernante del mundo que sería acusado de haber cometido un desafuero semejante, de haber ordenado la ejecución de una violación tan escandalosa de las normas que gobiernan las relaciones entre los Estados y sus jefes.

Así pues, para salvar el prestigio de Kennedy y de los altos funcionarios de su gobierno que pusieron en práctica el plan de las guerrillas haitianas del ex-general León Cantave, incluyendo entre ellos al embajador Martin, se tumbó el gobierno de la República Dominicana, que había sido elegido diez meses antes con una mayoría aplastante de votos sobre el partido que ocupó el segundo lugar en las elecciones de 1962, y ese derrocamiento condujo a la Revolución de abril de 1965, con todos sus muertos y sus sufrimientos, a la intervención militar de' los Estados Unidos, al río de sangre que ha seguido corriendo aquí desde entonces.

Esa es la historia secreta del golpe del 25 de septiembre de 1963. Muchos de los datos de esa historia secreta están en el libro llamado Papa-Doc, de los escritores Bernard Diederich, neozelandés casado con una haitiana, que vivió largo tiempo en Haití y vive ahora en México, y su colaborador Al Burt, norteamericano; los demás los recogí yo de boca de revolucionarios haitianos que tomaron parte en los movimientos de Cantave, a los cuales conocí en Puerto Rico, aquí, en 1965 y 1966, y en Francia; otros los he obtenido aquí, después de volver al país en abril de este año.

A cualquiera que haya dicho o diga que yo conocí los hechos antes, pídanle que presente las pruebas; y si no las presenta, juren que está hablando mentira.


Publicado en la Revista "Politica: teoría y acción", en septiembre de 1983.

Breve Historia de la Rep. Dominicana

NOTIHISTORIADOMINICANA

Por: FRANCISCO BERROA UBIERA
HISTORIADOR

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La isla de Haití fue bautizada por Cristóbal Colón con el nombre de "La Española" desde el arribo a sus costas noroccidentales en 5 de diciembre de 1492, y su historia ha sido intensa y extensa, en tanto constituye la historia del dominio metropolítico de España y de otras potencias europeas sobre un territorio habitado originalmente por sus nativos: los tainos de origen y lengua arahuaco, exterminados mediante un etnocidio que se implementó durante apenas medio siglo (1492-1542).

Durante el reinado de la dinastía de los Austria en suelo hispano (1517-1700) fueron constantes y frecuentes los enfrentamientos militares y diplomáticos entre galos e ibéricos.

Incluso la Isla quedó dividida en dos colonias desde la segunda mitad del siglo XVII (1655) al surgir la colonia francesa de Saint-Domingue, en el occidente, como resultado de un proceso de ocupación francesa iniciado en la isleta adyacente de La Tortuga hacia 1617, tras las despoblaciones que afectaron el norte y el oeste de la Isla entre 1605 y 1606, con sus fatales consecuencias a corto, mediano, y largo plazo.

En 1678 fue suscrito el tratado de Nimega por medio del cual Francia se posesiona del oeste insular, y con la firma del tratado de Ryswick en 1697 el territorio de la Isla comenzó a ser objeto de una disputa imperialista entre Francia y España, que siguió manifestándose hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando España recuperó por medio de una anexión la República Dominicana, proclamada estado nacional en 27 de febrero de 1844 por separación de la República negra de Haití, antes colonia francesa.

Una misma Isla sirvió de asiento a dos pueblos con orígenes culturales y socio-políticos distintos, aunque unidos, en cierta medida, por la etnicidad del africano.

Los haitianos y los dominicanos han compartido un mismo territorio insular, uno de los pocos territorios insulares del mundo dividido en dos estados, primero en forma de estados coloniales, y hoy con carácter de estados neocoloniales, y a pesar de las disparidades en cuanto a la cultura, la lengua, la religión y la psicología social, ambos pueblos están llamados a continuar conviviendo bajo un mismo territorio que en uno u otro momento se han disputado mutuamente.

La lucha entre las potencias coloniales por el dominio de la Isla fue constante, sin embargo, desde el siglo XVII el colonialismo español entra en una fase de declive, aún ese país lograse mantener sus extensos territorios en el continente americano, tanto en el Norte como en el Sur.

En más de una oportunidad fuerzas militares inglesas, holandesas y francesas le disputaron a España el dominio absoluto de los mares, archipiélagos y tierras continentales americanas. Por ello se debe reconocer que la firma en 1697 del tratado de Riswick fue el resultado de esta lucha que se manifestaba como una competencia militar entre potencias imperiales.

Poco a poco los británicos avanzaron realizando el asalto militar de Jamaica, y de parte de la actual Honduras (Belice), logrando establecer una suerte de equilibrio de fuerzas en toda la América Central.

El francés por su parte probó suerte en la colonización de las pequeñas Antillas de sotavento y en fin en la colonización caribeña. En ese contexto se inscribe el dominio del occidente de la isla de Santo Domingo en donde Francia creo una economía de plantación basada en la producción intensiva de la tierra, aparte de haberle dado al territorio un uso marítimo y estratégico, logrando desarrollar una colonia conocida como Saint-Domingue o Haití que se convirtió en muy poco tiempo en el territorio colonial con mayor capacidad productiva para su metropoli, Francia, en América y en el mundo.

Aunque todas las potencias europeas le envidiaban a los franceses su joya colonial que era Saint-Domingue, ellos la preservaron hasta principios del siglo XIX, perdiéndola a consecuencia de la influencia que ejerció en la Isla la ideología revolucionaria y antiesclavista inspirada en las ideas liberales de los revolucionarios jacobinos que dominaron el escenario francés desde la segunda mitad del siglo XVIII, el siglo de la luces.

La declaración de los Derechos del Hombre, la propagación en América de las ideas revolucionarias inspiradas por la revolución americana y la revolución francesa, el afán libertario de los esclavos africanos y criollos amargamente oprimidos en cafetales, platanales, algodonales y cañaverales, emergió como un sueño de libertad en la colonia por medio de la lucha de los mulatos (1790-1791) dirigidos por Vincent Ogé, lucha que continuó con la rebelión de los esclavos negros y mulatos comandados por Boukman --un sacerdote de voudou oriundo de Jamaica--, quien inicia en Bois Caiman en octubre de 1791 la rebelión de las masas de esclavos haitianos, lucha que se mantuvo hasta la obtención de la abolición de la esclavitud en 1793 ordenada por el directorio revolucionario de la República Francesa.

En Haití, la población esclava, aparte de hallarse oprimida, sufría constantes abusos, humillaciones, castigos y represalias, incluso los esclavos eran ejecutados de manera cruel y antojadiza.

Por ello, el odio contra los blancos franceses se fue haciendo uniforme y generalizado, no tan sólo porque habían secuestrado a sus esclavos en el continente africano, sino porque los habían empujado y enviado a través del océano Atlántico a un territorio lejano en donde el día comenzaba con el látigo que despierta al trabajador, y terminaba con el agotamiento físico y con el insulto.

Fueron estas las causas que fomentaron el odio de los esclavos negros contra los hombres blancos que los habían habían torturado y abusado, a ellos y a sus mujeres forzándolas al concubinato, y a los hombres sometiéndolos a latigazos al trabajo arduo y difícil de las plantaciones y de las fabricas, situación que condujo inexorablemente a un enfrentamiento social de la población negra de Santo-Domingue contra sus amos blancos.

Las imágenes y los escenarios de la revolución haitiana son variados e intensos: la ceremonia y el pacto del voudou sellados en Bois de Caimán por los partidarios de Boukman para luego llamar a la rebelión general de los esclavos, que a su vez provocaron las intervenciones militares de fuerzas extranjeras: Británicas y españolas; y la posterior asunción de las figuras de lideres carismáticos: Biasseau, Jean Francois, y Francois Dominique Toussaint (a) Louverture, quien con su ascenso y liderazgo a toda prueba demostró ser el mas sagaz de los jefes negros, siendo capaz de aliarse a España para enfrentar a Francia, y luego, al conocer sobre la abolición de la esclavitud, fue capaz de cambiar su lealtad hacia España para ponerse al servicio de Francia, comandando con gran eficacia su ejército integrado por muchos negros, mulatos y algunos blancos, logrando derrotar la expedición inglesa de Pitt y
Dundas, y declarando la autonomía de la República Francesa en 1800.

Luego Toussaint debió lidiar con el problema derivado de la invasión francesa enviada por Napoleón bajo el mando del general Leclerc a fines de 1801, sobre la cual dijo: “toda la Francia ha venido a invadirnos”; traicionado fue apresado y deportado, muriendo encadenado y tísico en Fort-de-Joux en los Alpes francos, quedando la revolución comandada por sus lugartenientes Jean-Jacques Dessalines, Henri (Henrio) Christophe, y Alexander Petión.

Haití logra su independencia contra Francia en 30 de noviembre de 1803, y el 1 de enero de 1804 se organiza el Estado Haitiano. La parte Este de la Isla, que luego se convierte en la República Dominicana, se mantuvo bajo el dominio de Francia desde 1802 hasta 1808, logrando separarse de la República Francesa por medio de una guerra contra los francos concluida a mediados de 1809, cayendo por segunda vez bajo el dominio colonial español de 1809 a 1821, y el 1 de diciembre de 1821 don José Núñez de Cáceres proclama la primera independencia dominicana de forma efímera.

Iniciándose desde febrero de 1822 una dominación haitiana se prolongó hasta 1844.

Por ello, la lucha por la independencia de los dominicanos se produjo como respuesta a la anexión hecha por el estado haitiano bajo el liderazgo de Jean Pierre Boyer.

Por su parte, de 1804 a 1806, la República de Haití fue conducida por Dessalines quien fue victimado por grupos militares bajo su mando, quedando Haití dividido en dos estados, experimentando la división racial y política, entre las fuerzas de
Christophe y Petión, el primero se coronó emperador en el norte, y el segundo jefe supremo del sur.

Para el momento en que se verifica la conquista de la parte este de la Isla por parte de los haitianos (territorio denominado luego República Dominicana), la República de Haití había sido reunificada por el presidente Boyer, quien logra estabilizar el estado haitiano.

El norte de la política de Boyer fue la unificación sobre la base de una administración centralizada y militarista, y en cierta medida mantuvo la
Isla aislada del escenario internacional, tanto en el orden económico-
comercial como desde el punto de vista político.

Ello se debió a que muchas naciones temieron vincularse a los haitianos porque resentían la existencia de una república negra o temieron una sublevación similar en
sus propias regiones en las cuales la esclavitud estaba vigente al ser territorios poseídos por las potencias coloniales europeas, y en otros casos se trataba de países donde predominaba la esclavitud.

Desde su nacimiento la sociedad haitiana fue una sociedad empobrecida, gobernada por militares a punta de bayonetas, y controlada por una pequeña burocracia integrada principalmente por los mulatos.

Producida la independencia Haití era un país con un pueblo salido de la esclavitud, sin preparación para el ejercicio democrático pero constituido sin lugar a didas en una nación independiente, situación que se fortalece a causa del aislamiento del estado haitiano durante el período de la post-independencia que aseguró la exclusión de las influencias de las ideas liberales que pudieron haber conducido al país por una trayectoria algo diversa de lo que ha sido su desarrollo político y económico.

De la misma manera, sin embargo, puede decirse que los gobiernos occidentales de aquella época, e incluso los del siglo XX temprano, fueron incapaces de ocuparse de una república negra sobre la base de la igualdad.

La ocupación de Estados Unidos sobre Haití (1915-34), aportó muy poco a la cultura política y a las instituciones del país, en parte porque los americanos vieron a los haitianos como primitivos, y los consideraron un pueblo de negros, tratándoles como tales.

Las dos naciones que hoy ocupan la isla de Santo Domingo se han mantenido bajo el régimen del caudillismo desde los días de sus respectivos nacimientos como estados. Hasta ahora la democracia sobre bases constitucionales firmes ha tenido muy poco espacio en estos dos países.

Quizás es esta semejanza en cultura política de los dos estados lo que ayuda a explicar los paralelos cronológicamente escalonados entre los regímenes brutales de Rafael Leonidas Trujillo Molina (1930-61) en la República Dominicana y la de los Duvalier--Francois Duvalier (1957-71) y su hijo, Jean-Claude Duvalier (1971-86)- en Haití.

Ambos regímenes duraron por aproximadamente treinta años; ambos fueron dirigidos por dictadores despóticos que crearon regímenes autoritarios fundados en el terrorismo de estado y en la represión política brutal, suprimiendo la disensión; ambos provocaron la ira de una comunidad internacional que fue incapaz de frenarlos en el
momento oportuno; ambos condujeron a sus pueblos al caos político y hacia los conflictos armados internos después de desaparecidas las tiranías.

Así como ocurrió en la Republica Dominicana tras la muerte de Trujillo, que el país cayó en un desgobierno que en cierta medida aún se mantiene, en el caso haitiano la inestabilidad tras la caída de la dictadura de los Duvalier ha caído en un desgobierno ingravitacional y anárquico propio de una sociedad en camino hacia la desintegración de todas sus instituciones, que exhibe un desbalance social propio de una sociedad muy polarizada desde el punto de vista socio-económico y político, y lamentablemente todavía en el nuevo milenio sus problemas parecen insolubles.

Volveremos sobre el tema.

Thursday, March 18, 2010

LA INDEPENDENCIA DOMINICANA Y LAGUERRA DOMINICO-HAITIANA DE 1844. (Las Batallas de Azua del 19 de marzo y la de Santiago del 30 de marzo, 1844)

NOTIHISTORIADOMINICANA

Al doctor Euclides Gutierrez F., por su comprobado patriotismo
A los militares dominicanos que creen en la patria.

Por: Francisco M. Berroa Ubiera



Una vez proclamada la independencia de la República Dominicana la noche del 27 de febrero de 1844 se verifica una invasión haitiana que fue enfrentada por el naciente ejército dominicano.

Los primeros combates y batallas de la campaña militar de 1844.

Los primeros enfrentamientos entre haitianos y dominicanos se producen en febrero de 1844, primero enfrentando las fuerzas dominicanas al general haitiano Auguste Brouard, cuando se traslada con fuerzas militares desde la capital haitiana, Puerto Príncipe, hasta Neyba en 27 de febrero, enfrentándolo el capitán Fernando Tavera y sus tenientes en el sitio de La Fuente del Rodeo -ubicada unos 20 kilómetros al Este de San Bartolomé de Neyba-, en 11 de marzo de 1844, contando éste con el apoyo de Vicente Nobles, Dionicio Reyes, y Nicolás Mañón.
Otro enfrentamiento de Brouard con los dominicanos se origina en el sitio de Las Cabezas de Las Marías en 13 de marzo de 1844, siendo Neyba ocupada por los batallones haitianos 21 y 22, y por otras fuerzas de infantería.
El siguiente combate se produce en Los Jovillos el 18 de marzo de 1844. Estas acciones militares formaban parte de una operación táctica para reducir el paso del ejército enemigo a su mínima capacidad, es decir, eran acciones retardatorias. Tras estos hechos, la Junta dominicana de gobierno dispuso enviar al frente Sur a los oficiales Manuel Mora -viajó por mar desde Santo Domingo-, y a Manuel de la Regla Mota desde Baní.
La principal acción militar es la batalla de Azua del 19 de marzo de 1844, con sus acontecimientos posteriores.
Se sabe que desde el 4 de marzo de 1844 el congreso de Haití decretó para poner a su Presidente, el general Charles Hérard, a la cabeza de las tropas que reconquistarían la parte Este; en 7 de marzo éste llama a los haitianos a empuñar las armas contra la nueva República, por lo cual la Junta de Gobierno de Santo Domingo dispuso el arresto de varios ex-funcionarios y comerciantes haitianos radicados en esa urbe Sureña, entre ellos Tatin, Joseph Levy, Thompson, Francisco Montás, Pomeirac, Deguan, Glaudon, Lucien, David, Magnon y Arrondeil; inclusive, despacha las primeras avanzadas de tropas hacía la frontera, compuestas principalmente por hábiles lanceros seibanos, calificados por el Cónsul de Francia como los: "Cosacos de Santo Domingo", en su gran mayoría eran peones y campesinos capitaneados y armados por los hateros de la región Sureste u oriental, y por su caudillo principal: el general Pedro Santana Familias, considerado por Saint Denys como el verdadero Señor Feudal del Seybo (1).
Santana avanzó de Este a Oeste por la región Sur, pidiendo al comerciante Abraham Cohen su intervención para recabar la ayuda del Cónsul francés, e informándole que "a las cuatro de la mañana, camino hacía Azua, acabo de recibir un expreso de esta ciudad con el aviso positivo de que los haitianos marchan hacía nosotros y que los habitantes de San Juan, Matas e Hincha se mantienen inactivos y sin pronunciarse".(2)
El 17 de marzo de 1844 Santana hizo presencia en Neyba con 700 soldados acompañados del coronel José María Cabral. Ese día se produjo un combate en el sitio de Los Quemadillos. También, Hérard enfrenta a los patriotas dominicanos dirigidos por Lucas Díaz en el Paso del Jura el 18 de marzo de 1844.
El enemigo se presenta en Azua por tres sentidos: por el Camino de San Juan, por el sitio de Los Conucos y por el lado de El Barro el 19 de marzo a las 5:50 A.M. Los haitianos atacaron vigorosamente Azua por el camino de Puerto Príncipe contando Hérard con 500 hombres; la defensa la realizaron 800 soldados, disponiendo Santana de otros 700 de reserva en las proximidades.
Debe destacarse que Santana se hallaba en Azua sin un plan de acción y sin experiencia previa en el arte de la guerra, disponiendo sólo de dos cañones mediocres: uno bajo el encargo del artillero dominico-francés Francisco Soñé, y otro a cargo del teniente José Del Carmen García.
Su Estado Mayor lo integraban los comandantes, señores oficiales: Antonio Duvergé, Feliciano Martínez, Manuel Mora, Juan Esteban Ceara, José Leger, Vicente Nobles, Matías de Vargas, Nicolás Mañón, Marco Medina y otros valientes.
Tras este primer enfrentamiento, y atacada la avanzada haitiana con una ráfaga de metralla de 24, las tropas enemigas se retiraron desordenadamente dejando sus muertos sobre el campo de batalla, incluyendo a los generales Souffrance, Thomas Héctor, Tertonge y Bris -ayudante de campo de Hérard-, a tres coroneles, varios oficiales, y decenas de soldados, rumoreándose inclusive la muerte del presidente Hérard.
Otro enfrentamiento se produjo en el sitio de La Hicotea en donde el general Soufrant fue derrotado por los oficiales dominicanos Manuel Mora, Manuel de la Regla Mota, José María Cabral y Francisco Soñé.
Santana, incapacitado para de ordenar la persecución de la retaguardia haitiana en fuga, es incapaz de crear servicios de vigilancia y espionaje para conocer los pasos y movimientos de las tropas enemigas. Esta ineptitud inicial del general Santana lo explica don José Gabriel García, indicando que él: "No tenía conocimientos técnicos, ni práctica todavía en el arte de la guerra".(3)
Después de esta victoria el general Santana ordenó el desalojo de Azua en 20 de marzo de 1844, cayendo esta ciudad bajo poder del enemigo.
Inclusive, al disponer la retirada de manera desordenada, deja abandonadas, a merced del enemigo, algunas tropas que desconocían por completo la orden de retirada hacía la lejana Baní.
Un experimentado militar, el Almirante francés De Moges, consideró un grave error castrense de Santana abandonar Azua para ir a Baní, argumentando el improvisado soldado hatero que lo hizo por la falta de municiones de sus tropas, excusa pueril e ingenua.
Cometido el error de abandonar el terreno de lucha, ganado por la osadía y valentía de los oficiales dominicanos y de los artilleros, la villa de Azua fue reocupada por las tropas haitianas dirigidas por los generales Hérard y Soufrant en 21 de marzo de 1844.
En consecuencia, aislado en Sabana Buey de Baní, el general Santana contaba con 4,500 soldados inmovilizados en una supuesta espera estratégica.
A fines de marzo de 1844, sus fuerzas aumentaron al contar con refuerzos procedentes del Sureste, y con los hombres de Suroeste; este aumento de sus tropas le daba a su ejército una mayor capacidad de ofensiva, aunque él no lo comprendía.
Sin embargo, existen informes indicando que en ese momento su ejército disponía de sólo 600 fusiles.

El regreso de Duarte y su inclusión en la Junta.

La Junta de gobierno envió en la goleta Leonor, de matrícula holandesa en 5 de marzo de 1844 una Comisión integrada por Juan Nepomuceno Ravelo, Juan Alejandro Acosta, Enrique Duarte, un hermano de Pina, y otros comisionados para recoger a Duarte, a Pedro a. Pina y a José Joaquín Pérez en el puerto Willemstad de la isla danesa de Saint Thomas.
Juan Pablo Duarte recibe una carta firmada por los miembros de la Junta, señores: Tomás Bobadilla (Presidente), Ramón Mella, Mariano Echavarría, Valverde, Félix Mecenario, Carlos Moreno y Silvano Pujols (Secretario), y del Jefe de Operaciones Militares interino Francisco Sánchez, de fecha 2 de marzo de 1844 en donde le explican los pormenores de las acciones que permitieron la proclamación de la independencia.
Juan Pablo y sus compañeros de destierro retornan a la patria desde Saint Thomas en 8 de marzo de 1844, llegan en la noche del 14 de marzo, y el día 15 son recibidos por sus amigos Francisco Sánchez y Matías Ramón Mella, acompañados por Monseñor don Tomás Portes e Infante, y el sacerdote José Antonio Bonilla, declarándolo monseñor Portes "Padre de la patria", y "Fundador de la República". Designado como miembro de la Junta y general de brigada.

Los generales Duarte y Santana.

Consternada la Junta Central Gubernativa por esta desbandada del ejército del Sur, y por la ineptitud de su Jefe, el general Santana, dispone el organismo colegiado de gobierno la designación del general Juan Pablo Duarte en el frente de guerra del Sur para cooperar con Santana, o reemplazarlo en caso de necesidad, según resolución tomada en 21 de marzo de 1844.
En honor a la verdad, estos generales nunca se pusieron de acuerdo: Santana era amado por sus hombres, un general que no los exponía a los peligros del combate, y se preocupaba por pagarles y darles sus raciones alimenticias, y, Juan Pablo Duarte sólo quería luchar contra los haitianos, y manejaba los fondos a su cargo con cierto constreñimiento.
Tomando en cuenta la pasividad de Santana, Duarte escribió a la Junta solicitándole, en más de una ocasión, autorización para operar por sí solo con la división bajo su mando, y del teniente coronel Pedro Alejandrino Pina.
El general Juan Pablo Duarte explicaba en su carta a la Junta, Baní, 1 de junio de 1844, que: "Hace ocho días que llegamos a Baní, y en vano he solicitado al general Santana que formemos un plan de campaña para atacar al enemigo, que sigue en su depravación oprimiendo a un pueblo hermano que se halla a dos pasos de nosotros".(5) Afirmando sobre el estado del ejército de Hérard que: "se halla diezmado por el hambre y la deserción".(6) Finalmente la Junta de gobierno relevaría al Jefe de la Revolución y Padre de la Patria del frente Sur, para dejar a Santana operar a su completa voluntad.
Discretamente los dominicanos recibieron la ayuda del almirante francés De Moges y de los barcos Nereide, Nayade, y del bergantín Enryale.
En la ciudad de Santo Domingo se había logrado fortificar las defensas con varios cañones de mediano calibre distribuidos en distintos puntos estratégicos, aunque carecían de artilleros capaces para maniobrarlos y dispararlos adecuadamente.
Retirados los soldados dominicanos hasta Baní, Hérard distribuyó sus fuerzas por toda Azua desde el 21 de marzo, contando en su Cuartel General -según un informe confidencial del Almirante De Moges (francés)-, con una fuerza bruta de 7,000 a 8,000 soldados, aunque Hérard le comunicó disponía de 12,000 hombres en el Sur; y de 15,000 soldados en el Norte, y esperaba tropas de refuerzo procedentes de Leogane (Haití).
De Moges pudo observar, según se lo comunica a Saint Denys en carta redactada en la Bahía de Ocoa en 2 de abril de 1844,(7) que Hérard sólo disponía de 3,000 a 4,000 hombres en la ciudad de Azua, de 200 a 300 caballos y de 2 ó 3 piezas de artillería mediocres, y que sus fuerzas móviles fuera de Azua (en el camino de Ocoa), eran soldados de los puestos avanzados, forrageadores, las fuerzas de vigilancia, y otros, estimadas en un número entre 3,000 a 4,000 hombres.
En cuanto a la batalla de Santiago o de la Sabana,(8) del 30 de marzo de 1844, se sabe que el general haitiano Jean Louis Pierrot recibió instrucciones para reunir los contingentes a su cargo: las del Norte de Haití y del Departamento de Artibonito, y tropas de auxiliares y voluntarios en 13 de marzo de 1844; partió de la ciudad de El Cabo el 17 de marzo de 1844 con una fuerza bruta de unos 11,000 soldados; ese mismo día salió de aquella ciudad el comerciante inglés Theodore Stanley Heneken, quien coincidencialmente realizaba negocios comerciales en aquella villa haitiana, y al ver la movilización de las tropas haitianas consideró oportuno viajar en barco hacia la República Dominicana, llegando en el menor tiempo posible, dando la voz de alerta a los dominicanos, específicamente al coronel Ramón Mella, Delegado de la Junta de Gobierno en el Norte.
Las tropas haitianas bajo el mando del general Pierrot cruzaron el río Masacre en 19 de marzo de 1844, para dirigirse a su propia masacre. Una acción retardatoria ordenada por Mella (9) se produce en Guayubín, otra dirigida por el coronel Francisco Antonio Salcedo (a) Tito con 500 se produce en La Talanquera -sitio de Mao entre los ríos Chacuey y Maguaca- en 21 de marzo de 1844, consistente en un ataque relámpago a la vanguardia haitiana, produciéndose otros ataques en los sitios de Escalante (24 de marzo de 1844), y en Mao (27 de marzo de 1844).
Todos los informes parecen indicar que el coronel Mella no tenía el suficiente control de la situación en la ciudad de Santiago(10), sin embargo, tomó las medidas necesarias y oportunas: ordenó la fabricación de cartuchos, disponiendo adecuadamente el reparto de armas blancas entre las fuerzas voluntarias -1,500 lanzas y miles de machetes; dejó a cargo de sus auxiliares 12 potes de pólvora, y, pidió refuerzos a los comandantes militares cibaeños José María Imbert (de Moca), al general Felipe Vásquez, y a Manuel María Castillo, de San Francisco de Macorís; luego se dirigió acompañado de los oficiales coronel Pedro de Mena, y del capitán José Desiderio Valverde a la zona montañosa de San José de Las Matas, buscando gente, ayuda económica, y sobre todo para organizar las guerrillas que se encargarían de atacar la retaguardia de las tropas haitianas bajando desde las lomas de la región cibaeña a fin de crear confusión entre ellas, estimular las deserciones, y detener su avance -dando tiempo de esta manera a las tropas de la ciudad para preparar las defensas-, recomendando el general Mella a las guerrillas compuestas por jóvenes que evitaran las represalias de los enemigos retornando a las lomas después de los ataques para reorganizarse, y emprender nuevos esfuerzos ofensivos contra los rivales afroantilllanos.
Asimismo dispuso, antes de salir de Santiago, la fabricación de tres clavos de acero en previsión a una posible toma de la ciudad en poder de los haitianos, porque en tal caso, los tres cañones que dejaba dispuestos para la defensa debían ser "clavados", es decir, inutilizados, para impedir que los haitianos los usaran contra las poblaciones nacionales y las tropas criollas.
Por lo visto, Mella no fue un ente pasivo como sus enemigos tradicionales han dicho.
Mella asume la jefatura de la ciudad de Santiago al ausentarse el general Felipe Vásquez de la ciudad por 24 horas para ir de visita a La Vega. Su carta del 21 de marzo de 1844 dirigida a los Miembros de la municipalidad de San José de Las Matas, pidiéndoles que investigaran con cuáles fuerzas, a cargo del coronel Estevez, de podría contar en la villa de Guayubín, es una muestra de su capacidad militar, y una clara evidencia documental primaria que indica que él preparó las acciones militares que frenaron el avance de los haitianos.
Explica Mella en su carta que las tropas de la ciudad de Santiago las dirigían en ese momento, el general Francisco Antonio Salcedo (a) Tito, y el coronel José Gómez.
La salida de Mella de Santiago se produce en 25 de marzo de 1844, lo cual era imprescindible desde el punto de vista estratégico, dejando en la Comandancia de Santiago al general vegano Felipe Vásquez, quien a las 48 horas de ejercer sus funciones retornó a La Vega, ocupando la comandancia de Santiago el coronel José María López, quien pide auxilio al general francés José María Imbert, comandante de Moca, asumiendo éste la jefatura de la ciudad en 27 de marzo de 1844.(11)
El general Imbert, blanco y francés, es decir, blanco y extranjero -atributos que deslumbran al criollo-, concitó el apoyo inmediato de la burguesía de la ciudad; dispuso la construcción de fosos en los fuertes Dios, Patria y Libertad, emplazando en dichas fortificaciones la artillería: una pieza de 8 en la batería de la derecha; una pieza de 4 en la del centro; y una de 2 en la izquierda, del lado del río Yaque.
En sentido general, las fuerzas del Norte las comandaban los generales Ramón Mella, José María Imbert, Villanueva, y Felipe Vásquez, entre otros.
Previo a la batalla, los haitianos fueron derrotados en Talanquera, y, luego en Guayubín, y fuertemente atacados por guerrillas móviles que redujeron considerablemente el número de tropas enemigas que pudieron llegar a la ciudad.
Las tropas del Norte estaban integradas por hombres procedentes de Moca, La Vega, San Francisco de Macorís, y otras comunidades, reconcentrados en la plaza de ciudad de Santiago. Allí se encontraban un batallón: La Flor de la Juventud, al mando del coronel Ángel Antonio Reyes; una compañía del batallón de Sabana Iglesia al mando de Fernando Valerio; y, Media Brigada de artillería al mando de don José María López.
Don José María Imbert se encargó de organizar las defensas de la plaza desde los puntos fortificados denominados: Dios, Patria y Libertad, en los cuales fueron cavados fosos, instalándose en cada uno, una pieza de artillería a cargo de los artilleros capitán José María López, Teniente Dionisio Reyes y Aquiles o Achille Michel (francés).
Fue creado un cuerpo de vigilancia y espionaje al mando de del comandante Manuel María Frómeta y del Doctor Bergés.
Al oficial francés Pedro Eugenio Pelletier le fue confiada una avanzada de 400 hombres de infantería, y 100 hombres de caballería, nativos de San Francisco de Macorís al mando de Manuel María Castillo.
El general Mella, en operación conjunta con el general Imbert, crearon una línea defensiva desde Guayubín hasta Guaraguanó -hoy Monción-, creándose destacamentos y colocando avanzadas en Partido, Arroyo Blanco, Los Almácigos, El Guanal, Sabaneta, y Cañafistol.
Cuando los señores Frometa y Bergés, encargados de la vigilancia y espionaje, retornaron a Santiago a las 10:00 A.M. del 30 de marzo de 1844, le informaron al general Imbert que en número de 10,000 los haitianos cruzaban el río Yaque, siendo alertados inmediatamente los señores oficiales: Pedro Eugenio Pelletier, jefe de las fuerzas de línea o infantería; José María López, encargado de la artillería, Francisco Antonio Salcedo, encargado del fuerte San Luís, de los Cuerpos de Guardia, y, de cubrir la retaguardia; una fuerza mixta móvil (caballería e infantería) avanzada dirigida por Fernando Valerio atacó la vanguardia haitiana cerca del cementerio Viejo.
Las primeras hostilidades de los haitianos las hicieron 100 "maroteros", quienes constituían una avanzada irregular encargada de atacar indiscriminadamente a los habitantes de las vecindades urbanas y de robar sus propiedades (reses, víveres, etc...); Pelletier con su ayudante Achille Michel, ataca a los haitianos en La Sabana con 500 hombres -400 de infantería y 100 de caballería- en 29 de marzo; propiamente la batalla de Santiago se inicia a las 12:00 horas y se prolonga hasta las 17:00 horas en 30 de marzo de 1844, es decir, se peleó durante cinco horas; los enemigos se dividieron en dos columnas de 2,000 hombres cada una, para atacar la ciudad por la izquierda y la derecha.
Las fuerzas de la derecha marcharon por La Herradura, La Otra Banda, por el sitio denominado Emboscada hasta la Cuesta de Rafei y desde ese punto hasta Hoyo de Lima, acampando en el Arroyo de Gurabito.
Sin embargo, el ataque de los haitianos se inicia por la izquierda con caballería e infantería; para frenarlos, los dominicanos, con una efectiva fusilería y armas blancas: lanzas y machetes, contienen este primer ataque provocando un alto número de bajas a los haitianos, quienes hacen una retirada táctica desorganizada, para luego reorganizar sus fuerzas y producir un nuevo ataque, siendo de nuevo rechazados con buen número de bajas provocados por la artillería y la fusilería.
De nuevo se retiran y contraatacan reorganizados con gran armonía; sin embargo, el fuego de metralla y los tiros de fusiles los revientan.
Ya estaban derrotados, hambrientos y cansados.
Las hostilidades fueron suspendidas a solicitud del general haitiano Jean Louis Pierrot en claro gesto de impotencia y derrota, iniciándose los parlamentos en 31 de marzo.
Por Haití parlamentan Tiosen o Toussaint Dupuig y Charles Western, y por los dominicanos Pelletier, Imbert y Gómez; los haitianos acogen de buen ánimo su derrota y se marchan.
La batalla de Santiago del 30 de marzo de 1844 fue una defensa posición que contó con un plan de acción (estrategia), con maniobras tácticas de las tres armas: caballería, artillería e infantería; acompañada de ciertas operaciones militares de fuerzas irregulares o guerrillas, y con una extensión sobre el terreno que abarcó una línea de acción, defensiva ofensiva, extendida desde Gabaón hasta la misma población de Santiago, y su periferia.
Por lo tanto, el triunfo de las armas dominicanas no fue la labor de un hombre, ni siquiera de un sólo comandante; más bien, resultó un esfuerzo colectivo de unos pocos jefes (Ramón Mella, José María Imbert, José María López), de oficiales operativos (Francisco Antonio Salcedo (a) Tito, Fernando Valerio, Gaspar Polanco Borbón, Manuel María Castillo, Román Franco Bidó, José Nicolás Gómez, Lorenzo y Dionisio Mieses, José Gómez Mallol, Toribio Ramírez, Marcos Trinidad, Manuel Jiménez, Pedro Florentino, Lucas Evangelista de Peña, etc...), y de miles de hombres de tropas, las verdaderamente triunfadoras, porque ellas representan al valiente pueblo dominicano.
Un nombre que debe ser mencionado aislado, es el de la coronela doña Juana Trinidad o Juana Saltitopa, nativa de Jamao, La Vega, distinguida patriota que desempeñó el oficio de "aguatera", es decir, se dedicó a cargar agua desde el río Yaque para enfriar los cañones, poniendo en alto con esta acción el nombre y el patriotismo de la mujer criolla.
El general Pierrot y sus oficiales Toussaint Dupuy, y Charles Western dejaron en los campos de Santiago 715 muertos e igual número de heridos, mientras que los dominicanos sufrieron sólo cuatro bajas, calificados por Saint Denys como: "Ciudadanos oscuros cuyos nombres han quedado desconocidos".(12)
Pierrot en su retirada precipitada abandonó tambores, calderos, víveres y otros objetos de valor. Su prisa se debía a que durante las negociaciones Pelletier le informó que Hérard había fallecido en Azua, y él quería asumir el control del Oeste.
En carta de Imbert a Pierrot, Santiago, 31 de marzo de 1844 -comunicación que nunca recibió-, Imbert le decía: "Ud no puede considerar las hostilidades terminadas, entre los dominicanos y los haitianos, mientras que estén detenidos los dominicanos arrestados en cualquiera parte de la república haitiana".(13)
En su retirada los haitianos fueron atacados entre Guayubín y Talanquera por los comandantes Francisco Caba y Bartolo Mejía de la División de Emboscada, quienes derrotan a los generales Charrié y Cadet Antoine, y, los restos del ejército invasor.
Poco tiempo después de la retirada del general Pierrot la Junta Central Gubernativa comunicaba a la población nacional haber recibido del general Vásquez -Comandante de La Vega- una comunicación de 17 de abril de 1844 con información procedente de Haití, haciendo constar que "una proclama y manifiesto anunciaba que la parte Norte se declaraba dividida de la del Sur".(14)

Santana: paralizado y demandando en Baní.

En cuanto a Santana, toda la documentación disponible demuestra fehacientemente que se mantuvo estacionado con la mayoría de sus tropas en Sabana Buey de Baní. Estilando desgano, cansancio y cierto pesimismo, el líder hatero escribió al Presidente de la Junta Central Gubernativa desde su Cuartel General de Baní en 14 de abril de 1844 diciéndole:
“Estoy asegurado que en la fuerza que los siguen [a los haitianos] hai una multitud de españoles [dominicanos]; y posesionados ellos de seis pueblos españoles [dominicanos], nos harán la guerra con los nuestros y a nuestras expensas, en tanto que nosotros nos arruinamos, con nuestros trabajos todos paralizados y con la fatiga de un arte tan penoso como el de la guerra y a la que los nuestros no están acostumbrados...”(15)
Mientras el pesimismo y el miedo mantenían a Santana inmovilizado, con sus acciones navales, las goletas Separación Dominicana y María Chica capturan una goleta y una balandra haitianas en El Tortuguero de Azua en 15 de abril de 1844, cuatro días después, la Junta Central Gubernativa volvió a declarar la guerra "por Mar y Tierra" a los haitianos, estableciendo: "...la guerra será tal como se nos haga, regular o irregular", y ordenando que a "Los españoles dominicanos que permanezcan con los haitianos adheridos a su causa, y que sean cojidos (sic.) con las armas en las manos, serán tratados lo mismo que si fuesen haitianos y enemigos".(16)
Santana siguió paralizado en Baní, reclamando a la Junta de Gobierno armas, alimentos, municiones, dinero..., más armas, y reiterando en todas sus cartas siempre sus pedidos. Alegaba: "Me queda gente desarmada",(17) y solicitaba armamento; o pedía el envío de tropas y oficiales,(18) otras veces sostenía que las tropas estaban hambrientas por falta de víveres y de raciones, en fin, todo se le enviaba, y siempre pedía más caballos, cañones, pero nunca marchaba contra Azua y los haitianos.
Las fuerzas militares criollas tomaron El Maniel (Ocoa) y el sitio de El Portezuelo en 5 de mayo de 1844.
Aún Santana se hallaba en Baní en 16 de mayo de 1844, y sólo se moviliza cuando Mella le solicita, desde el sitio denominado Chingüelo, en 7 de mayo, coordinar una acción conjunta contra Azua, precipitando su salida con el fin de adelantarse al general Mella, viniendo triunfante desde el Norte con la disposición de reforzar las defensas sureñas.
Su última carta a Bobadilla desde Baní está fechada 18 de mayo, informando al Presidente de la Junta de gobierno que los haitianos se hallaban concentrados en Rancho Mateo, San Juan de la Maguana -según informes de José Durán-; informando que para defender San Juan envió a esa población a los comandantes Manuel Mora -por recomendación de Fernando Tavera (estaba herido por August Brouard en Neyba), Felipe Alfau y a Manuel de Regla Mota.
Santana también pidió a la Junta armas, municiones, víveres y dinero para marchar hacia Azua, reclamando el envío de tropas, "prefiriendo para esto a los africanos [dominicanos negros] y demás tropas que no sean los seibanos",(19) en clara demostración de que seguía los consejos del Cónsul francés: sacar a los regimientos febreristas de Santo Domingo dejando a los seibanos para sumarlos a sus planes ulteriores. Santana se hallaba todavía en Baní el 20 de mayo de 1844, pidiendo a la Junta armas para Fernando Tavera y sus hombres de Neyba.
En lo que concierne a Hérard (Riviere), este mantuvo el control de Azua hasta el 12 de mayo de 1844, recibiendo aprovisionamientos de víveres, artillería y municiones desde Jacmel por vía marítima. Por lo visto, a partir del 9 de mayo de 1844 sus tropas comenzaron a rebelarse, manifestándolo provocando incendios en la ciudad de Azua.
Para evitar el suministro de alimentos a los haitianos distribuidos en Azua y su periferia, y por recomendación del almirante De Moges, fue creada una pequeña armada dominicana integrada por los siguientes barcos: el bergantín San José (antes Leonor) de Abrahán Cohen, la goleta María Chica de los hermanos catalanes José y Francisco Ginebra, y la goleta María Luísa de los señores Pellerano y Maggiolo, todos extranjeros.
También se dispuso de la nave Separación Dominicana capitaneada por el coronel Juan Bautista Cambiaso, y la María Chica capitaneada por Juan Bautista Maggiolo. Las acciones navales de esta armada constituyeron un factor decisivo en la salida de Hérard y de los haitianos de Azua, en tanto su fuente de abastecimiento y suministro de armas, municiones y alimentos por el mar quedó eliminada.
Los haitianos fueron adicionalmente derrotados por los valientes soldados dominicanos Antonio Duvergé, Felipe Alfau y Cheri Victoria en El Pinar -cuando escapaban por El Maniel- en 30 de abril de 1844, y en El Memiso.
Otra derrota fue sufrida por los nacionales vecinos fue la del combate de Cachimán o Cacimán en 4 ó 5 de diciembre de 1844. Allí, Duvergé con 150 hombres de infantería y 60 de caballería; sus fuerzas fueron divididas en tres columnas que atacaron el fuerte por tres puntos; desalojó a los haitianos, tomando el control del fuerte, con la valiosa ayuda del 3er. batallón de Azua con pocas bajas. Dejó al mando del fuerte a los oficiales Juan Evangelista Batista y a José Soto. Para ese momento el cuartel de Duvergé estaba en Las Matas.

La Junta Central Gubernativa

El gobierno organizado fue colegiado, denominado Junta Central Gubernativa, presidido originalmente por el joven general Francisco del Rosario Sánchez, dirigente de todos los pormenores del movimiento febrerista, hasta la proclamación de la independencia, y quien prontamente traspasa la presidencia del organismo a don Tomás Bobadilla en 1 de marzo de 1844. Sánchez era un joven militar y abogado mulato(20) considerado por el Cónsul francés Saint Denys "el Jefe del partido revolucionario hoy miembro de la Junta Gubernativa".(21)
Los primeros miembros de la Junta Central Gubernativa fueron: Francisco del Rosario Sánchez (Presidente), y los señores: José Joaquín Puello, Matías Ramón Mella, Remigio del Castillo, Mariano Echavarría, Pedro de Castro y Castro, y Wenceslao de La Concha.(22)
Por lo visto, Mella fue excluido de la Junta al ser nombrado Delegado en el Cibao de ese cuerpo ejecutivo, y Puello fue nombrado Comandante de Armas de Santo Domingo, quedando posteriormente constituida por los señores: Tomás Bobadilla (Presidente), Manuel Jimenes (Vice-Presidente), Mariano Echavarría, Francisco Javier Abreu, José María Caminero, Francisco Sánchez, Valverde, Charles Morinot (Carlos Moreno), y Félix Mercenario, y Silvano Pujols (Secretario).(23)
En 29 de marzo de 1844 los miembros de este cuerpo ejecutivo eran: Bobadilla (Presidente), Manuel Jimenes, Moreno, Echavarría, Delorve, Mercenario, Caminero, Valverde, Medrano y Pujols (Secretario).
En 19 de abril de 1844 la Junta fue remozada, siendo sus nuevos miembros los señores: Tomás Bobadilla, Manuel Jimenes, José María Caminero, Manuel María Valverde, José Ramón Delorve, José Tomás Medrano, Carlos Moreno, Mariano Echavarría y Juan Pablo Duarte.
Ese mismo día la nueva Junta dispuso hacer una declaración formal de guerra por mar y tierra contra los haitianos, produciéndose un decreto ordenando el embargo de los bienes de los haitianos y de los extranjeros partidarios del retorno de su dominación.
Los siguientes miembros de la Junta tras el golpe del 9 de junio de 1844 fueron: Manuel María Valverde, Coronel Pedro Alejandrino Pina, general Francisco del Rosario Sánchez (presidente), y Juan Isidro Pérez (Secretario).

Duarte: un general honesto.

El general Duarte, una vez en Santo Domingo dio muestras de su gran honestidad al presentar un informe financiero a la Junta de gobierno en 12 de abril de 1844, con detalles y soportes de gastos, y haciendo la devolución de la suma de $827.00 de un total de $1,000.00 recibidos por él, habiendo gastado en casi un mes de campaña tan sólo $173.00.(24) De forma similar actuaría en 1864 frente al gobierno restaurador al rendirle cuenta de sus recaudaciones en Venezuela para la causa de la restauración mediante un documento titulado "Resultado de la contribución para auxiliar a la República Dominicana",(25) redactado en Caracas en 16 de diciembre de 1864 en donde hace saber que 113 contribuyentes habían aportado la suma de $868.21, dinero que entregó al general José Desiderio Valverde para la causa nacional.


Notas y referencias:

1. Se sabe que los hermanos gemelos Pedro y Ramón Santana, coroneles del movimiento independentista, proclamaron la independencia en El Seybo en 26 de febrero de 1844; luego marcharon hacía Santo Domingo con 600 hombres de tropa (Nota de Francisco Berroa).
2. Carta de Santana a A. Cohen, Camino de Azua, 17 de marzo de 1844, en: Gobierno Dominicano: opus cit., p. 81.
3. García, José Gabriel: Compendio de historia de Santo Domingo, 2 tomos, Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1979, t.I, p. 574.
4. Se refiere a Hérard como opresor del pueblo haitiano (Nota de Francisco Berroa).
5. De esta afirmación de Duarte se deduce que su afan libertario procuraba la felicidad y la libertad de los propios haitianos, pueblo al que siempre se refirió con amor y admiración (Nota de Francisco Berroa).
6. García, José Gabriel: Guerra de separación dominicana, documentos para su estudio, Santo Domingo, Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, 1994, 2a. Edición, pp. 10-11.
7. En: Correspondencia del Cónsul de Francia en Santo Domingo, 1844-1846, opus cit.
8. El general Juan Luís Franco Bidó la denomina "Batalla de la Sabana". Ver: Rodriguez Demorizi, Emilio: Hojas de servicios del ejército dominicano, 1844-1865, Vol. I, Santo Domingo, Editora del caribe, 1968, p. 141.
9. Estas acciones no las pudo ordenar Imbert, él llegó a Santiago procedente de Moca en 27 de marzo de 1844, por lo tanto, Mella fue el que creó la llamada División de Emboscada, y organizó las guerrillas que retardaron el ataque a Santiago hasta fines de Marzo (Nota de Francisco Berroa).
10. Ver carta de don Pedro Eugenio Curiel a Segundo Imbert, Puerto Plata, 30 de septiembre de 1881, en la obra: García, José Gabriel: Guerra de separación dominicana..., 1994, 2a. Edición.
11. Ver: Carta de José María Imbert a la Junta de Gobierno de Santo Domingo, Santiago, 5 de abril de 1844, en: Ibidem.
12. Carta de Saint Denys a Guizot, Santo Domingo, 17 de mayo de 1844, en: Ibidem, p. 130.
13. Ibidem, p. 14.
14. Ibidem, p. 26.
15. Ibidem, pp. 20-21.
16. Ibidem, p. 23.
17. Carta de Santana a la Junta, Baní, 2 de mayo de 1844, opus cit., p. 26.
18. En carta a la Junta, Baní, 5 de mayo de 1844, pide el envio de los oficiales Alfau, y de los hermanos Abad y de Pedro Alejandrino Pina, porque estos tres últimos le eran "de toda necesidad aquí." Aunque luego de Pina dirá lo peor (Nota de Francisco Berroa). Ibidem, p. 27.
19. Carta de Santana a Bobadilla y a la Junta, Baní, 18 de mayo de 1844, Ibidem, p. 33.
20. Francisco Sánchez del Rosario (nació en Santo Domingo en 9 de marzo de 1817-murió fusilado en San Juan de la Maguana, el 4 de julio de 1861), hijo de don Narcizo Sánchez (a) Narcizaso, y de María Olaya del Rosario. Su primer oficio fue el artesano peinetero, es decir, fabricante de peines de concha; fue un autodidacta que llegó a ejercer la función de defensor público (letrado o abogado); deportado por Santana en 1844, regresó amparado en la Ley de Amnistía (26 de septiembre de 1848) en 8 de agosto de ese mismo año. Fue Comandante de Armas de Santo Domingo, y como defensor público llegó a ser empleado de los gobiernos de Jimenes, B. Báez y Santana; expulsado del lar nativo en 1855, regresa en agosto de 1856; reapresado por Santana en 1859, sale al destierro, retornando con una expedición contra el renovado dominio español en mayo de 1861, levemente herido, fue emboscado y capturado en San Juan en junio, y, fusilado por desición de Santana.
21. Carta de Saint Denys a Guizot, Santo Domingo, 10 de marzo de 1844, en: opus cit., p. 55.
22. Ver: Carta de la Junta Central Gubernativa a Saint Denys, Santo Domingo, 28 de febrero de 1844, Ibidem, p. 33.
23. Estas son las firmas contenidas en la carta de la Junta a Saint Denys, Santo Domingo, 9 de marzo de 1844, y en carta a Hérard de igual fecha y ciudad, en: Ibidem, p. 60 y siguientes.
24. Ver: Henriquez i Carvajal: opus cit., pp. 196-197.
25. Roberto Marte y Luís Cordero: Juan Pablo Duarte y la Venezuela de su época, Santo Domingo, Edición del Banco Central, 1987, pp. 137-141.